sábado, 16 de mayo de 2009

Edgardo Goldaracena, un vecino de Carmen de Patagones con buena memoria


Edgardo Goldaracena, el “Negro”, tiene 75 años, cumplidos el 11 de noviembre del año pasado. Es nativo de San Blas, maragato por donde se lo mire. Fue concejal y secretario de gobierno municipal de gestiones electivas, y después intendente de facto, siempre con vocación de servicio a su querido Patagones. Habla de todo, con enorme sinceridad.


“Soy nativo de Bahía San Blas, y puedo decir con orgullo que somos muy pocos los que propiamente nacieron allá, con un parto atendido por una comadrona, en la propia casa, como se hacía en esos años” anunció Edgardo Goldaracena, en el arranque de lo que sería una larga charla, matizada con anécdotas (algunas de las cuales este cronista se comprometió a guardar en reserva) y observaciones muy interesantes sobre las alternativas de su vida. Lo que sigue es su palabra.
Aquella infancia, junto al mar
“Mi abuelo tuvo un campo en la zona de San Blas, pero lo perdió por cuestiones bancarias, y mi padre quedó allá. Tenía un arado con caballos, por supuesto; y trabajaba campos de otros, a porcentaje. En la época del cazón los trasladaba desde la costa del mar a la fábrica donde se le extraía el hígado, en la zona que llamamos del Pueblo Viejo. Se la rebuscaba, para sostener a la familia de cinco hijos, uno solo de ellos varón, que venía a ser yo”
“”De primer grado inferior a tercer grado hice la primaria en la escuelita de San Blas, y después hasta sexto acá en Carmen de Patagones, en la escuela 2, porque ya estaba viviendo en la casa de mi abuela.”
“Alguna vez una señora muy amiga me dijo: qué dura fue tu infancia, te veía con una gomera colgada al cuello, juntando los caballos y ayudando a tu padre en el campo. Y yo le contesté: no te equivoqués, mi infancia fue tan feliz como la de cualquier chico. Yo no tuve bicicleta, ni una pelota de fútbol, porque pateábamos una pelota de trapo, pero fui feliz. Porque me marcó una cosa muy cierta: que en la vida no siempre los que tienen mucho son los más felices”.
La DGI y después
“A los 18 años me fui a Trelew y entré de ordenanza, allá, en la Dirección General Impositiva; y en la escuela nocturna de Comercio hice hasta tercer año, rendí como oficinista y entré a progresar en el trabajo. Como ya sabía demasiado, o al menos eso me creía, dejé de estudiar el comercial y me puse a prepararme para rendir el examen de liquidador en la DGI y a los 20 años ya tenía ese cargo.”
“En el 53 en la DGI ya había aprobado el examen para liquidador y no me nombraban porque no estaba afiliado al peronismo. Me tuvieron dos años pagándome viáticos de Trelew a Puerto Madryn como para compensar la diferencia de sueldo. Mis viajes a Madryn eran para controlar los parciales de exportación. Eran los tiempos en que el paso de los autos por el paralelo 42 estaba libre de impuestos, pero no así las cubiertas. Entonces había que controlar, en los autos usados que pasaban la frontera de Río Negro a Chubut, el porcentaje de desgaste de las cubiertas, para aplicar el impuesto correspondiente. Suena risueño, pero era la realidad de esa época.”
“En 1955, después de la caída del peronismo volví a Carmen de Patagones. En el distrito de Viedma trabajé junto a un gran hombre, Rodolfo Lavayén, que era mi jefe; y seguí ascendiendo hasta que llegué al tope de mi categoría. Entonces me correspondía ser jefe de distrito, y me ofrecían hacerme cargo de Esquel, Río Gallegos o Puerto Deseado. Pero ya no tenía ganas de irme al sur, mis padres no querían que me fuera, y decidí renunciar. ¡Había que tener coraje para dejar un buen cargo de ese tipo en ese tiempo!”
“Tenía 25 años y no tenía plata para ponerme una oficina propia, para seguir haciendo lo que ya sabía hacer: liquidar impuestos. Entonces me fui a trabajar como gerente en la Corporación de Comercio, para aprovechar las instalaciones de allí. Al tiempo me puse por mi cuenta, y creo que no me fue tan mal, teniendo en cuenta que empecé de cero”.
“Ya venía militando en el radicalismo desde el ’50 y me había sentido incómodo con algunas cuestiones, por ejemplo la obligación de llevar luto por la muerte de Evita. Yo siempre estuve con Frondizi, acompañé a la UCRI y fui concejal municipal en 1958, con la intendencia de Juan Pozzo Ardizzi, en tiempos del gobernador Oscar Alende”
“Pero con el peronismo proscripto no había política real, éramos tan irreales como lo fui yo como intendente en la época militar”
El plan de colonización
“En el partido de Patagones, alrededor del pueblo, había 160 mil hectáreas de tierras fiscales y durante el gran gobierno del gobernador Domingo Mercante (1946-52) se adjudicaron a sus ocupantes. Hasta ese momento las tierras fiscales estaban arrendadas y cuando entraban los conservadores echaban a todos los radicales, pero cuando venían los radicales sacaban a los conservadores. Mercante puso en marcha el plan de colonización agraria, que se basa en la promesa de venta a los ocupantes, con una serie de requisitos que incluían la construcción de la vivienda con instalaciones sanitarias, y radicación en el campo. Así se terminó el problema de las tierras fiscales, con un proceso que llevó varios años. Yo entré en 1960 a la Administración de Tierras Fiscales en el gobierno de Alende. Ya estaban para escriturar una cantidad de parcelas, aunque había fuertes críticas de la oposición. Entre las escrituras salió la de mi padre, también en esa época. Mi función era la de administrador, mi jefe era Magdaleno Ramos, jefe del Departamento de Tierras y Colonias de la provincia de Buenos Aires, con quien me une una profunda amistad y aprecio. Salíamos por los campos a controlar los pagos de las cuotas, si cumplían con la condición de la vivienda y otros detalles. Recorrimos todo el partido de Patagones, íbamos a hacer las inspecciones generales, el expediente pasaba a la Escribanía General de Gobierno y finalmente llegaba el esperado momento de la entrega del título. Avisábamos unos días antes y, por supuesto, nos esperaban con un emotivo agasajo, con una buena mesa por supuesto, a la que Magdaleno y yo le rendíamos honores.”
“Me fui del Instituto Agrario porque mi oficina había crecido, me dediqué a comprar lanas para una firma exportadora, la familia crecía con los dos chicos, más tarde ocupé durante menos de un año la secretaría de Gobierno y Hacienda con otro amigo, el intendente Néstor Ezcurra, en 1973”
En la intendencia
“Cuando los milicos me ofrecieron el cargo algunos vecinos me apoyaron, por aquello de que más vale jodido conocido que bueno por conocer. Yo no fui intendente de verdad, había un vecino de Patagones, que no quiero nombrar porque ya está muerto, que una vez me dijo: vos no sos intendente, vos sos un interventor. Mi intención fue solamente la de serle útil a mi comunidad, no voy a defender a los procesos militares, porque no lo siento. De todas maneras había entre los militares gente de todos las calidades, como en todos los órdenes de la vida”.
“Lo que más recuerdo de esos años son las cuestiones de rivalidad interna entre las fuerzas. La primera vez que fui a una reunión de intendentes enseguida se me acercaron otros colegas para preguntarme: ¿vos de qué fuerza sos, de Marina, de Ejército o de Aeronáutica? Y yo me ponía en situación ridícula, cuando les contestaba, no sé de que soy. La intervención de la municipalidad la habían hecho los marinos, pero a ponerme en posesión del cargo vino después un coronel. En ese tiempo llegué a otra conclusión: entre los militares había muchos peronistas, también en esa época”.
Un hombre sincero
El Negro Goldaracena nunca fue antiperonista y, por el contrario, y cuando era intendente municipal no dudó en ofrecerle el estratégico cargo de Inspector General a un conocido militante del peronismo de Patagones. Un gesto que lo pinta de cuerpo entero, porque es un hombre sincero.
Con el actual intendente Ricardo Curetti lo une una gran simpatía y cordialidad, que son correspondidas. Admira sus condiciones de administrador político y cree que “este es el perfil actual que requiere el cargo de intendente”. “Pero yo no lo voté”, aclara, y cuenta una anécdota muy curiosa de cómo lo conoció a Curetti, más o menos por el año 1979. “En ese tiempo el intendente tenía que ponerle el gancho de aprobación a una planilla con los datos de toda persona aspirante a un cargo público en la provincia, en cualquier orden. Ricardo, recién recibido, se anotó para entrar en el COIRCO (Consorcio de Riego del Río Colorado) y me trajeron la ficha. Yo la miré y le dije a Nelly Yunes, que era mi secretaria, no la voy a firmar hasta que no venga a verme el interesado. Al otro día vino Ricardo, muy jovencito, y también muy arrugado por la situación. Lo hice pasar y le expliqué:“mirá, te voy a firmar la hoja, pero te quería conocer porque sos el primer muchacho de Stroeder que se recibe de ingeniero y también para averiguar si somos parientes, porque yo tengo una prima lejana con tu apellido; allí se le aflojaron los nervios…. pobre.”
Desde su modesta oficina en la calle Italia, donde dice estar “de prestado” con su amigo Daniel Montiel, Goldaracena observa la crítica realidad del campo de Patagones, por consecuencia de la sequía. “Tengo fe en que se va a salir, con un alto costo, pero se va a salir. Pero para avanzar al futuro es imperioso el crecimiento industrial” vaticina.
Rodeado de recortes y fotos de su archivo (como las dos que se presentan en estas páginas) confiesa que San Blas es su lugar preferido en el mundo. “Me gusta mucho y será por los recuerdos de infancia quizás. Tengo una casita allá, y grandes amigos como Gustavo Malek y su esposa, Berta, con quienes compartimos momentos muy lindos”.
La tarde de otoño se hizo noche, pero quedaron muchos temas sin tratar, porque Edgardo Goldaracena tiene mucho para contar.


domingo, 19 de abril de 2009

Hace 30 años se inauguró el monumento a Francisco de Viedma






Los acontecimientos que se relatarán en esta crónica (y su continuidad, el domingo venidero) ocurrieron hace 30 años. Las dos ciudades hermanas del río Negro, Viedma y Carmen de Patagones (o, si prefieren: Carmen de Patagones y Viedma) celebraron en abril de 1979 el bicentenario de la fundación. Uno de los íconos de aquella conmemoración es el monumento al fundador, don Francisco de Viedma y Narváez, que sigue allí plantado sobre la costanera viedmense.

La realización de la escultura y su posterior instalación fueron una parte de los trabajos encarados, con pasión, entrega laboriosa de muchas horas y absoluto desprendimiento de interés personal, por un grupo de vecinos de Viedma bajo la denominación colectiva de “Comisión del Bicentenario”.
El presidente y alma mater de esa entidad fue Vicente “Tito” Naím Pérez, quien hoy, a los 84 vitales años, recordó con precisión una serie de datos muy interesantes y aportó a cronista documentación de enorme valor.
Todo empezó en 1977
“En 1977 yo era presidente de la cámara de Comercio y realizábamos muchas gestiones por Viedma; pero, además, siendo amigo del padre (Raúl) Entraigas, gran historiador, tenía conocimiento de la proximidad del bicentenario de la fundación. Entonces nos empezamos a juntar con un grupo de vecinos, con participación en diversas entidades, y decidimos formar esa comisión a la que le pusimos de título: del Bicentenario de Viedma; faltaban dos años y ya empezábamos a trabajar” inició su relato Naím Pérez.
Añadió que “una de las primeras inquietudes fue encontrar los restos de don Francisco de Viedma y Narváez y como, por el padre Entraigas, teníamos conocimiento de su muerte en Cochabamba, en Bolivia, hicimos contacto con las autoridades de esa ciudad y, en particular, del hospital que lleva su nombre”.
Esa gestión se cumplió hacia septiembre de 1977 y dio lugar al hallazgo, en forma totalmente casual del sepulcro del ilustre fundador de Viedma y Patagones. El hecho está descrito en un recorte del diario “Los Tiempos”, de Cochabamba, con fecha del 14 de octubre de 1977, que el propio Vicente Naím Pérez tuvo la gentileza de proporcionar a Noticias de la Costa.
El hallazgo del sepulcro de Viedma
“Los restos del filántropo español don Francisco de Viedma, que vivió muchos años en Cochabamba, siendo su gobernador durante la época de la colonia y que falleció en el año 1809 fueron descubiertos ayer (13-10-77) en forma casual en un nicho ubicado en el ala izquierda de la capilla del Hospital Viedma en esta ciudad” señala la crónica del diario boliviano.
Sigue así. “El descubrimiento se realizó en forma casual, cuando el director de ese nosocomio, Dr. Ciro Zabala, a instancias de un organismo cívico de la ciudad de Viedma, provincia de Río Negro, de la República Argentina, buscaba algunos datos bibliográficos sobre la personalidad del filántropo español.”
“Según narra el Dr. Zabala desde hace varios días pretendía conseguir alguna documentación y ayer, en horas de la mañana, en forma casual solicitó a uno de los funcionarios del hospital que observe el interior de la capilla, a fin de conseguir algunos elementos de juicio para cumplir el pedido que le habían formulado”.
“Cuando algunas religiosas y otros funcionarios del hospital empezaron a tantear la pared del ala izquierda de dicha capilla escucharon el sonido característico de vacío, situación que motivó que el Dr. Zabala instruya se proceda a retirar la capa de yeso en el lugar mencionado” se extiende el artículo.
Y aquí viene lo mejor. “La sorpresa de los funcionarios del (hospital) Viedma fue mayúscula cuando encontraron una pequeña lápida de color negro, con letras de bronce que dice: Homenaje de gratitud del pueblo de Cochabamba a su filántropo, benefactor e ilustre gobernador, don Francisco de Viedma. Retirada la lápida se observó una pequeña urna de un metro de longitud aproximada. En el interior se encontraba un sudario, restos humanos y un papel que, luego de realizadas las investigaciones posteriores, resultó ser la ordenanza municipal que fue dictada por el presidente del Concejo Municipal, Ramón Rivero, en 1895, año en que se trasladó los restos de don Francisco de Viedma de la capilla de San Francisco a la capilla del hospital”.
Queda claro, de todo lo anterior, que la ciudad de Cochabamba, antiguamente conocida como Villa de Oropeza, recuperó los restos de su filántropo ex gobernador, y pudo reiniciar los homenajes que le correspondían, en virtud del trámite iniciado desde esta ciudad que orgullosamente lleva el nombre de su fundador.
Volvamos a los recuerdos de “Tito” Naím. “Nuestra máxima aspiración era traer esos restos a nuestra ciudad, pero dada la importancia histórica de don Francisco de Viedma para Cochabamba eso era imposible; y tuvimos que conformarnos con una urna conteniendo tierra de su sepulcro”.
Pensar en el monumento
Pero hubo otra inquietud que, enseguida, motorizó a la Comisión del Bicentenario: la creación e instalación del monumento que la ciudad le debía a su fundador. “No teníamos monumento, pero tampoco había ni siquiera una imagen en la cual basarse para mandar hacer esa obra” apuntó el entrevistado.
Un retrato con una versión figurada del rostro del andaluz se consiguió desde Bolivia y aquí lo mejoró el dibujante Rubén Martín Vispo, el paso siguiente era poner en manos de un equipo de trabajo todo lo relativo al monumento y llamar al concurso respectivo.
Recordó Naím Pérez que “se designó una subcomisión integrada por los ingenieros Mario De Rege y Tito José Mendioroz, y por el arquitecto José Enrique Garcia, y se convocó a concurso con fecha de cierre el 13 de abril de 1978, ganaron tres artistas plásticos de Buenos Aires y se pusieron a trabajar, hacia fines de ese año: hicieron el molde allá y acá, en el galpón de mi agencia de autos, en la calle Guido, se hizo el relleno”.
La obra estuvo lista para el mes de marzo de 1979, pero un inconveniente impensado surgió en ese momento: ¡se estaban haciendo obras de cloacas y desagües pluviales y la calle estaba cortada, y llovía muchísimo! Finalmente se logró poner tablones y sacar el monumento, realizado en hormigón, para llevarlo hasta su emplazamiento. La colocación sobre la base fue otra tarea compleja, tal como lo refleja la foto publicada (gentileza de la Fototeca de la Asociación Amigos de lo Nuestro) y se completó recién un día antes de los festejos del 22 de abril de 1979.
La ubicación de la escultura
“Mientras el monumento estaba en marcha apareció una cuestión que casi se convirtió en una polémica. ¿En donde íbamos a emplazar la obra? Yo proponía que fuese en el medio del río, enfrente de las dos ciudades, como en una especie de islote artificial como la estatua de la Libertad, en Nueva York. Pero Cándido Campano, vicepresidente de la comisión, decía que tenía que ser en el lugar de la fundación del primer fuerte, enfrente del Centro Cultural; y otros opinaban que debía estar cerca del puente carretero, en construcción por aquellos tiempos” aportó, nuevamente desde su memoria, el amigo Tito.
La cuestión se zanjó por la vía de una encuesta pública, donde los vecinos tenían que marcar su preferencia y colocar en una urna instalada en la cámara de Comercio. “Por unos pocos votos ganó la idea de Cándido y allí está, desde entonces, el monumento que Viedma le debía a su fundador” concluyen los recuerdos de Vicente Naím Pérez.
En el interior de la base, proyectada por el ingeniero De Rege, se colocó un cofre que contiene recortes periodísticos de la época y un acta firmada por todos los miembros de aquella Comisión del Bicentenario, con la intención de que sea rescatada al cumplirse 50 años de su inauguración, es decir dentro de dos décadas.
La única placa existente
En los solemnes actos del 22 de abril de 1979 fueron colocadas, en el basamento, 32 placas de homenaje en nombre de diversos organismos y entidades públicas. En tiempos recientes fueron hurtadas casi la totalidad de esas placas, para traficarlas por su contenido de bronce (la imagen actual del monumento con su base plagada de grafitis así lo muestra), y como curiosa paradoja, sólo quedó firmemente adherida, aquella en donde figura la nómina completa de aquellos integrantes originales de la Comisión del Bicentenario.
Ellos eran: Vicente Naím Perez, presidente; Cándido Campano, vicepresidente; Luis Zaina, secretario; Mario Lini, prosecretario; Mary Callupil, tesorera; Rolando Quaranta; protesorero. Felipe Salinas, María Fagés de Sacco, Casilda Leuce de Crespo; Osvaldo Casamiquela, Omar Crespo, Rolando Barabino, Hilda Arró de Salazar, Bernardo Jacobson, Carlos Balogh, Graciela Campano, Olga Rico, Mario De Rege, Enrique García, vocales. Oscar Peña, secretario de actas.
Muchos de estos vecinos han fallecido en el transcurso de estas tres décadas, pero no debe extinguirse el reconocimiento de la comunidad de Viedma, no tan sólo por el monumento que legaron a la ciudad, sino porque la comisión continuó en el tiempo realizando otras obras, como la recuperación de la Biblioteca Popular Mitre y de una parte de la Manzana Histórica, convertida en el Centro Histórico Cultural Salesiano que alberga los museos Cardenal Cagliero; Gardeliano, Lisandro Segovia; y del Agua y del Suelo, Osvaldo Casamiquela.
Una estampilla para el recuerdo
Otra de las iniciativas del dinámico grupo fue que el Correo Argentina emitiera, en octubre de 1979, una estampilla conmemorativa. La imagen del monumento aparece en el centro del sello, con la leyenda “1779-Fundación de Viedma y Carmen de Patagones-1979” No hay constancias sobre la cantidad de ejemplares que circularon de esta pieza postal, de 500 pesos de entonces (los de la ley 18.188), pero es muy probable que varios miles hayan circulado por el país con cartas de distinto tipo.

lunes, 13 de abril de 2009

El centenario edificio del Banco Nación en Patagones y una foto que cuenta historias

La sede del Banco de la Nación Argentina de Patagones es, sin ninguna duda, el edificio bancario más antiguo de la comarca y, muy probablemente, uno de aquellos de mayor historia de toda la Patagonia. Según los datos recopilados por este cronista la inauguración de la importante construcción se realizó hace 100 años, en abril de 1909, y la foto que se publica tiene una anotación que la sitúa en 1915. Es seguro que la toma fotográfica se realizó un día de fiesta, por la elegante compostura de todos los personajes. Pueden observarse detalles muy interesantes: el automóvil, que es aparentemente un Ford T ,1914, modelo Corsa (sin capota, casi como un tractorcito), y junto a este vehículo una motocicleta, que bien podría ser una “Rudge” o una “Harley Davidson” , propiedad de algún acomodado (en lo económico) deportista de aquellos tiempos, amante de las emociones fuertes. En tanto del otro lado (como en un contraste entre la tradicional tracción a sangre y los “modernos” motores a explosión) se muestran un carruaje de 4 ruedas y capota, de aquellos que se funcionaban como “coches de plaza”, y son los antecedentes del taxi; junto a un caballero, bien montado, de saco y corbata, con broches y botas de caña larga ¡todo un dandy!
Por fortuna el frente de este importante edificio se mantiene intacto (sólo que la magnífica puerta ya no cierra nunca, porque habilita el paso para el cubículo del cajero automático) y aunque le falta una lavada de cara es un exponente de belleza arquitectónica en el casco viejo de la ciudad. Tal vez las propias autoridades de la entidad, fundada en 1891, ignoran que esta casa de Patagones está cumpliendo su centenario, lo que bien podría ser motivo de alguna conmemoración.

domingo, 29 de marzo de 2009

Interesante aproximación a la historia de una familia de Patagones y Viedma

En los pueblos de fuerte tradición (Carmen de Patagones lo es, sin ninguna duda) las historias de las familias se entrelazan con el devenir de toda la comunidad. Por eso, cuando el abogado Carlos Larrañaga se lanzó a la tarea de armar el árbol genealógico de los Casadei-Larrañaga estaba, de alguna manera, metiéndose en la historia de su pueblo natal.

Más de dos años le llevó el emprendimiento y a principios de 2009 sintió la urgencia de darlo a conocer, bajo forma de libro. Apareció así el trabajo titulado “Familias de la Patagonia norte, árbol genealógico Casadei-Larrañaga” que reúne variada y muy completa información.
“Se trata de un libro que tiene que ver, básicamente, con la familia, con nuestros antecesores, fundamentalmente con aquellos que pusieron los primeros ladrillos y con sus propias manos, los que colocaron las primeras semillas para que nosotros estuviéramos aquí sentados” expresó el autor en la presentación, un par de semanas atrás en la casa de la Cultura en Carmen de Patagones.
Agregó que el objetivo de la obra es “rescatar y homenajear a través de mis antepasados a otras tantas familias que al igual que las nuestras nos fueron marcando el itinerario en la Comarca. Me refiero a aquellos hacedores de un pasado, no muy lejano, de apenas cien años atrás o algo menos. Ellos a su manera, de una u otra forma, también tuvieron que derribar paredes, volver a levantarlas, pasar por lugares no andados, buscando su bienestar y el de sus hijos, en definitiva: el de su familia”.
Larrañaga afirmó también que “me gustaría ampliar el libro con el aporte de ustedes (de los presentes y todos los que se interesen en ello) a través de otros testimonios, documentos o fotografías”. Se refirió después a que “en el libro aparecen muchísimos nombres de familias emparentadas, de fuerte raigambre en nuestra zona, con sus propias historias”. Aún a pesar del riesgo de cometer algún olvido mencionó después algunos de los apellidos que aparecen en la recopilación (además de Casadei y Larrañaga, por cierto): Percaz, Malpelli, Pisandelli, Lauriente, Bergandi, Iriarte, Guido, Anfossi, Scavo, Pérez Esteban, Vezzoso, Benítez, Costa, Furfaro, Proserpi, Oyola, Jalabert, Buckland, De Rege, Gorriti, Wild, Serra, Malaspina, Biagetti, Klein, Asaroff, Jaureguiberry, García Campano y García Prieto.
Hacia el final de su emotiva disertación sostuvo que “la familia no es un mito y es algo real y concreto, es donde nos criamos y educamos. Pero hoy en día todo ha cambiado y, es más, tengo la sensación de que en estos tiempos las cosas suceden muy rápido. Los medios de comunicación nos nutren de información, a veces con datos superfluos, y lo más grave aún es que vamos perdiendo memoria y los recuerdos, y al perder la memoria vamos indefectiblemente dejando en el olvido nuestra identidad”.
Las raíces
La investigación de Carlos Larrañaga arranca con la identificación de lo que bien llama “el punto de partida”, es decir sus abuelos.
Por la parte materna aparece Atilio Casadei Ciacci, un italiano nacido en Montescudo el 2 de noviembre de 1881, llegado a las costas de Viedma y Patagones hacia 1899; casado aquí el 11 de enero de 1908 con Alejandra Ester Blanca Malpeli, nacida en la República de San Marino el 5 de junio de 1889 y llegada a la comarca pocos años antes de su matrimonio.
Por la parte paterna figuran el español (vasco, para más datos) Agapito María Larrañaga de Alberdi, nacido en Villa de Azpeitía el 18 de agosto de 1857 y radicado en Bahía Blanca hacia 1890, en donde el 14 de octubre de 1892 casó con su compatriota Rosario Estellarte Sainz, nacida en San Sebastián en 1869.
La combinación de las sangres de origen italiano y español, con todo lo que ello implica, contribuye a la caracterización de la familia Casadei-Larrañaga, en un todo identificada con las tradiciones de Carmen de Patagones y Viedma.
El autor hizo una breve caracterización de sus abuelos, en sus oficios y otras actividades, lo que nos permite saber que Atilio Casadei fue uno de los pioneros fundadores del balneario en la Boca del río y gran amigo de Jacinto Massini (cuyo nombre identificó durante muchos años a la villa marítima), con quien compartía la pasión por el mar, seguramente con un resabio nostálgico de la tierra natal de ambos.
Pero don Atilio fue, además, muy conocido en Viedma y Patagones por sus emprendimientos gastronómicos y hoteleros. Fue propietario de una fonda ubicada en la esquina de las calles Colón y Tucumán, de la capital rionegrina; y del Hotel Siglo XX, situado en Carmen de Patagones en la intersección de Comodoro Rivadavia y Alsina. No faltan vecinos memoriosos que recuerdan, por si mismos o a través del relato familiar, las excelentes comidas preparadas en aquellos restaurantes, bajo la mirada vigilante de Atilio Casadei.
El otro abuelo, Agapito María Larrañaga, llegó de Bahía Blanca dedicado al transporte de pasajeros y comercio, pero también instaló un hotel, que llevaba su nombre, en la esquina de las actuales Yrigoyen y Bynon, de Patagones; que más tarde sería el Hotel Italia, de los Gianni.
El matrimonio Casadei-Malpeli tuvo seis hijos: Teresa (1910); Estera Velia (1913); Oscar Elio (1916); Arturo Hércules (1918); Norma Noelia (1927); y Norberto Atilio (1928).
Los esposos Larrañaga-Estellarte tuvieron cinco vástagos: Benita (1895); Rosario (1897); Victorina Lucía (1899); Agapito (1901); y José (1903).
Los padres
Teresa Casadei y Agapito Larrañaga, maragata ella y viedmense él, se casaron el 5 de febrero de 1933 (ver foto, en el hotel Larrañaga). Ellos fueron los padres de Carlos Alberto Larrañaga Casadei (1955), el menor de la prole de cinco hijos, abogado, divorciado, autor de la obra que nos ocupa.
La mayor es Teresa Nelly Larrañaga Casadei (1934) religiosa de María Auxiliadora; y le siguen Mabel Ethel Larrañaga Casadei (1935), docente, casada en Viedma con Juan Carlos Pisandelli; Atilio Agapito Larrañaga Casadei (1941), ingeniero civil, casado en Bahía Blanca con Marta Ofelia Ciccioli; Juan Antonio Larrañaga Casadei (1943), contador público, fue intendente de Patagones (1982-83), casó en Bahía Blanca y vive en Patagones con María Haydee Lasalle.
Agapito Larrañaga, progenitor del historiador familiar, se dedicó a diversas actividades del comercio, fue tasador de los bancos de la Nación Argentina y Provincia de Buenos Aires; representante de calificadas firmas comerciales; comprador y acopiador de frutos del país. Militó desde joven en las filas de la Unión Cívica Radical y, según consta en la crónica fúnebre del periódico La Nueva Era, en 1965, “fue fiel soldado del radicalismo que no quiso nunca aceptar cargos políticos”.
La madre de Carlos, Teresa Casadei, maestra normal nacional recibida en la Escuela Normal de Bahía Blanca en 1927, desarrolló su tarea docente durante 32 años, la mayor parte de ese lapso en la escuela número 2 ‘Juan de la Piedra’ de Viedma, en donde se jubiló en 1970 . En su cuaderno de actuación docente (que su hijo conserva como un verdadero tesoro) este cronista pudo leer los conceptuosos comentarios de los directores de la escuela 2 y de los inspectores de enseñanza, dependientes del Consejo Nacional de Educación.
“La señora Teresa C. de Larrañaga es una maestra que se supera en su afán de quedar bien. Busca todos los requisitos técnicos-didácticos-educativos para hacer amena la enseñanza a la par que provechosa de sus pequeñuelos, los que, por una de esas casualidades inintencionadas constituyen un grupo de niños desvalidos y huérfanos de la buena suerte” apuntó allí el recordado maestro Demetrio Fernández.
Todas las ramas
Pero la riqueza descriptiva del trabajo que comentamos alcanza a otras ramas de la genealogía Casadei-Larrañaga; y por ello mismo la rica colección de fotos de archivo que integra el volumen también incorporó la iconografía de algunos de los tíos del autor, primos y sobrinos.
En total fueron relevadas 67 familias y 340 personas, contabilizando hasta los nacimientos registrados a fines del 2008.
El detalle comprende, en una especie de primer plano, las familias generadas a partir de los matrimonios de todos los hijos de Atilio Casadei y Alejandra Malpeli; y los de Agapito María Larrañaga y Rosario Estellarte Sainz.
La familia como red
En la presentación de la publicación habló la docente Leda Garrafa, que utilizó palabras muy exactas para referirse a la importancia de la familia como red. Dijo que “todos quienes de alguna manera sentimos algún tipo de afinidad tejemos, sin saberlo, naturalmente, dejándola ser, la trama de afinidades que viene a superponerse con esa trama, tan particular, que es la red familiar. Una red cuya malla se va modificando con el tiempo, con la cultura, con nuestras resignificaciones.”
“Estas redes, ambas necesarias, nos van construyendo desde antes de nacer y nos hacen ser quienes somos, en un hecho vivo, dinámico, que se modifica a cada instante. La red familiar es la que Carlos (Larrañaga) vuelca en el papel a partir de los testimonios de los muchos que han sabido guardar una porción de esa tradición oral” agregó.
La trama visible de esa red, que es la estructura de parentescos y descendencias, está presentada como en una especie de mapa en el trabajo que hemos comentado para nuestros lectores.

miércoles, 18 de marzo de 2009

La galera de Mora, precursora de las comunicaciones terrestres





Una calle de Carmen de Patagones lleva el nombre de Marcos Mora, y en el acceso a la estación terminal de micros de esa misma ciudad bonaerense una magnífica mayólica representa la épica imagen de la galera atravesando las inmensas llanuras sureñas. La galera de Mora, con sus travesías de hasta tres días de duración entre Bahía Blanca y Patagones, fue precursora en las comunicaciones terrestres que con eficiencia y confort prestan las actuales empresas ómnibus de larga distancia.

Las galeras eran carruajes de dos ejes, con las dos ruedas delanteras en volantín, tirados por diez o más caballos según las condiciones de los caminos. El manejo de las riendas estaba a cargo del mayoral, con dos o tres postillones que conducían las cuartas delanteras. Este gaucho, bien montado, también recibía el nombre de cuarteador y era muy ducho en cuestiones de caballos porque de su baquía dependía que se pudieran cruzar grandes lodazales o arroyos crecidos. Los coches llevaban hasta 10 pasajeros, acomodados en cuatro filas de asientos que tenían amplias ventanillas laterales. Sobre el techo, de madera o lona, se acomodaban los bultos de los viajeros y, a veces, algún pasajero que se llevaba de favor sin cobrarle el pasaje.
Cita el autorizado historiador criollo Tito Saubidet que este tipo de vehículos, originales de Estados Unidos de Norteamérica en donde se los conocía como ‘diligencias’, fueron introducidos en nuestro país hacia 1856 por un empresario llamado Timoteo Gordillo, cuando trajo en barco 140 unidades. El mismo autor informa (en su célebre “Vocabulario y refranero criollo”) que en el censo general de la provincia de Buenos Aires de 1881 se consigna la existencia de 150 mensajerías con galeras, “que disponían de 262 vehículos, 935 empleados fijos y 10.898 caballos”
Una de esas empresas era propiedad de Marcos Mora, un español nacido en Palma de Mallorca el 4 de octubre de 1851 que en 1874 llegó al país y tras ejercer un corto período su oficio de zapatero ingresó como mayoral a una galera que cubría el recorrido entre Azul y Olavarría, hacia 1876. Después armó su propia mensajería (el nombre con el que se reconocía oficialmente la actividad, porque prestaban el inicio servicio de correos y encomiendas) y estableció líneas entre otros pueblos bonaerenses.
Un 25 de mayo llega a Patagones
Las diversas fuentes consultadas por este cronista difieren acerca del año (¿1884 ó 1885?) pero coinciden al señalar que fue un día 25 de mayo cuando sonó por primera vez en la plaza de Carmen de Patagones la corneta del mayoral de Mora (quizás él mismo, tal vez alguno de sus hermanos Nicolás o Pablo) para anunciar la llegada del esperado transporte que traía pasajeros y noticias desde Bahía Blanca.
En ese tiempo ya era frecuente la llegada de sacerdotes salesianos por estas latitudes y uno de ellos fue el joven naturalista Lino del Valle Carbajal, que dejó constancia de su viaje en la galera de Mora para su monumental “Estudio general de la Patagonia”. En un comentario sobre esta obra en el diario italiano “Gaceta del Póppolo” se puede encontrar una pintoresca descripción de aquellas travesías que hizo Carbajal y que, sin nombrarlo, está inspirada en Marcos Mora y su gente.
“El viaje en galera es muy molesto, aunque divertido, por la diversidad de panoramas que desfilan ante los ojos del viajero, durante la vertiginosa carrera de los caballos. El mayoral por lo regular es muy vocinglero; hombre decidido y enérgico que sabe alternar a los gritos de animación y latigazos a las pobres bestias, cantilenas bucólicas, rimas, fragmentos de canciones eróticas: a estos cantos hacen coro los cuarteadores en tono más bajo, pero con modulaciones más destempladas. Entre tanto los matungos huyen como el viento.”
Añade esta deliciosa crónica. “Notamos de paso que el mayoral es el jefe y juez inmediato de una galera. Si un pasajero se hiciese reo de alguna grave falta puede corregirlo, atarle si no obedece y condenarlo a recibir un tiro de pistola si tentase cometer un delito o despreciar la autoridad mayoralesca. Para hacer respetar su autoridad lleva bajo el asiento un par de pistolas, algunas sogas y un largo puñal. Los cuarteadores son sus soldados (y como tal sujetos a dura disciplina), y ejecutores en casos necesarios; pero en general él solo pone fin a todo desorden. En caso grave el mayoral ata al culpable y lo arroja sobre el techo de la galera, como a un fardo; todavía allí le vuelve a reatar para que no caiga. Llegado a una posta consigna el preso a la autoridad local, si la hay, con un regular informe de lo sucedido. El mayoral, fuera de estos casos, trata respetuosamente a los viajeros y los haría respetar si alguno quisiera ofenderles”.
El relato de Francisco Pita
El escribano Francisco Pita le dedicó varias páginas de su bello libro “Remembranzas” a la evocación de Marcos Mora y su empresa de transporte. Se transcriben los siguientes párrafos.
“La primera galera llegó un día 25 de mayo a la plaza 7 de Marzo, al toque de clarín tocado por Mora, reuniéndose con tal motivo todo el vecindario alrededor del fantástico vehículo, precursor de grandes adelantos.
El contento de la población era evidente y bien justificado. Toda la correspondencia que llegaba semanalmente para Patagones, Viedma y demás puntos de la línea del río Negro hasta el lago inclusive, cabía en una o dos bolsas grandes para los impresos y paquetes y en una chica para las cartas, no había servicio de encomiendas. La galera paraba en el hotel de Arró, único que había, frente al muelle, y de allí mandaba Mora la correspondencia a la oficina de Correos y Telégrafos con sus cuarteadores que eran, entre otros, un negrito de apellido Suana y un tal Hilario, a cual más dicharachero. Muchos envíos llegaban rotos y derramando su contenido, debido a la presión de las cuerdas con que se aseguraban los sacos y a los golpes que recibían en el tránsito, carga y descarga, por el poco cuidado que se les dispensaba; por cuyo motivo encargó el jefe señor Kennedy que se les dijera a Suana o Hilario que pusieran más cuidado para evitar perjuicios y reclamos”.
Pita describe también las peripecias del recorrido. “El viaje de Bahía Blanca a Patagones era una verdadera odisea, por unos caminos intransitables. A pocas leguas de Bahía empezaba la vía crucis al tener que cruzar unos salitrales donde se encajaba la galera hasta los ejes y había que aligerarla, bajándose los pasajeros, que eran transportados de un islote a otro, enancados en los mismos caballos de los cuarteadores; luego se repetía lo mismo para poder pasar los médanos de Romero, que los pasajeros debían cruzar a pie; después en balsa el río Colorado (ver una de las fotos) y luego en bote los zanjones de ese mismo lugar. El viaje duraba 3 días en invierno y dos íntegros en verano. Con todo era un gran adelanto, pues siempre se estaba más seguro que por mar y además había así un itinerario fijo y permanente.”
El payador Suana
El ya nombrado cuarteador Suana tenía, siempre según el relato de Pita, algunas dotes de payador. Cuando terminaban los viajes el negrito se acodaba en el mostrador del café danzante “Casa de Lungo” y narraba los sucesos de la travesía. Hay un caso que se narra de la siguiente forma. “Al llegar a la posta del río Colorado hubo un serio incidente entre uno de los cuarteadores y Mora. El cuarteador Evaristo lo increpó a Mora por haberlo éste tratado duramente durante el viaje y se le acercó en forma amenazante. Con este motivo Suana improvisaba otros versos, diciendo más o menos: No me quisiera acordar cuando Mora pegó el grito, con el revólver en la mano. ¡No se me acerque Evaristo! Con esa actitud altanera ¡retíreseme dos pasos! No me venga con zoncera, le via’encajar dos balazos. Y en eso salió Morocho, con una tumba e pichero. Y soltó la risa Aurelio como un loro barranquero!”
“Agregaba en su verseada que para evitar graves consecuencias habían intervenido los demás cuarteadores; y todos los vecinos o habitantes de la posada, que se alborotaron los caballos y hasta los perros y gatos. Tenía un verso para cada uno y terminaba así: Un gato dijo miau miau, el otro dijo fú fú. Un vestido coloraaau y Aurelio les tiró con un hueso de caracú”.
“Y así por el estilo seguía relatando lo ocurrido, en medio de la carcajada general. Cada viaje daba motivo a estos y otros dicharachos, con lo que se hacía menos tedioso el viaje a los pasajeros y más llevadero el crudo trabajo de los pobres conductores” acota Pita.
Marcos Mora siguió con sus viajes de galera hasta 1913, cuando el ferrocarril del Sur llegó a Stroeder, radicado en los alrededores de Buenos Aires murió en 1928, a los 77 años.
La revista de Isabel Garrido y Miguel Bordini, que lleva el nombre de “La Galera” como un implícito reconocimiento a este emprendedor, publicó en noviembre de 2007 una entrevista aTulio Mora, de 94 años, sobrino de Marcos, que vive en Laprida. Recordó que “las postas eran precarios ranchos de barro, donde los viajeros dormían sobre catres tapados con cuero de oveja, que hacían también de colchón, y un anexo de comida caliente, entre el puchero o un trozo de carne asada”.
Otro dato aportado por Tulio Mora es que dos hijos de Marcos manejaron, en las primeras décadas del siglo 20, un servicio de autos de alquiler en la zona de Conesa. Sin ninguna duda los Mora fueron pioneros en el transporte de pasajeros terrestres y este recuerdo lleva al merecido homenaje, porque era un servicio duro pero eficiente, que vencía distancias y rompía el aislamiento de Carmen de Patagones, cuando todavía no llegaba el tren.



viernes, 13 de febrero de 2009

El cine San Martín de Viedma, en sus tiempos de esplendor



Marcó una época de la vida social de Viedma y la región: el espléndido cine San Martín, que hoy recordamos en esta nota.


Los primeros sitios en donde se proyectaba regularmente el maravilloso “biógrafo” fueron, en Viedma hacia 1910, un bar ubicado sobre la calle Buenos Aires, enfrente de la plaza Alsina, y una década más tarde el Bar y Cine “Fénix” de Rafael Laría, en calle Colón, entre las actuales Sarmiento y Buenos Aires. Por esos mismos años (1920 al 30) los salesianos organizaban matinés infantiles (con películas mudas y rigurosamente seleccionadas, por cierto) en la sala del Círculo Católico de Obreros, en calle Rivadavia 180, casi esquina Mitre; donde después funcionó la Biblioteca Popular Mitre y hoy se ubica el depósito de una mueblería.
Entre los años 1920 y 1926 se levantó el teatro Argentino, en la calle San Martín entre Belgrano y Saavedra, propiedad de la Asociación de Socorros Mutuos (ver foto), en el mismo exacto sitio que hoy ocupa la Legislatura de Río Negro; que fue durante varias décadas la principal sala de espectáculos de la capital del territorio de Río Negro.
Aproximadamente para 1935 la explotación como sala de cine quedó en manos de los hermanos José y Antonio Caruncchio, miembros de una familia de inmigrantes italianos caracterizada por su empuje y capacidad para llevar adelante importantes emprendimientos. El teatro Argentino tenía una capacidad limitada para no más de 300 espectadores, entre la platea y los palcos laterales, no contaba con sistema de calefacción y para mediados de la década del 40’, momento de esplendor económico de la clase media argentina, sus comodidades resultaban exiguas para la gran cantidad de público que concurría al popular espectáculo cinematográfico.
Para entonces había fallecido Alberto Caruncchio, muy joven, pero su hermano José seguía adelante con el negocio el cine y decidió emprender una obra de enorme importancia: la construcción de una nueva sala, moderno, amplio, dotado de todas las comodidades para 500 espectadores.
Para ello había adquirido el solar de la calle San Martín, justo enfrente del Argentino, en donde la obra comenzó en la segunda mitad del año 1947, con movimientos de suelo y una estructura de hormigón nada usuales para la época. La edificación estuvo a cargo del constructor José Marello, bajo la dirección del calificado estudio de arquitectura Costa Varsi de Bahía Blanca.
Un palacio para el cine
El vestíbulo era luminoso, de dimensiones generosas, con varias puertas batientes a la calle; presentaba a la izquierda la boletería y a la derecha el kiosco. Para pasar a la sala se transponían puertas de madera y espesos cortinados que separaban acústicamente los ruidos del exterior. (ver fotos)
La sala tenía un pronunciado declive que terminaba en sentido inverso a partir de la fila número seis, para permitirle a los espectadores ubicados delante de todo una mejor visión de la pantalla. El piso era enteramente de parquet, la calefacción funcionaba con sistema de radiadores de agua caliente a través de una caldera central alimentada a gas-oil, el sistema de proyección era el más moderno de la época, al igual que el equipamiento de sonido, ubicado detrás de la pantalla.
La boca del escenario original tenía forma semicircular, con un ligero toque “art decó”, pero hacia 1955 con la llegada del cinemascope fue necesario modificarla y darle la forma rectangular que todavía conserva.
Durante las décadas de los ’50 y los ’60 el cine San Martín ofreció funciones de martes a domingo, con cinco programas de dos películas distintas, de manera tal que los cinéfilos podían disfrutar de diez “cintas” (como se decía por entonces) diferentes, entre estrenos y reposiciones.
El programa que se reproduce aquí (una sola de sus caras), corresponde a la semana del 11 al 16 de noviembre de 1952. El detalle es el siguiente. Martes 11, a las 21,30, dos películas argentinas, “Valentina” de 1950, con Olga Zubarry y Juan José Miguens; y “Surcos de sangre” con Hugo del Carril y Esther Fernández (de 1950). Miércoles 12, a la misma hora, hora, otras dos producciones nacionales: “La casa de los cuervos” (1941) con Amelia Bence y Luis Aldás, y “Pasaporte a Río” (1948) con Mirtha Legrand y Arturo De Córdova. En estos días, martes y miércoles, con reposiciones de películas ya proyectadas anteriormente, la entrada costaba 2,50 pesos, de aquellos denominados “moneda nacional”. El jueves y el viernes la pantalla de la sala viedmense entraba en calor, con la proyección del filme de acción “Soborno”, realización norteamericana de 1949 protagonizada por Robert Taylor y Ava Gardner, completando el programa con “La hora del Olvido”, de 1948, con Van Johnson y Janet Leight. Los boletos aumentaban, en este caso, a 3,50 pesos.
La programación central se presentaba los sábados y domingos, con una doble cartelera que se alternaba de la siguiente forma, un combo iba el sábado a la noche (21,30) y el domingo en “ronda” (17,15) y otro se invertía, el sábado a la tarde y al día siguiente por la noche. De tal forma los amantes del cine (y los muy enamorados que necesitaban la complicidad de la sala en penumbras) podían aprovechar la ocasión, si las cintas ofrecidas les complacían, para hacer doblete de salida durante el fin de semana.
Otro dato; esta misma programación, pero invertida, se ofrecía en la sala del cine Cervantes (ahora teatro España) de Carmen de Patagones, que administraba la misma familia Caruncchio.
Aquel sábado 15 de noviembre de 1952 la brillante pantalla de la calle San Martín ofrecía, en ronda y como película central, la muy esperada por el público local “La de los ojos color del tiempo”, con Mirtha Legrand y Carlos Thompson, dirigidos por Luis César Amadori, cuyo estreno nacional en Buenos Aires se había producido menos de tres meses antes. El complemento era una realización de Estados Unidos, ¡en technicolor!, “Viaje a la luna”, con actores hoy totalmente olvidados. Por la noche llegaba una superproducción americana: el musical “La sirena se enamora” protagonizada por la escultural nadadora acrobática Esther Williams; acompañada por otro filme extranjero: “El diablo dorado”, que prometía dramatismo y acción. Los sábados y domingos el valor de las entradas ascendía a 4 pesos; pero los chicos, en la ronda, pagaban sólo 2,50.-
El inolvidable chocolatinero
Los recuerdos de aquellas inolvidables tardes y noches de biógrafo esta asociado, por supuesto, con el sabor de los caramelos “Mu Mu” de dulce de leche; las garrapiñadas de chocolate; las tabletas de “Aero” y otras golosinas que acompañaban la función. En el interior de la coqueta sala el despacho de tanta dulzura estaba a cargo de Lázaro Fresán, el mismo kiosquero que para entonces ya tenía suficientemente consolidado su local de la calle Buenos Aires al 200, con despacho de diarios y revistas.
También como teatro
La magnífica sala del cine San Martín también fue el sitio elegido para la presentación de grandes espectáculos musicales. El periodista Galo Martínez recordó, tiempo atrás en una charla en “Amigos de lo Nuestro”, que “cuando recién me iniciaba en la actividad de promotor de espectáculos me ofrecieron traer a Los Fronterizos, que estaban empezando a ser famosos, pero la única fecha disponible era un miércoles. Lo fui a ver a Pepe Caruncchio para arreglar la contratación del cine y él me dijo: mirá, Galo, no es un día muy conveniente para una función de ese tipo. Pero igual lo programé, se hizo el anuncio una semana antes y en dos días ya se habían vendido todas las entradas disponibles”.
En otra ocasión, en abril de 1964, allí mismo se presentó el espectáculo “Esto es folklore” que reunió, en una misma función, a Los Chalchaleros, Ariel Ramírez y Jorge Cafrune, bajo los auspicios de la incipiente comisión municipal de Cultura de la Municipalidad de Viedma.
Los últimos años
Entre 1948 y 1954 el Argentino y el San Martín funcionaron simultáneamente, bajo la administración de José Caruncchio, a quien ya ayudaban sus hijos José “Pepe” Juan Caruncchio y Alberto Caruncchio.
En 1956 cerró sus puertas el cine Argentino, al año siguiente lo compró la gobernación territoriana, para instalar la Convención Constituyente de 1957 y en 1958 la primera Legislatura de Río Negro. La sala permaneció sin cambios hasta 1972, cuando se la remodeló para convertirla en el actual recinto parlamentario.
El brillo del cine San Martín perduró hasta comienzos de la década del 70’, pero para entonces ya habían fallecido José Caruncchio (el fundador de la sala) y su hijo Pepe. Problemas de tipo financiero, la competencia muy fuerte de la televisión y dificultades con la distribución, hicieron que la familia se desprendiera del cine. Primero fue alquilado a la empresa Cantera y Brione, finalmente se vendió a los empresarios de la construcción Horacio Alvarez Tapié y Raúl “Bocha” Pamer, que ya en 1976 habían inaugurado el cine “Gama”.
Pero los buenos tiempos de esplendor ya no volverían. En agosto de 1981 la sala del San Martín tuvo el último gran momento cinematográfico de su existencia, cuando el importante director argentino Lucas Demare asistió a una función homenaje, con la proyección de su famoso filme “La guerra gaucha”.
Poco después vendría el cierre y un largo lapso de abandono total; cuando en el vestíbulo funcionó una financiera. Más recientemente el sitio se convirtió, al igual que en tantos otros puntos del país, en un templo evangélico pentecostal. Hoy en su espaciosa sala ya no se corporizan las imágenes de las grandes estrellas, pero muchos cientos de viedmenses se dejan llevar por terrenos de esperanza y felicidad, conducidos por la encendida oratoria de los predicadores.

viernes, 30 de enero de 2009

La Maragata, monumento al ferrocarril

Cuentan que un camionero que no conocía Carmen de Patagones en una noche de nieblas entró a la ciudad por el boulevard Juan de la Piedra y se llevó un susto mayúsculo. ¡De pronto se encontró con una enorme locomotora a vapor que se le venía encima!

La historia no es real, pero pudiera serlo. Para los habitantes de la comarca Patagones-Viedma no es motivo de sorpresa la presencia de ese armatoste en una plazoleta, muchas veces convertido en lugar de juego de los chicos. Pero vale recordar su historia, en estos tiempos en que acaban de cumplirse 87 años de su llegada triunfal, como signo del anhelado progreso.
El 22 de noviembre de 1921 arribó la primera formación de un tren a Carmen de Patagones y se rompió el aislamiento de estas dos ciudades con el resto del país, fundamentalmente con Buenos Aires y el gran puerto de ultramar del país. La fecha se constituye entonces como un hito del desarrollo económico y social de la región.
La llegada a la estación ferroviaria maragata en construcción de la formación impulsada por la locomotora inglesa número 3096, la misma que ahora se exhibe en la plazoleta del boulevard Juan de la Piedra y que puede ser considerada como “el monumento al ferrocarril”, fue un acontecimiento de multitudinaria repercusión. Porque había un clamor popular instalado en la comunidad maragata.
La máquina es de tipo ténder de tres ejes, rodado 2-6-0, clase 7-B para el Ferrocarril del Sud, fabricada por los talleres ingleses de Beyer Peacock, en Manchester, en 1901, dentro de una partida de 28 unidades similares, numeradas 3071 al 3098, según los prolijos registros del Ferro Club Argentino. La información disponible en la web señala que la locomotora llegó bajo la experta conducción del maquinista Juan Cambetta.
Los antecedentes
Hasta ese momento Carmen de Patagones dependía para sus comunicaciones con el resto del país casi exclusivamente de su puerto fluvial con salida al mar, dado que las conexiones terrestres hacia Bahía Blanca sufrían de graves impedimentos por el mal estado de los caminos de tierra y la precariedad de los vehículos automotores de esa época.
Pero, además, la llegada del tren se esperaba con natural y comprensible ansiedad desde una década antes.
La empresa inglesa de ferrocarriles “de Buenos Aires al Pacífico” tenía la concesión del ramal Bahía Blanca a Patagones y el primero de setiembre de 1912 había llegado con el tendido de las vías hasta Pedro Luro. Dos años más tarde, tras la fundación de la colonia agrícola promovida por el colonizador Hugo Stroeder, el ramal avanzó hasta la incipiente localidad del mismo nombre y, naturalmente, crecían las expectativas de la gente de Patagones porque presentía la cercanía del nuevo y moderno medio de transporte.
Téngase en cuenta que el ferrocarril significaba a posibilidad de conectarse con Buenos Aires en unas 15 horas, con un importante volumen de cargas; mientras que los viajes en barco demandaban cinco a siete días, según las condiciones climáticas. Además el tren podía levantar los “frutos del país” directamente de las poblaciones rurales, evitando el lento y costoso acarreo desde el campo al puerto de Patagones.
Pero la empresa ferrocarril Buenos Aires al Pacífico abandonó el tendido de vías en Stroeder y empezaron a transcurrir los años, generando inquietud entre las fuerzas vivas maragatas. En la denominada “punta de riel” llegaban a acumularse hasta 300 toneladas de mercaderías diversas que venían hacia Carmen de Patagones y esperaban su traslado en automotor o carros.
El dos de mayo de 1920 el entonces gobernador bonaerense José Camilo Crotto canceló la concesión al Ferrocarril al Pacífico, la traspasó a la empresa Ferrocarril del Sur y estableció el plazo improrrogable de 18 meses para que las vías llegaran a Patagones.
En apoyo a esta decisión se formó en Carmen de Patagones una Comisión de Opinión Pro Ferrocarril a Patagones, que el día 20 de mayo realizó una multitudinaria asamblea popular.
Los trabajos del tendido férreo avanzaron en los 85 kilómetros faltantes con ritmo intenso y cumpliendo el plazo para mediados de noviembre de 1921 la obra estaba prácticamente terminada. El 22 de noviembre fue, entonces, la fecha de la llegada de la formación experimental que venía probando las vías.
Jornada de fiesta popular
En la estación provisoria el convoy fue recibido por el intendente de Patagones, Antonio Barbieri; el gobernador del territorio de Río Negro, Víctor Molina; el presidente del Consejo Municipal de Viedma, Felipe Contín; el titular de la comisión Pro Ferrocarril, Pedro Antonio Serrano, el vicepresidente de esa entidad, Francisco Pita; y otras autoridades.
El juez de Paz de Patagones, Juan Malla fue quien levantó un acta del momento; habló Pita y tres ancianas damas maragatas fueron designadas como madrinas de la locomotora, ya bautizada aquel día como “La Maragata”: Carmen Correa de Guerrero, de 88 años; Matilde Martínez de Ibáñez, de 88; y Pilar Rial de Migue, de 74. Más tarde otra distinguida señora, Esther Bottazi de Auckland, acompañada por la señorita Zulema Crespo y los caballeros Benito J. Crespo y Pedro A. Serrano procedió a colocar simbólicamente un clavo de plata en el durmiente final del tendido de las vías, con los acordes marciales de fondo de la Banda de Música de la Policía del Territorio de Río Negro.
La crónica del periódico “La Capital” describe con lujo de detalles la algarabía vivida en la tarde de aquel 22 de noviembre de 1921 en la precaria estación patagonesa y relata que “en el pueblo era materialmente imposible conseguir un auto (de alquiler) para llegar a dicho punto, pues todos hacían continuamente viajes cargados con familias y cuando uno por casualidad regresaba desocupado era solicitado por varios peatones que se discutían el privilegio de ocuparlo”.
El magistral discurso del escribano y cronista Pita, autor del libro “Remembranzas”, editado en 1926, fue transcripto en forma completa por la citada publicación. En uno de sus párrafos, de vuelo poético, dice que “la primera locomotora está presente, viene en misión de unión y progreso (…) siéntense aún las palpitaciones de su gran corazón de acero. Es que tiembla de emoción al sentirse tan festejada por los moradores de estas tierras para ella hasta ayer desconocidas. Llega bulliciosa como una niña juguetona, después de haber ensayado silenciosa durante varios días su entrada triunfal en la ciudad. Es que tenía temor de espantar con sus silbatos y ruidos estridentes a los pacíficos moradores de extramuros. No quería molestar la placidez de los hogares de nuestras abuelas”.
Pero más allá del enorme entusiasmo de aquel día las poblaciones de las ciudades hermanas tendrían que esperar cinco meses, hasta el 21 de abril de 1922, hasta la inauguración de los servicios regulares de los trenes entre Plaza Constitución y Patagones. En esa otra fecha, también festejada con alborozo de autoridades y pueblo, la misma locomotora 3096 traccionaba la formación inicial.
La historia de la máquina se pierde entonces, porque no existen anotaciones sobre los servicios y ramales de la vasta red del Ferrocarril del Sud (FCS) que le fueron asignados.
Emma Nozzi y la recuperación
Es probable que el Ferrocarril Nacional General Roca (heredero del FCS) la jubilara por su obsolescencia hacia fines de los años 50, como ocurrió con todo el parque de locomotoras a vapor. En 1961 permanecía abandonada en alguna lejana playa ferroviaria (tal vez Remedios de Escalada, quizás Bahía Blanca) y surgió la inquietud de la directora del museo histórico regional de Carmen de Patagones, la inolvidable Emma Nozzi, con una idea concreta: traer de regreso definitivo a la noble maquinaria al pueblo que le había impuesto nombre propio y convertirla en pieza de admiración pública.
Rolando Raúl “Tito” Martínez se refirió a este episodio en su recopilación de crónicas, “Vivencias y algo más”, y precisó que ocurrió el 26 de abril de 1963, cuando la 3096 volvió a Carmen de Patagones, remolcada. Mencionó este cronista que las gestiones, ante la empresa Ferrocarriles del Estado, contaron con el apoyo del antiguo dirigente ferroviario Juan Mache, quien logró que el sindicato de maquinistas La Fraternidad absorbiera el costo de la operación. Apuntó, también, que Mache no pudo ver a la locomotora de nuevo en estas vías sureñas, pues falleció en 1962.
“La Maragata” quedó estacionada en una vía cerca de la mesa giratoria por mas de diez años hasta que un día, después de ser reacondicionada, fue colocada en una plazoleta construida al efecto, en el boulevard Juan de La Piedra, frente a la estación de ferrocarril. Esta gestión, importante por el despliegue logístico, se realizó durante la primera intendencia de Néstor Ezcurra (1973-76).
Casi dos décadas después la Comisión de Amigos del Museo, con fondos donados por Emma Nozzi (que no cobraba sus sueldos de directora y los donaba a la entidad) se hizo cargo de una completa restauración de los viejos hierros que tan importante servicios prestaron a Carmen de Patagones y toda la zona.
En fecha reciente, por iniciativa de la dirección de Patrimonio Histórico de la Municipalidad de Patagones, dieron inicio nuevas tareas de reparación y mantenimiento, todavía inconclusas. El monumento al ferrocarril sigue siendo un símbolo importante, que mantiene activa la memoria sobre una época de intenso progreso regional.


domingo, 25 de enero de 2009

Arlt en los bodegones del puerto maragato y riéndose en la plaza de Viedma



Roberto Arlt recorrió una parte del sur argentino, con una máquina de fotos Kodak, un saco de cuero y una pistola automática prestada (por si acaso), para escribir una serie de notas para el diario El Mundo en su célebre columna de aguafuertes. El itinerario del talentoso escritor y periodista comprendió a Carmen de Patagones y Viedma, en enero de 1934, hace 75 años.

En el artículo anterior ya nos ocupamos de las huellas dejadas por Arlt en el hotel Percaz, por la plaza Villarino y en la oficina del correo de Patagones. Estos aspectos están descriptos en las crónicas de los días 11 y 12 de enero de 1934, tituladas “Nota preludio o prólogo” y “El pueblo de Patagones”; pero el sagaz escriba volvió a posar su mirada sobre la última población bonaerense en la nota que publicó el matutino porteño el 13 de enero: “Vida portuaria en Patagones”. Es preciso advertir que en aquellos tiempos el puerto maragato todavía despachaba cargamentos de cereales y lanas (aunque ya la competencia ferroviaria estaba instalada); y sobre la calle Roca, en el tramo hoy llamado J.J.Biedma, por donde se ubican el museo histórico y una concurrida pizzería, y más allá, funcionaban varios bodegones, bares y alojamientos para marineros, barracas de depósito de cargas y otros locales por el estilo.
Los contemplativos del puerto
Arlt escribió esto. Tarea magistral de cronista. “Esta calle Roca a la cual me refiero está convenientemente adornada en su extensión de 500 metros de bodegones y vinerías. Entre vinería y vinería, levantan sus fachadas lisas de ladrillos, casas marineras de dos pisos, con puertas que se abren en el espacio a galerías adornadas de tiestos de geranios. Grandes almacenes de ramos generales, depósitos de maderas, patios de suelos pavimentados de granito con torres de fardos de lana y agencias de navegación se benefician en la orilla próspera, y todo se halla tan convenientemente pacificado que uno, recorriendo la calle referida, supone que se encuentra en un puerto para enfermos de los centros nerviosos y frenopáticos agudos…”
Después de esta pintura, irónica como siempre, el periodista-escritor-dramaturgo relata sus observaciones de hora temprana, en ese escenario portuario. “Al día siguiente de mi llegada a Patagones, me levanté temprano, 8 de la mañana, y cuando llegué a la dicha calle Roca vi que los bodegueros recién retiraban las persianas de madera de las vidrieras y ventanas de sus boliches. Hecho que no tiene importancia alguna, pues a las 8 de la mañana este suceso ocurre en todos los parajes del mundo. Lo que no ocurre en todos los parajes del mundo y esto van a convenirlo conmigo, es que simultáneamente con los bodegueros que retiran los tableros de las puertas de sus casas aparezcan otros ciudadanos en las puertas de sus domicilios y, munidos de sillas y bancos, se instalen en las veredas en grupos de dos o tres y comiencen a mirar cómo corren las aguas del río. Y varios de aquellos ciudadanos eran tan cortos de mano, por no decir de genio, que en vez de traer el banco de su casa entraban al bodegón y salían con una silla cuyo respaldar colocaban de manera que en él pudieran apoyar el brazo mientras la espalda la arrimaban a la pared. Y me preguntaba si ésta no sería una anormalidad cuando tuve que retirar semejante presunción, en vista que varios vinateros colocaban bancos de tabla con capacidad para tres o cuatro ciudadanos en sus asientos”.
¡Esta sencilla costumbre pueblerina, que todavía hoy se observa en algunos vecinos de cabezas canosas, llamó poderosamente la atención de Arlt! Lean los párrafos siguientes.
“Frente a otro establecimiento donde se vendía el jugo de uva convenientemente fermentado, descubrí un grupo de viejos de pelo amarillo, sacos azules y pantalones color canela. Contemplaban el río y, para no perder detalle alguno de él comenzaban a mirarlo a las 8 de la mañana, lo cual pinta muy a las claras el fervor que tienen los nativos de Patagones por su hermoso río de la Paz. Otra respetable cantidad de patagonenses permanecía sentada en un malecón, escupiendo al río, y siguiendo cada uno con la mirada su mancha de saliva. Y éstos eran hombres mal entrazados que en otros puertos hubieran hombreado bolsas o muy pesados bultos, pero aquí estaban desde temprano dedicados a las arduas tareas de la contemplación, que requiere un temperamento entrenado, pues la contemplación no es una disciplina que se puede practicar de hoy para mañana, y sí requiere una larga práctica de dolce far niente, de fiaca graduada y vagancia dosificada.”
En la costa de Viedma
“Viedma, situada a la orilla del mismo río, carece de puerto. Desempeña las funciones de tal un atracadero de madera donde se detienen las lanchas para descargar el pasaje. A lo largo del desembarcadero de Viedma corre un parque maravilloso (…) un callejón formado por dos paralelas de álamos, cipreses y sauces que corre durante 200 metros a la orilla del río. En el centro de este callejón se extiende un emparrado de rosas silvestres, palmeras, laureles en flor, una vegetación loca que lo invade todo cubriendo los bancos de racimos verdes y flores color carne. El agua promueve un ruido suave en las raíces de los sauces”.
Con esta descripción inició Arlt su crónica publicada el 14 de enero de 1934. Ese parque, llamado Belgrano y ubicado entre las actuales avenida 25 de Mayo y calle Belgrano, fue el único sitio de Viedma que recibió halagos por parte del cronista viajero.
“Saliendo de la alameda se entra a calles polvorientas, repletas de baches violentos, circundados de tapiales inmensos. En muchos parajes se tropieza con construcciones inconclusas. Quien sabe el destino que tendrán: si convertirse en taperas o alcanzar la edad natural de casas habitables” apuntó a continuación.
Un lugar para la risa
La crítica de Arlt contra la capital del territorio nacional de Río Negro fue dura, categórica, casi demoledora. Se burló incluso de un sitio de la plaza San Martín que era, en aquellos años de la década del ’30, muy concurrido los domingos y días de fiesta cívica. “El caserío está desperdigado y aunque existe una intención de rivalizar con Patagones, de crear una capital de la gobernación competidora con la vecina frontera, por el momento es imposible. Viedma carece de estilo. Y tanto carece de estilo, que en la plaza, frente a la municipalidad (apunta este cronista del siglo 21, actual sede del Museo Tello) han construido un pabellón de cemento armado para la banda y posiblemente discursos oficiales. Bueno, eso no parece un pabellón sino un albergue para elegantes, tan descomunalmente grande es. Uno lo mira y sin saber por qué experimenta ganas de reírse”. (La foto muestra la construcción que disparó la risa de Arlt)
El recorrido del periodista porteño tomó luego por la calle Buenos Aires y desembocó en la plaza Alsina. “La calle principal tiene tres casas de dos pisos, modernísimas, correo, gran salón de peluquería, la escuela normal mixta y enfrente, una plaza más larga que ancha, tupida de árboles, con una columna en su centro, alta como un poste de teléfono. Esta columna de mampostería remata en un busto representando a un señor de pera a la francesa y melena victorhuguesca. El busto puede representar a Bartolomé Mitre, a Clemenceau, al general Roca, o al poeta Guido Spano. Y emito los irreverentes pensamientos porque la semiestatua carece de placa que de fe de su identidad”.
¡Han transcurrido 75 años y la identidad del prócer de la plaza Alsina sigue siendo un misterio, por la falta de una mínima leyenda! Se supone que se trata del mismísimo Adolfo Alsina, claro.
Los abogados viedmenses
Los últimos párrafos del aguafuerte que Roberto Arlt le dedicó a Viedma son muy ácidos para con una profesión que, por lo que puede verse, ya hace tantos años despertaba críticas. No había seguramente un Colegio de Abogados constituido en esta ciudad, porque de haber sido así el escriba se hubiese ligado una amenaza de juicio. Dicen así.
“La capital de la gobernación cuenta con Juzgado Federal, adonde fatalmente vienen a parar todos los asuntos jurídicos de esta vastísima gobernación y territorialmente más grande que algunos países europeos. Es así como la ciencia de pleitear ha adquirido en esta pintoresca y hospitalaria ciudad de Viedma inimaginables proporciones. Abundan los buenos letrados, pero más numerosos aún son los que allá en Buenos Aires llamamos aves negras. Los he visto, porque me los han mostrado en las horas enervantes de la siesta, polvorientos, verdosos, andando apresuradamente por la calle con sus formidables cartapacios, en tren frenético de hacerles zancadillas a las leyes. Son hombres que por el robo de una gallina os fabrican un sumario y un proceso más largo que el affaire Dreyfus. He oído hablar de esta gente en el hotel donde me hospedo con voces repletas de inflexiones de terror. No contaré en esta nota lo que han dicho, porque correría riesgo que me construyeran un pleito desde mil kilómetros de distancia”.
Transcurrieron 75 años y los textos escritos por el genial Roberto Arlt en aquel verano de 1934 (apenas 8 años antes de su muerte, el 26 de julio de 1942) nos permiten reconstruir aspectos muy interesantes de la vida cotidiana en Carmen de Patagones y Viedma por aquellos tiempos. Adulación (no exenta de sorna) para con la ciudad bonaerense, admiración (casi podría decirse) para los contemplativos de la calle Roca; encantamiento en la breve costanera viedmense, risas con el palco de la banda, diatriba para los abogados. Una visión audaz, incisiva y polémica, que lamentablemente está ausente en el periodismo nacional de nuestros días.

martes, 20 de enero de 2009

ROBERTO ARLT ESCRIBIÓ SOBRE PATAGONES Y VIEDMA, HACE 75 AÑOS




Es muy probable que el talentoso escritor de ficciones, dramaturgo y periodista Roberto Arlt no se imaginara, cuando pasó por nuestra región hace 75 años, que sus crónicas habrían de mantener tanta vigencia por la exactitud de sus descripciones. En estos artículos (el presente y otro que insertaremos en próximos días) se intenta reconstruir los pasos de su itinerario y recuperar sus huellas en las veredas de Carmen de Patagones y Viedma.

Arlt tenía casi 34 años cuando, a principios de enero de 1934, el diario El Mundo de Buenos Aires lo mandó al sur para que tomara apuntes de la realidad y escribiese una serie de notas de viaje que, con el título de “Aguafuertes patagónicas”, fueron publicadas en el matutino porteño entre el 11 de enero y el 19 de febrero de ese año.
Para ese entonces ya era un novelista y autor teatral reconocido en círculos literarios e intelectuales de la Capital. Pero es muy probable que quienes lo trataron por aquí, los pasajeros que viajaban en el mismo vagón del Ferrocarril del Sur, personal de hotel y de los restaurantes (entre otras personas) ignoraran por completo de quien se trataba.
Sus 23 artículos quedaron en la colección de El Mundo pero se perdieron en el olvido de los archivos periodísticos, hasta que en 1997 fueron rescatados por Sylvia Saítta, doctora en letras e investigadora del Conicet, en un libro que publicó Ediciones Simurg bajo el título de “En el país del viento; viaje a la Patagonia”.
Hay cuatro de esas aguafuertes en las que Arlt menciona a Carmen de Patagones y Viedma, a las que tituló “Nota preludio o prólogo”; “El pueblo de Patagones”; “Vida portuaria de Patagones” y “Viedma”; fechadas entre el 11 y el 14 de enero de 1934, hace 75 años.
Desde el hotel Percaz
Roberto Arlt se alojó en el hotel Percaz de Patagones. No lo menciona por su nombre, pero en la primera de las crónicas cuenta, con los toques de humor e ironía que son una constante en sus aguafuertes, que cuando venía viajando en el tren en la estación Cardenal Cagliero subió “un corredor bribonazo y temible” que con un fácil discurso comparativo convenció a los viajeros que en Patagones el mejor hotel es “muy bueno, pero también es caro porque allí sabe parar el gobernador”; y en tanto “hay también otro hotel, que es tan bueno como el que para el gobernador, pero es más barato y muy bien atendido”.
Este cronista del siglo 21 consultó a varios vecinos memoriosos y conocedores quienes dijeron que el hotel donde paraba el gobernador era el Argentino, y que el otro era el Percaz. “Escribo esta nota (apuntó Arlt) desde el cuarto de hotel de Patagones, tan vasto él que en Buenos Aires sería destinado a garage o planta de un edificio de 14 pisos”.
Pues bien, una vez instalado en el Percaz el protagonista de las aguafuertes salió a recorrer la calle Comodoro Rivadavia, todavía sin pavimentar, y se sorprendió con la peluquería de Carmelo Patané que ocupaba la esquina de enfrente, muy bien equipada para la época; la armonía de los frentes de los edificios de esa arteria y los aromas que emanaban de una farmacia. Veamos algunos de los comentarios de Arlt en esta temática.
“En estas calles de grava, color ceniza, se descubren peluquerías niqueladas donde se aplican fomentos faciales y rayos ultravioletas. (…) Calles estrechas y perfectas. Encajonadas por altas fachadas. El trescientos de la calle Rivadavia es tan inusitadamente parejo y solitario, que se podría tender una mesa en medio de la calle y almorzar en la más enternecedora soledad”.
Como un beso de novia
Arlt se internó por callejuelas en declive hacia la zona del puerto y después de una serie de observaciones magistrales proclamó su enamoramiento por aquella aldea de hace 75 años.
“Imposibilitado de utilizar diez definiciones para calificar al pueblo de Patagones, escalonaré unas cuantas. El público puede quedarse con la que más le agrade. Ahí van: Patagones es un pueblo donde se puede morir de muerte romántica. Patagones es una niña bien. Aspira. Patagones podría ser una ciudad costera de Brasil. (…) Patagones es bonito como un beso de novia (en día de lluvia). En Patagones se puede escribir una novela de amor tan amoroso, que después de leerla, los amantes no escojan sino entre el suicidio y la felicidad. (…) Para escribir sobre Patagones hay que ponerse una mano sobre el corazón y entonar dulcemente los ojos. Y no tener miedo del ridículo al afirmar que es diez veces más bonito que Bahía Blanca, que Rosario y que Tandil, a pesar de ser diez veces más pequeño que la parroquia de Caballito. Todas estas y otras innumerables virtudes se le pueden descubrir a Patagones en un día nublado”.
Escribió también que: “si uno se sienta en la plaza, en un banco blanco, a la orilla de un cantero esmaltado de florecillas blancas (…) distingue a su frente, a una profundidad de 30 metros, el manso cauce del río Negro lamiendo las orillas empenachadas de vegetales, candelabros de siete brazos. Un barco negro, el Toro, carga fardos de lana y bolsas de trigo”.
Intrigado por un monumento
Roberto Arlt reparó en el amplio espacio de la plaza Villarino, escasa de arboleda por aquellos tiempos, pero con instalaciones para la práctica de deportes varios: tenis, básquet y atletismo. En ese solar de cuatro manzanas le llamó la atención el monumento erigido en el cruce de las calles, sobre un obelisco de piedra.
Estas fueron sus reflexiones. “Subiendo el declive, hacia la estación del Ferrocarril del Sur, se tropieza con una plaza mocha, una especie de campo de juegos atléticos, con un obelisco rematado por un general impersonal…”. Planteó la duda acerca del nombre del prócer y, en la crónica del 12 de enero, arriesgó que se trataba “del intrépido marino Villarino”, pero advertía que “esto después de aventar el polvo del olvido, pues la estatua carece del nombre del prócer”. La intriga del sagaz periodista no quedó resuelta y volvió sobre el tema en el artículo sobre la vecina ciudad de Viedma (del 14 de enero) al comparar la situación con la estatua erigida en la plaza Alsina, que tampoco tenía cartel identificatorio (igual que ahora, en el 2009).
Puso allí que “En Patagones ocurre lo mismo. (…) Cuando pedí informes me dijeron que el busto representaba al general (sic) Villarino, luego la misma persona que ofició conmigo de cicerone sabiendo que era periodista, concurrió apresuradamente al hotel para decirme que una hermana suya le había dicho que la plaza se llamaba General (sic) Villarino, pero que el busto representaba al general Belgrano…”
Apunta ahora el cronista contemporáneo que ese busto del creador de nuestra Bandera sigue en la plaza Villarino (aunque ya no en el cruce) y que la base de granito fue a parar a la capilla Madre Mazzarello del bulevar Moreno, donde alguna vez sostuvo una imagen del padre Juan Bertolone.
Una morocha muy atractiva
Arlt agrega, cuando habla de Patagones, que desde la plaza Villarino “al correo hay un paso” y este cronista creyó que el periodista porteño estaba refiriéndose a las oficinas de lo que actualmente se sigue llamando “el correo viejo”, en el gran salón comercial de la esquina de Dr. Baraja y Suipacha. Pero no es así, porque según el testimonio de varios vecinos memoriosos en aquellos tiempos el correo maragato funcionaba sobre calle España, entre Fagnano y Garibaldi.
Sigamos con lo que escribió Arlt que ahora viene lo más importante. Dice: “…juro que sólo un ciego puede desear vivir lejos del correo de Patagones pues en él se encuentra empleada Venus Afrodita, disfrazada de morocha. Cuanto viajero entra al correo de Patagones y mira la tal empleada recibe como una descarga eléctrica y luego, cuando se repone, pide cinco pesos en estampillas de medio centavo y contadas una por una por la susodicha empleada”.
Semejante alabanza, en labios de un literato de reflexiones habitualmente misóginas, produjo sobresalto y curiosidad por tratar de contestar a la inmediata pregunta ¿quién era aquella atractiva empleada del correo de Patagones del año 1934?
Pasó bastante tiempo sin que se pudiera encontrar la punta del ovillo de la historia; hasta que un día llegó la revelación, por la generosa colaboración del vecino (nativo de Patagones y muy orgulloso de su origen) don Francisco Aníbal Ferría, bien conocido como el “Coro” Ferría. El dijo que se acuerda perfectamente de “la tal empleada”, que tenía el cabello muy negro y peinado bien tirante para atrás... y era conocida como “la viuda de Basso Montero”.
Otro maragato de pura cepa, Esteban Resoali, cuyo padre fue durante muchos años empleado del correo en Patagones, completó la ficha de filiación de la viuda de Basso Montero, ratificando los datos aportados por “Coro” Ferría.
Aquella mujer de belleza singular se llamó Angélica Guerrero, estuvo casada en primeras nupcias con un señor Basso Montero de quien enviudó seguramente muy joven. Aparentemente después de quedar sola entró a trabajar al correo y allí trabó relación con Antonio “Tono” Aguirre, cartero de la misma repartición, con quien se casó en segundas nupcias y emigró definitivamente.
Hasta aquí una primera parte de la reconstrucción de las huellas de Arlt en Patagones y Viedma, hace 75 años. Lo encontramos primero en un amplio cuarto del hotel Percaz, después lo seguimos cuando recorre algunas de sus calles y describe el paisaje de un día nublado; lo acompañamos por la plaza Villarino y también hasta el correo, en donde despachó su correspondencia para el diario.

martes, 6 de enero de 2009

En Patagones un caserón lleno de leyendas e historia, en el casco viejo

A pocos metros del río, en el marco del casco antiguo de Carmen de Patagones, se levanta el caserón que construyó hacia 1880 el acaudalado comerciante alemán Juan Sassenberg, con una enorme barraca para el acopio de lanas y cueros. Cuando Sassenberg se mudó al incipiente puerto de San Antonio Este esta construcción pasó a manos de Landalde, quien en algún tiempo la alquiló al Ejército y la Gendarmería. Leonor Landalde de Landalde, viuda de aquel gentilhombre, se la vendió al farmacéutico Roig hacia fines del siglo 20. La Municipalidad de Patagones está interesada en comprar el caserón, para destinarlo a un centro cultural.