lunes, 26 de julio de 2010

Apuntes de la historia comercial de Patagones, en los años 40 al 60

Arriba: casa Los Vascos, una tienda que era un verdadero emporio. Abajo: la moderna estación de servicio inaugurada por la firma Malaspina en 1935.

Para hacer las compras domésticas, en Carmen de Patagones, más o menos para 1950, había que internarse en espaciosos locales comerciales, generalmente atendidos por sus propios dueños y una diligente corte de eficientes dependientes; donde reinaban mil aromas variados y se desplegaba un fantástico catálogo visual de mercaderías. Por entonces se decía que “en Patagones se conseguía de todo, y siempre con la mejor calidad”.

Para confeccionar un mapa de nostalgias comerciales, con breves referencias que individualicen los rubros y sus propietarios; los nombres de algunos de sus empleados y otros detalles ilustrativos, se eligió como guía a Edgardo Salvador Melluso.

Más conocido como “Pety”, cumplió 76 años de vida el pasado 6 de junio; pero aparenta mucho menos, por la vitalidad y la excelente predisposición que despliega en sus dominios, rodeado de camas y mesas, sillas y sillones, armarios y roperos; acompañado por su familia y también por sus vivos recuerdos. Firme como siempre, en su mueblería San José, que acaba de cumplir 52 años de trayectoria en una tradicional esquina de Carmen de Patagones, Pety se brindó con la amabilidad que lo caracteriza en la charla con el cronista. Durante la conversación se fue trazando un nostálgico recorrido por el centro de la ciudad más austral de la provincia de Buenos Aires, señalando los sitios en donde funcionaron algunos locales emblemáticos de la pujanza comercial de la localidad, entre los años 40 al 60.

El itinerario memorioso estuvo sazonado con el rico anecdotario de Pety, con referencias amigables que en muchos casos se relacionaron con la propia historia comercial familiar.

Desde la plaza Villarino

Punto de arranque, en la Plaza Villarino, esquina de las calles Dr. Baraja y San Martín. “Allí estaba el negocio de Llanos Hermanos, propiedad de dos hermanos: Luis y el Negro, quienes tenían también una hermana que los ayudaba en el comercio. Ellos iban a la campaña a llevar los vicios, como se decía en ese tiempo, era un almacén de ramos generales” recuerda Pety Melluso. Enseguida asocia “un comercio similar era el de Pozzo Ardizzi en la esquina de España y Dr. Baraja (más tarde la ferretería de la Cooperativa) atendido por don Juan y sus empleados. Yo me acuerdo bien del negocio de Pozzo Ardizzi porque mi papá me mandaba a buscar vidrios y don Juan los cortaba con una excelente baquía, porque era un hombre muy trabajador. Tenía un hermano, Alfredo Pozzo Ardizzi, que tenía la panadería sobre Yigoyen y Brown, y después las dos casas eran una sola”.

“Don Juan tenía su importante almacén de ramos generales, que competía con la de don Félix Malaspina, que manejaba su hijo Pepe, en la otra importante esquina comercial de Patagones, la de Yrigoyen e Italia. Pero volviendo a lo de Pozzo Ardizzi, que después se dedicó a la maquinaria para el campo, recuerdo que allí trabajaban

Carmelo Trípodi, los hermanos Miguel y Meco Cadenazzo, y también los hermanos Avila” apunta nuestro gentil informante.

Otra referencia y enseguida toda la información. “Claro que me acuerdo de don Pascual Dichiara, un gran comerciante. Arrancó como socio de dos hermanos Testore y con un señor Cancillieri, en la calle Comodoro Rivdavia al 300, casi esquina España enfrente de la estación de servicio, en donde hay ahora un restaurante. El rubro era el de materiales para la construcción, también con tanques australianos, molinos y otros implementos para el campo. Después, cuando don Pascual, falleció los empleados se unieron en sociedad y pusieron el corralón en calle Garibaldi, donde estuvieron Ricardo Marino y otros muchachos”.

Por la Comodoro

En el rubro específico de la ferretería Pety recuerda a “don Basilio López, sobre la calle Comodoro Rivadavia, enfrente del banco Provincia, en la esquina con Alsina. Me acuerdo muy bien que allí compré mi primera estufita a kerosene de 4 velas, hace más de 50 años. Mi nena era chiquita y la casa donde vivíamos con mi señora era muy fría, por esos techos tan altos que se usaban antes, así que fui y compré la estufita para poner un poco de calor. Don Basilio era un español muy simpático, lo tengo muy presente.”

“Enfrente, cruzando la calle, estaba la tienda La Ideal de José Lorenzo Alegre, con todo tipo de ropa. Yo tengo anotada, en el libro copiador que tengo guardado, una cuenta que le abrimos hace más 50 años para la carpintería, cuando una vez le hice unos trabajos para el negocio. Muy buen hombre el señor Alegre, muy buen pagador”.

Unos pasos más y llegamos a la esquina de Comodoro Rivadavia y España. “Ah! Casa Los Vascos, por supuesto que la tengo presente, era de dos hermanos, Andrés y Manuel Pasarón, cuando fallecieron quedaron como socios Pedro Arias y Manolo Rodriguez, al frente de un negocio que era famoso por su variedad y calidad; como empleados había un tal Scalesi, que tiraba muy bien aquí en el polígono; una señorita de apellido Sitanor, que viene siendo hermana de don Tomás y tía de Miguel Angel “Chichín”; y también una señorita Barilá. Como repartidor de Los Vascos había un tal Demicheli al que siempre le hacíamos bromas, por su forma de hablar. Resulta que a mi hermano José Julio, que le decíamos el Ñato, le gustaba mucho andar embromando y entonces le pedía que le contara sus andanzas: “Che Demicheli ¿qué te pasó con ese hombre?” Entonces Demicheli arrancaba, “qué se ha creído usted, hombre grande, carancho, caramba, la gran pucha. Se me reía, todavía, ¿cómo usted todavía se ríe con todo lo que le estoy diciendo? Y más se reía ese hombre” de sus propios dichos. Ese señor Demichelli era el encargado de tirar las bombas para los días de fiesta patria, en la plaza 7 de Marzo enfrente de la Municipalidad” contó Pety.

Siguió su relato. “Nosotros éramos clientes de Los Vascos, igual que de casa Imperiale, en Bynon y España, una gran casa de almacén y ramos generales. Allí justamente empezó de empleado Pascual Dichiara. Los fundadores de la familia comercial fueron tres hermanos: Francisco, Hércules y Juan, que hicieron construir ese local tan elegante. Recuerdo que cuando yo era alumno del taller de carpintería de la escuela salesiana de La Piedad, en Bahía Blanca, había un carpintero que cuando se enteró que yo era de Patagones me contó que había estado trabajando aquí haciendo los moldes en madera para llenar con hormigón y hacer las columnas que sostienen el interior. Un edificio hermoso, todos los muebles de madera los hizo mi abuelo, yo tengo guardado el detalle, los hizo con buena madera de cedro o roble.”

“Otros trabajos importantes de mi abuelo en materia de muebles para comercios y oficinas fueron las de la sastrería de Bergandi y la sucursal del Banco Nación, trabajando para un contratista de apellido Peloto, que era un albañil de muy buena calidad” agregó.

Sobre Sastrería Bergandi (uno de los más antiguos locales de Patagones con tradición comercial familiar de muchos años) surgió la referencia amistosa con su propietario, don Armando Bergandi. “Tiene 86 años y está muy bien, anda hecho un pibe, siempre que me lo encuentro le hago el chiste: ¿saliste con el documento, mirá que no te van a creer que sos mayor de edad y por allí capaz que no te dejan entrar en algún lugar”.

Otras esquinas

“En España y Fagnano, donde hay actualmente una imprenta, estaba el mercado de Silvio Garrafa, que siempre salía para la estación para llevar la mercadería para los trenes para el sur. Enfrente estaba lo de Eugenio Carrera, que le decían el gaucho Carrera y su hermano Lidio Carrera, que vendían molinos y otras cosas para el campo”.

Seguimos por España, intersección con Garibaldi, la famosa tienda El Suelo. “Sí, era de dos turcos: Bari y Guaya. Se decía que le habían puesto de nombre tienda El Suelo porque no tenían plata para comprar estanterías y cuando recién se iniciaban tenían toda la mercadería en el piso, no sé si habrá sido cierto”.

.”Otro turco era Salagalla que venía de viaje, con su negocio La Liquidadora Argentina, y se instalaba dos meses en la esquina de Comodoro Rivadavia y 7 de Marzo; vendía mucho, todo tipo de ropa” acotó después.

Ya más cerca de su esquina, el paso por Casa Galli, Yrigoyen y Comodoro Rivadavia, en donde hay un terreno abierto y una venta de autos usados. “Una gran tienda, el local ya había pasado a manos de la firma Zagari y Sofi cuando se destruyó con un incendio el primero de julio de 1980, con la trágica muerte de don Gregorio Sofi. Casa Galli era una sucursal de una firma de Buenos Aires; allí trabajaban, entre otros, Ricardo Percaz, Bartolo Llanos, y el gallego Turienzo, que después se instaló en Viedma en Casa Olimpia, fundada por su suegro, el comisario Alvarez.”

Finalmente lo de Malaspina, con estación de servicio, venta de autos de la marca Chevrolet, taller y repuestos, en un verdadero complejo que causaba admiración en sus tiempos inaugurales, en la década del 30, en Yrigoyen y Bynnon. “Era un negocio grandísimo, con los primeros surtidores eléctricos de Patagones, todo muy moderno y muy bien puesto para la época, una verdadera empresa fundada por José “Pepe” Malaspina y sus hermanos Serafín y Félix Mateo “Pichín”. Allí trabajó mucha gente entre los que recuerdo a Edgardo Borasi y Rafael Surcovich. Mi papá siempre hablaba de la importancia de la estación de servicio de Malaspina, que hasta tenía cocheras”.



domingo, 11 de julio de 2010

San Antonio Oeste, 105 años de historia, según los apuntes de Héctor Izco

Dos reliquias del patrimonio histórico urbano de San Antonio Oeste. Arriba la casona de Juan Peirano, próspero comerciante, actual Museo Histórico Municipal. Abajo la casa donde vivió el ingeniero Guido Jacobacci, director de las obras ferroviarias, a la espera de su restauración.

La ciudad de San Antonio Oeste acaba de cumplir 105 años, contados desde el 10 de julio de 1905 cuando la empresa Sassemberg decidió mudarse desde Patagones. Un vecino notable, Héctor Izco, recopiló valiosa información histórica en una obra de consulta imprescindible.

La historia de San Antonio Oeste está marcada a fuego por el esfuerzo de los pioneros. Fue puerto de avanzada en el litoral atlántico patagónico y, por ello mismo, el sito de arranque para el trazado de la línea férrea del Estado, que uniría el Atlántico con la Cordillera. En el mes de marzo pasado se cumplieron 100 años de la inauguración del primer tramo del ferrocarril de fomento diseñado por el ministro de Obras Públicas, Ezequiel Ramos Mexía, que se construía bajo la experta conducción de Guido Jacobacci.. Aquel momento esplendoroso, con la presencia del presidente José Figueroa Alcorta en estas latitudes, ya fue reflejado en estas páginas de Noticias. Hoy nos ocuparemos de nacimiento y desarrollo del pueblo (hoy ciudad) de San Antonio Oeste, con una serie de matices muy interesantes.
El inolvidable Héctor Izco
El material que habrá de copiarse en esta crónica será tomado del libro “San Antonio Oeste y el mar; origen y destino” que hacia 1995 escribió Héctor Juan Izco, recordado habitante de aquella población. Un hombre de apasionadas inquietudes, dirigente político de la Unión Cívica Radical Intransigente, diputado provincial (1963-66), comerciante reconocido…. pero, sobre todo, vecino apreciado y respetado.
La obra, editada por la Legislatura de Río Negro, presenta en su contratapa algunas reflexiones de Elías Chucair, compañero de bancada de Izco, dilecto amigo suyo.
“San Antonio Oeste fue desde principios del siglo uno de los pueblos de avanzada en la vida de nuestro viejo territorio y de la Patagonia; y bien merece que las nuevas generaciones conozcan los hechos que fueron amojonando la distintas etapas de su rico pasado. El autor de este valioso testimonio que nos acerca historias y personas que contribuyeron al crecimiento de San Antonio y su comarca fue y sigue siendo un activo protagonista en el quehacer comunitario y en las instituciones que mucho hicieron para crear, desde antiguo, el perfil de un pueblo progresista junto a las aguas azules del Golfo” escribió Chucair.
Primero el éxodo
“San Antonio Oeste es producto de un éxodo y despoblamiento del asentamiento primero que se hace en el sector de Punta Villarino, que tiene allí el inicio de un pequeño pueblo-puerto. Se había fundado cerca de la finalización del siglo 19” comienza relatando Izco, en su ameno libro.
“Saco Viejo, Puerto San Antonio y luego San Antonio Este son nombres indistintos y casi cronológicos del asentamiento inicial. Tiene actividades de cara al mar y se localizan allí las primeras autoridades de la zona: Prefectura Marítima, Juzgado de Paz y Aduana que se complementan con las actividades comerciales y de servicios. También, posteriormente, un faro en el sector del oeste de Villarino.
Es punto final de tropas de carros que venían de toda la zona de influencia de nuestro litoral marítimo, que abarcaba hacia el Oeste hasta las estribaciones de la cordillera (Bariloche) y a partir de Huahuel Niyeo (hoy Ingeniero Jacobacci) hacia el sur oeste por Quetrequile, Ñorquincó, hasta Trevelín, Esquel o Tecka, ya en el Chubut. Es también punto inicial del envío de todo lo que traían los barcos con destino a esa zona. Mercaderías, víveres, materiales de construcción y eventualmente personas. Tráfico de tropas de carros, tal vez de bueyes, de mulas o caballos, que a su regreso traían los frutos del país: lanas, cueros, pieles.”
Señala después que la mayor preocupación de aquellos mercaderes era “acercar el mar (el puerto, en realidad) a las huellas que se abrían a su vasta zona de influencia ya descrita”.
Está claro que la distancia de 50 kilómetros que separa ese “Saco Viejo” de la posterior localidad “del Oeste” (la misma que hay, naturalmente, entre el moderno puerto de exportaciones frutícolas y la actual San Antonio) era un obstáculo duro de vencer en épocas de medanales y ásperos caminos de piedra. ¿Cómo se podía resolver el problema, de qué manera lograr una más rápida conexión de las cargas entre los barcos y las caravanas de chatas cargueras que arrancaban para el sur?
Sigue Izco. “Es en 1905 el año en que se intensifican las acciones para el logro de aquel propósito. Y son protagonistas marinos y comerciantes, la firma Contín, Benito y Cia. instalados en el este y la casa Sassemberg que ejercía el comercio en Patagones y Viedma y deseaban establecerse en la zona de San Antonio”.
Es un velero de carga, un “paillebot” como se lo llamaba en esos años, el que hace las primeras navegaciones en la ría de acceso o “caleta del Oeste”, lo que más comúnmente llaman los lugareños como “la marea”. Esa nave, el “Antonio Calcagno” de la firma Contín, Benito y Cia abre un rumbo que ya no tendrá pausas. Acota el autor que la mencionada empresa recibe aportes de nuevos socios y se transforma en Peirano, Podestá, Benito y Compañía. Don Juan Peirano se convertirá, en pocos años, en uno de los hombres más acaudalados de la región. La que fue su casa, de estilo inglés y según se cuenta transportada íntegramente desarmada desde Europa, es actualmente la sede del Museo Histórico Municipal de San Antonio Oeste.
Tras los pasos de aquellos comerciantes habrá de llegar Sassenberg, que deja sus importantes instalaciones de Patagones: el llamado palacio Sassenberg-Landalde, con su gigantesca barraca, que hoy todavía se conservan entre las calles Elsegood y Péerz Brito del barrio del bajo. El inmigrante alemán buscaba una nueva radicación con el olfato acertado de los emprendedores, con la seguridad de que desde esa caleta se construiría una historia de pleno desarrollo.
10 de julio
Sigamos con las palabras de Héctor Izco. “Es un 10 de julio de 1905. Una mañana seguramente de aquellos crudos inviernos que hemos conocido los que transitamos largos años aquí. Y ese día el silencio que sólo sabía del ruido del viento y de las aves marinas se ve quebrado por el de las herramientas de trabajadores, sierras –a mano, naturalmente- que cortaban tirantes y tablones de madera y el de los martillos que comenzaban la construcción de la primera barraca y dependencias de comercio. Lejos estaban de suponer, seguramente, que no se apagarían esos ruidos desde entonces, pues serían sinónimos de un fundar, de un hacer y un crecer que desde ese mismo día nos acompañan. Comenzaban los trabajos de hacer una construcción que podemos hoy ubicar en el sector de lo que es el campo de deportes de la Prefectura, algunas docenas de metros más al sur. Pero estaban haciendo algo más que esa inicial construcción. Estaban fundando un pueblo. En esa porción de la nord patagonia, a orillas del mar, nacía San Antonio Oeste. Nacía un pueblo”.
Agrega que “Con buen criterio es el 10 de julio de 1905 la fecha que nuestra comunidad recuerda como día de la fundación. Y al festejarlos cada año no son solamente los acontecimientos materiales producidos. Lo son y en grado sumo el reconocimiento a fundadores y pioneros que fueron capaces de generar estos hechos y dejar semejantes testimonios.”
“Tenemos así la fundación. También dijimos que era consecuencia de la búsqueda de acercar el mar (el puerto) a las huellas de los carros que partían hacia el sur y el oeste. Pero hay otro elemento determinante, que es el agua. Porque aquí, paradójicamente tratándose de San Antonio Oeste, estaba el agua. Las tropas de carros en sus viajes se abastecían de ese vital elemento en nuestras cercanías, siendo que emprendieran el viaje al Puerto Villarino o lo hicieran hacia el interior del Territorio. Unos jagüeles con molinos de viento o a cincha de caballo proveían algo de agua en la zona de los médanos al sur de San Antonio Oeste”.
Es interesante rescatar que la problemática del agua, que San Antonio Oeste recién resolvería en forma definitiva hacia 1972, ya estaba presente en el momento fundacional. Resalta Izco “el espíritu de aquella gente fundadora e inicial de San Antonio Oeste, al haberse dispuesto a poblar y radicarse a sabiendas de la falta de agua”.
Del tren aguatero al canal
Hay en este ameno libro que hoy rescatamos del injusto olvido un capítulo titulado, específicamente “El problema del agua” Dice el autor que “la solución definitiva, por entonces, llega con el arribo del ferrocarril a Valcheta. Allí el arroyo del mismo nombre tenía un caudal posible de ser utilizado para abastecer a nuestro pueblo. En tanques fue haciéndose el traslado. Luego corrieron trenes aguateros en mucho tiempo diarios y a veces hasta dos trenes cuando fue necesario”.
La descarga de los vagones tanque aguateros se hacía en un tanque ubicado al costado de la estación ferroviaria, desde donde se trasvasaba a los carritos aguateros que hacían el reparto en el pueblo. Esta “aguatería”, como se llamaba popularmente, fue restaurada hace pocos meses y hoy puede observarse su sencilla estructura metálica como un monumento al esfuerzo tremendo de una población que debía hacer increíbles sacrificios para sobrevivir con cantidades mínimas de agua.
Héctor Izco también hace una apretada reseña de los antecedentes de la construcción de la obra que significaría el remedio efectivo para esa angustia cotidiana: el canal Pomona-San Antonio Oeste, un tajo de muchos kilómetros de largo que finalmente, el 20 de agosto de 1972, empezó a calmar la antigua sed de San Antonio Oeste.
El libro que hemos consultado tiene 432 páginas, con un excelente compendio de hechos institucionales y aspectos costumbristas del pueblo marítimo, tales como los bailes populares, las kermeses y otros. Hace 105 años se fundó San Antonio Oeste y, por suerte, tuvo un vecino llamado Héctor Juan Izco, que nos dejó este legado. Como escribió Elías Chucair “la historia no la constituyen solamente las acciones de combate (…) sino también la suma de hechos que se suceden en la vida cotidiana de los pueblos…”

miércoles, 23 de junio de 2010

Ingeniero White, un territorio pleno de sorpresas y reliquias arquitectónicas


A tan sólo 10 kilómetros de Bahía Blanca está Ingeniero White, un barrio, un puerto, un territorio pleno de historias y riqueza arquitectónica. Esta crónica propone un recorrido, con referencias, impresiones y algunas fotos, como invitación para un paseo de jornada completa.

Hay antecedentes históricos muy remotos, como el paso del explorador portugués Hernando de Magallanes en 1520 y su registro de una bahía que llamó “de los bajos anegados”. Hacia 1828 el coronel Estomba, que cumplía órdenes del gobierno nacional, identifica el lugar como Puerto Esperanza, en cercanías de la Fortaleza Protectora Argentina, que es actualmente la ciudad de Bahía Blanca.
En 1833 llegan el marinos británico Robert Fitz Roy con su barco “Beagle”, que llevaba a bordo al naturalista Charles Darwin y como piloto a James “el Cojo” Harris (muy conocedor de Carmen de Patagones, donde tuvo participación en el combate de 1827, volvió, se casó y formó una familia). Los dos experimentados navegantes realizaron una minuciosa exploración y sondeo de las aguas de la bahía, determinando puntos navegables, dirección de canales, existencia de bancos y características de las costas.
El 15 de octubre de 1882 entró en el actual puerto whitense el primer vapor de ultramar; y un año después el Gobierno Nacional, con la generosidad que lo caracterizaba en relación con las empresas de capital británico, le otorgo al Ferrocarril del Sud el permiso para construcción de un muelle de carga y descarga. Estas obras se inauguraron el 26 de septiembre de 1885; y pocos años después se empiezan a construir los enormes silos de almacenamiento de granos, que completan el formidable negocio de los ingleses. El nombre de Ingeniero White, para la progresista localidad que ya en 1900 registraba 5 mil habitantes, le fue asignado como homenaje a un funcionario de la mencionada empresa ferroviaria.
Para principios de siglo el puerto y su pueblo tenían una población donde se mezclaban inmigrantes de todas las nacionalidades y los criollos, todos amalgamados en el trabajo pesado de los oficios portuarios y marítimos, y también en la formidable expansión de los ferrocarriles, que tuvo en White una de sus playas de maniobras más extensa.
La vida comercial del pueblo-puerto creció con enorme velocidad, muy pronto pulularon almacenes navales y de ramos generales, bodegones, hoteles, tiendas y casas de ropa; y, por supuesto, piringundines, cantinas bulliciosas y salones de baile para la diversión nocturna.
El estímulo intelectual y cultural se sumó con el magnífico teatro (refaccionado y en pleno funcionamiento, en nuestros días), biblioteca y sociedad de fomento, y hasta un cine (el “Jockey Club” donde la leyenda cuenta que pudo haber cantado Carlos Gardel).
Hoy la realidad de Ingeniero White es distinta. La actividad portuaria cerealera se mantiene, modernizada con la incorporación de sistemas automáticos de transporte computarizados, almacenamiento y carga; y la reciente incorporación de las industrias petroquímicas, revitalizó la región. Pero la cantidad de mano de obra ocupada se redujo sensiblemente, la paulatina clausura de los servicios ferroviarios mermó también este sector laboral, y todo el esplendor social y comercial que tuvo hasta los años 60 se redujo a una mínima expresión.
Una recorrida actual por White permite adentrarnos en la nostalgia, tomar contacto visual con elementos sobrevivientes del pasado, conocer su rica historia y profundizar vivencias.
El museo del puerto
El Museo del Puerto, creado en 1987 por iniciativa de un grupo de vecinos, es un centro comunitario ubicado en el corazón de White, en una antigua y muy bien reciclada construcción. Un edificio de chapa y madera sobre pilotes construido en 1907 por la compañía inglesa del Ferrocarril del Sud para el Resguardo de Aduana. Entre sus diez salas se cuentan ‘la peluquería’, ‘la cocina’, ‘el bar’ y ‘el aula’. Pero la labor del museo no se limita al edificio, y es precisamente el trabajo con el patrimonio natural y cultural del pueblo aquello que lo distingue.
Un documento del área cultural de la municipalidad de Bahía Blanca, que maneja el museo, sostiene que “fue creado con la convicción de la necesidad de establecer un ‘ida y vuelta’ constante entre la institución y los vecinos. Ing. White, que surgió a fines de siglo pasado como parte del proyecto modernista del progreso (capital inglés y músculos de inmigrantes), fue un pueblo con mayoría de italianos y españoles que recibió además a croatas, griegos, judíos, belgas y polacos entre otros grupos de extranjeros.”
“Es desde allí que el Museo del Puerto trabaja con la historia inmigratoria y actual de los vecinos a fin de rescatar su vida cotidiana y motivar, en particular en los visitantes de las escuelas, una percepción intensa del presente” explica el texto oficial.
El ferro White
Un poco más allá, en el predio de la desactivada Usina General San Martín, se ubica el museo de temas ferroviarios “Ferro White”, donde se exhiben maquetas, maquinarias y herramientas de los talleres de mantenimiento del ferrocarril. El lugar está atendido personalmente por viejos trabajadores ferroviarios que cuentan con gusto y anecdotario muy ameno sus historias personales.
El castillo
Pero en ese sector de Ingeniero White se impone la presencia monumental del “castillo” que durante muchos años albergó una poderosa usina termoeléctrica. El ingeniero Mario Minervino, fuente imprescindible de consulta cuando se trata de temas del patrimonio histórico urbanístico y arquitectónico de Bahía Blanca y su zona, hizo esta reseña en su sitio www.labahiaperdida.blogspot.com
“La obra fue construida por la compañía "Empresas Eléctricas de Bahía Blanca" entre 1928 y 1932, como respuesta a la exigencia del municipio de construir una nueva usina (en lugar de la que operaba en Loma Paraguaya) a esta firma de capitales italianos que tomó la concesión del servicio eléctrico que desde principios del siglo XX estaba en manos de las empresas ferroviarias inglesas (Buenos Aires al Pacífico (1907-1924) y Ferrocarril del Sud (1924-26)).A pesar de que muchos refieren a su estilo como inspirado en el gótico, sobretodo por la aparición de arcos ojivales, el mismo responde a los lineamientos de la arquitectua medieval propia del Románico lombardo, lenguaje adoptado por la Compañía Italo Argentina para sus usinas, estaciones y subestaciones, tanto en la ciudad de Buenos Aires, como Bahía Blanca, siendo una de las primeras empresas en adoptar una imagen corporativa a través de su arquitectura. A fines del siglo XIX, ese estilo era considerado como un estilo nacional en Italia.El edificio de Ingeniero White fue diseñado por el arquitecto Molinari y si bien su terminación exterior simula ser una construcción en piedra, de acuerdo a los modelos del medioevo, se trata de un revoque de varias tonalidades aplicado sobre una tradicional estructura de hormigón armado.
El Castillo de Ingeniero White se encuentra desde hace casi dos décadas en completo abandono, sin posibilidad además de ser visitados sus impactantes espacios interiores debido al mal estado general de la obra”
Uno de los detalles llamativos del Castillo es la estatua de San Jorge en lucha con el dragón, que le fue encargada al escultor italiano Troiano Troiani, que se había radicado en la Argentina en los primeros años del siglo 20 y tuvo a cargo, entre otras realizaciones, el diseño de las farolas de la Plaza del Congreso, en Buenos Aires.
Sorpresas por todas partes
Pero White es un verdadero yacimiento de piedras preciosas para el amante de la observación de la arquitectura antigua; de las construcciones de chapa típicas de la época del desarrollo ferroviario portuario; y las emblemáticas edificaciones de generosas dimensiones y detalles novedosos (para la época) que a partir de la tercera década del siglo 20 mostraban con orgullo las familias pudientes.
En una recorrida por la localidad, hace pocos días, este cronista encontró dos antiguas casonas diseñadas con estilo “art deco” (en furor desde 1920 en adelante), una sobre calle Brown (ex J. Harris) y otra en la esquina de Brown y Fiches. La dos tienen la “firma” en sus fachadas, de un tal Kurt Buska. Para intentar saber quien fue Buska, un dibujante de planos de probable origen germánico, se consultó al profesor Conrado De Lucía, polifacético vecino de Ingeniero White, licenciado en Filosofía, historiador y tanguero, conductor de un espacio en radio Nacional de Bahía Blanca, que proporcionó algunos datos valiosos.
Relató que el mencionado Buska aparece en 1945 como autor de la "Casa de la Autonomía", en la ciudad de Punta Alta; y también identificó a los antiguos propietarios de dos viviendas de White que también salieron del tablero de dibujo del enigmático diseñador.
“Hablé largamente por teléfono con un ex whitense, el lic. en letras José Rubén Pupko, quien hace cincuenta años vivía en la planta alta del edificio de dos pisos Siches y Brown (una de las casas diseñadas por Buska), en el local de la esquina estaba la tienda de su padre, y en la casa contigua de la planta baja vivía la dueña, la señora de Enrique Lombardo, hombre adinerado –propietario, entre otros bienes, de una bodega en Mendoza, que fue quien hizo construir el edificio en cuyo frente consta "Kurt Buska Oficina Técnica".
“En cuanto al otro gran edificio de una sola planta (ver foto), que se extiende con un frente de media cuadra, perteneció a Alejandro Dignani, quien lo hizo construir para su ferreteria "La Fama", la primera y durante décadas la única de Ingeniero White” precisó el amable estudioso.
En suma: la propuesta de este cronista es la de visitar Ingeniero White, preferentemente un sábado o un domingo por la tarde, que es cuando los museos mencionados están abiertos al público y dejarse llevar por la nostalgia, para volver un poco al pasado glorioso del pueblo-puerto.


lunes, 14 de junio de 2010

El mes de junio, jalonado de acontecimientos en la historia del periodismo gráfico de Viedma y Patagones

La Calle (arriba) que aparece el 15 de junio de 1979, como una voz alternativa al discurso de la dictadura militar; y El Nacional (abajo) que salió por primera vez en junio de 1925, y fue bastión del pensamiento militante del radicalismo, enfrentado con los gobiernos conservadores.
El mes de junio está marcado por importantes acontecimientos en la historia del periodismo gráfico en la Comarca de Patagones y Viedma. En 1879 apareció “El Río Negro” de los hermanos Guimaraens; pero hubo otros sucesos posteriores en esta misma época del año.

En 1925 y 1979, momentos de la historia argentina muy disímiles, aparecieron publicaciones que tendrían fuerte presencia en la región; y en 1937 se inauguró la imprenta que fue la más moderna de Carmen de Patagones y la zona, donde se editaron varios periódicos. Esta crónica intenta el homenaje a aquellos trabajadores gráficos y periodistas.
El Nacional de Martínez
Fue el 15 de junio de 1925 cuando apareció, en Carmen de Patagones, el primer número del diario “El Nacional” de Osvaldo Martínez. Este dato y otras precisas referencias fueron aportados a este cronista por Rolando “Tito” Martínez, hijo de aquel apasionado pionero del periodismo gráfico de la Comarca, en una larga charla allá por 2003.
“El Nacional” apareció como cotidiano hasta mediados de 1932, atravesó los últimos años de la presidencia de Marcelo Torcuato de Alvear, una parte del segundo mandato de Hipólito Yrigoyen y la primera etapa de la dictadura de Uriburu, levantando siempre las banderas de la UCR, en contra del golpe y del fraude. Una particularidad de esta publicación fue la de cambiar de nombre, pues de tanto en tanto aparecía con la denominación de “El Heraldo”. Porque había una determinada legislación (quizás hoy todavía vigente) que prohibía usar las palabras “Nación”, “Patria”, “Argentina” y sus derivados en las marcas de publicaciones u otros productos.
¿Quién fue Osvaldo Martínez, tipógrafo, impresor y redactor del diario El Nacional? Fue un activo y comprometido militante de la Unión Cívica Radical, gran admirador de don Hipólito Yrigoyen. Tanto que en setiembre de 1931, un año después del golpe militar que derrocó a Yrigoyen, fue detenido por la policía y trasladado a La Plata. Un hombre que se mantuvo toda su vida fiel a su pensamiento político y ocupó varias veces una banca como concejal de la UCR en el Honorable Concejo Deliberante de Patagones.
Osvaldo Martínez llegó a Patagones procedente de Venado Tuerto en el mismo año 1925 con apenas 30 años de vida y se hizo cargo de la imprenta abandonada por un tal Verón, en la esquina de Bynon y la actual calle Yrigoyen, por entonces Venezuela, en donde años más tarde estaría la estación de servicio de Malaspina, enfrente del Hotel Italia y del almacén de Abayú y Carmody.
“El Nacional” tenía ocho páginas, en formato grande tamaño “sábana” como “La Nueva Provincia”. “Tito” Martínez nos contó que la publicación se sostenía prácticamente por medio del trueque de publicidad por los elementos de subsistencia para la familia del editor. Así por ejemplo a cambio del aviso de Casa Los Vascos, siempre en el pie de la primera plana, se proveían en el tradicional negocio de España y Comodoro Rivadavia de todo lo necesario en materia de telas y vestimentas; del almacén de Malaspina sacaban los alimentos y así, en general...
Cuando se lo llevaron preso un grupo de amigos se hizo cargo de sostener la publicación diaria de “El Nacional” junto con su personal y no faltó tampoco el gesto solidario de un vecino de apellido Cristófaro, que tenía un almacén y le mandaba todos los días una caja con alimentos para asegurar que no le faltaran comida a su esposa y sus dos pequeños hijos.
Martínez recuperó la libertad algunas semanas después, y “El Nacional” siguió saliendo como diario hasta 1932, pero después, ya con algunas dificultades económicas y la presión de las circunstancias políticas del gobierno militar, decidió convertirlo en semanario. Pero a pesar de esas presiones no bajó el tono de su predica radical con fuertes enfrentamientos contra los conservadores, como se muestra en una reproducción en estas páginas.
En plena época del “fraude patriótico”, durante la “década infame” cuando era común la práctica de sacarle la libreta de enrolamiento a los peones rurales y otra gente de poca cultura cívica, para fraguarles el voto, “El Nacional” advertía, desde la portada, que ese documento no debe ser entregado a nadie.
En 1960 Osvaldo Martínez murió, pero sus hijos “Tito” y Enzo Néstor Julio, más conocido como “Tachuela” (este último todavía dedicado a la actividad tipográfica) lo siguieron hasta 1963, siempre como semanario.
La Heidelberg de Bagli
El 13 de junio de 1937 el local de la imprenta y papelería de César Bagli, sobre la céntrica calle Comodoro Rivadavia de Carmen de Patagones, se convirtió en escenario de una fiesta. Ese día se inauguró la más moderna máquina impresora de la región en ese tiempo, una Súper Heidelberg, importada de Alemania directamente a esta ciudad bonaerense.
César Bagli, italiano de nacimiento, había llegado muy pequeño a esta Comarca, con sus padres Tomás Bagli y Rosa Massini. En Buenos Aires realizó sus estudios de tipógrafo y allá mismo, en la calle Senillosa, instaló su primer taller. Hizo un pequeño capital y volvió a la comarca, donde la imprenta de Tomás Bagli e Hijos ya estaba acreditada. Pero prefirió abrirse camino solo y cruzó a Carmen de Patagones en donde ocupó una casa de la calle Comodoro Rivadavia casi esquina España y abrió su librería e imprenta; “solamente con una caja de sobres y un block de papel”, como solía recordar.
Empezó así en 1922 el desarrollo de una actividad empresarial que trascendió en lo social con la redacción, armado e impresión del periódico La Voz del Sud (además de otras publicaciones, por encargo de terceros); y se consolidó muy fuerte en lo comercial, porque sin dudas la calidad y puntualidad de sus trabajos tipográficos llamaba la atención en toda la región.
El progreso tuvo sus recompensas, a mediados de la década del ’30 César Bagli compra el amplio edificio de la calle Comodoro Rivadavia 292 y abre el salón de librería, papelería e imprenta más importante de esos tiempos.
En junio de 1937 inauguró allí, con un acto espléndido, la primera máquina impresora automática que llegaba a la región: una maravillosa Super Heidelberg, fabricada en Alemania, que podía imprimir cuatro mil hojas por hora, colocando las hojas sobre la platina a través de un sincronizado mecanismo de bombas de vacío. Para la instalación viajó especialmente desde Buenos Aires el mecánico alemán Helmut Jacob, enviado por la casa representante Curt Berger y Compañía, y la fiesta de presentación en sociedad, con la presencia de ilustres invitados, fue un acontecimiento social de relieve y ocupó la edición de La Voz del Sud del 17 de junio de 1937.
Como se estilaba por entonces hubo discursos. Habló Pedro Antonio Serrano, caracterizado vecino de Patagones, que fue gobernador del territorio de Río Negro y se afincó en la zona, cuyas dotes de orador eran famosas.
Entre otras consideraciones Serrano dedicó varios párrafos a realizar un paralelo entre la valoración de los pueblos por su importancia comercial y la existencia de bancos como evidencia de su prosperidad, y la valuación de una comunidad en mérito a la presencia de talleres gráficos de importancia. “Cuando se trata de inquirir el grado de adelanto de un pueblo podríamos preguntar: sus imprentas, sus casas tipográficas ¿son antiguas o modernas?; ¿cuentan con máquinas como las Marinoni de mi recuerdo o con elementos nuevos en las artes gráficas?; ¿tienen linotipos, máquinas múltiples Super Heidelberger?, ¿No las tienen?. Entonces su cultura general aún no ha alcanzado la verdadera jerarquía a que deben esperar.”
A partir de aquel día glorioso y durante varias décadas la poderosa Súper Heidelberger de Bagli imprimió no sólo La Voz del Sud, sino también los periódicos Tribunales, La Provincia, La Semana y el Boletín de la Municipalidad de Viedma.
La Calle de Livigni
El 15 de junio de 1979 a primera hora de una mañana muy fría, desde la Imprenta Apolo ubicada por entonces en calle Garrone 37 de Viedma, comenzó a distribuirse el primer número del periódico La Calle. En 16 páginas compuestas casi artesanalmente en plomo, con el uso de la linotipo para los textos y tipos móviles en los títulos, la publicación pasó a ocupar un espacio vacío en aquellos tiempos de plena dictadura, cuando la dos ciudades hermanas necesitaban la expresión de su pensamiento en torno a los temas del desarrollo económico y social. El director y alma mater de La Calle fue Omar Nelson Livigni, que venía de una larga trayectoria como informativista de radio Viedma, corresponsal de Clarín y conductor de espacios en Televiedma. Otros periodistas –Héctor Jorge Colás y Juan Carlos Ferrari- participaron en la etapa inicial, después pasaría Raúl Artola; y durante unos cuantos años estuvieron en la redacción quincenal Claudio García y este cronista; colaboraron esporádicamente Edalberto Ferrari, Tulio Galantini y Rubén Aguirre. La Calle recibió en sus páginas calificados intelectuales con sus notas especiales: Osvaldo Alvarez Guerrero; Eve Leone; Luis Lutz; Víctor Sodero Nievas; Eriberto de Pablo; Jorge Entraigas; Nilo Fulvi y tantos otros. Eran tiempos de dictadura y censura pero desde el primer número se registraron las opiniones de figuras críticas al régimen militar, como el obispo viedmense de entonces, Miguel Esteban Hesayne; y paulatinamente se incorporaron expresiones de pensamiento político, de todos los sectores partidarios. La Calle fue puntal del proceso de transición a la recuperada democracia, ejerciendo con justicia su lema de “Tribuna y Prédica para una región en marcha”.
La tarea de los gráficos –Horacio Forte, Darío Espinosa, los hermanos Calvo- bajo la conducción de Avelino Bender, fue esencial para que este periódico apareciera durante 10 años, con exacta puntualidad cada 15 días, hasta junio de 1989.
Durante el mes de junio han ocurrido estos hechos de relieve en la historia del periodismo gráfico de la región. Homenaje y reconocimiento a los gráficos y periodistas que fueron protagonistas de esos momentos.

domingo, 6 de junio de 2010

Tres momentos de la prensa gráfica de Patagones y Viedma en el siglo 20

La publicación salesiana apareció entre 1903 y 1947, con fuerte contenido religioso y embates contra otros periódicos locales
La Nueva Era no disimuló, en cierta etapa, su adhesión al partido Conservador y sus figuras. (arriba). Voz Rionegrina tenía un extraño estilo gráfico para la época, como consecuencia de estar impreso con un sistema gráfico offset todavía experimental en esos años. (abajo)


Desde la aparición del semanario “El Río Negro” de los hermanos Julio y Bernardo Guimaraens, el 15 de junio de 1879, la actividad del periodismo gráfico ha sido muy prolífica en la ciudades hermanas de Carmen de Patagones y Viedma. En vísperas de la celebración del Día del Periodista se recuerdan, en esta crónica, tres publicaciones que marcaron la historia.

“Flores del Campo”, vocero no disimulado del pensamiento clerical y herramienta de propaganda de la orden salesiana; “La Nueva Era” expresión liberal, claramente embanderada con los gobiernos conservadores, en un tiempo, y al servicio de la Unión Cívica Radical de Pueblo más tarde; y “Voz Rionegrina”, arriesgado emprendimiento bajo la forma de cotidiano, en defensa de los intereses del Valle Inferior, son los tres casos que se ponen bajo la lupa, en apretado comentario.
Flores de parroquia
El 17 de mayo de 1903 salió el primer número de “Flores del Campo”.Los historiadores Jorge Entraigas y Héctor Rey, decían hace más de una década en la revista “La Galera que “no caben dudas que Flores del Campo nació a modo de respuesta de los ataques permanentes que la Iglesia soportaba desde otros periódicos locales”.
“No en vano en su primer número afirma enfáticamente que hay que combatir la mala prensa que es la que ataca la moral, la religión y la fama del prójimo tachando a quienes niegan a Cristo de herejes, apóstatas, incrédulos e impíos, expresión de la corrupción del corazón, del odio satánico, interés y espíritu sectario”, agrega la nota.
Debe destacarse, en este punto, que el periódico salesiano cumplió con creces el propósito manifiesto, con artículos bien escritos, de prosa elegante y cuidado vocabulario. Eran tiempos en que la Iglesia hacía ferviente campaña de captación de adeptos entre los sectores más humildes y miraba con interés a la clase trabajadora, para competir con el creciente y revoltoso movimiento sindical anarco-socialista. Así, en paralelo a la creación de los Círculos Católicos de Obreros (que hoy subsisten en Viedma y Patagones sólo como lugares de esparcimiento y copas) desde las páginas de “Flores del Campo” se difundía la doctrina social del catolicismo.
Pero no se descuidaban los reflejos del vasto accionar de la misión salesiana y de la intensa vida social-cultural de la época, en los colegios curas y monjas, en los salones municipales y las bibliotecas; por lo cual se constituyó durante los 44 años continuados de aparición semanal en un punto de referencia obligado.
Por otra parte la imprenta montada en el colegio San Francisco de Sales, para editar “Flores del Campo”, cartillas evangélicas y libros de misa, fue la escuela tipográfica más importante de la región, de la que saldrían decenas de trabajadores gráficos muy bien capacitados.
Lamentablemente en el Archivo Histórico Provincial sólo se pueden encontrar algunos números sueltos de las más de 2.000 ediciones consecutivas de “Flores del Campo”, que con 800 ejemplares de distribución local y regional constituía en aquellos tiempos un verdadero récord periodístico.
Era de varias décadas
Muy habitualmente recurrimos a las amarillentas páginas de ejemplares del periódico “La Nueva Era” que aún después de haber dejado de aparecer hace muchos años sigue reteniendo el prestigio de haber sido el medio de la prensa escrita de la Comarca de Patagones y Viedma de mayor duración en el tiempo, con cambios en su dirección, propiedad y orientación. Apareció el 24 de diciembre de 1903, dirigido por Mario Mateucci y Enrique Mosquera; y tuvo publicación semanal regular hasta la década del 60. Bajo el comando de su último editor-director, el recordado Reinaldo Altamirano, registró apariciones esporádicas hasta 1987 en relación con hechos de gran trascendencia local como lo fueron, por caso, el festejo del bicentenario de la fundación de Patagones y Viedma.
En sus tiempos de esplendor, entre los años 20 al 40, “La Nueva Era” se jugó en defensa y proselitismo de los gobiernos conservadores, tal como lo muestra la reproducción de la portada que acompaña esta nota. En los años 60, bajo la dirección de Zarhuel P. de Rodríguez, giró hacia el radicalismo y mantuvo esa línea, ya en manos de Altamirano; que antes había editado, en la misma orientación, el semanario “El Tiempo” de corta duración.
Este órgano de la prensa local nunca tuvo talleres gráficos propios, y se imprimió durante el mayor lapso de su existencia en la imprenta Martínez y Rodríguez de Bahía Blanca.
Gran parte de la colección de los primeros 60 años de “La Nueva Era”, fuente inagotable de investigación para historiadores y cronistas, se puede encontrar en la biblioteca del Museo Histórico Regional Emma Nozzi de Carmen de Patagones, y en el ya referido Archivo Histórico Provincial.
Una voz del valle inferior
El 14 de febrero de 1964 apareció en Viedma el primer diario del Valle Inferior, titulado “Voz Rionegrina”, como un emprendimiento de la familia De Rege, con participación minoritaria de conocidos vecinos de la capital de la provincia de Río Negro.
Cuando ganó la calle el primer ejemplar de “Voz Rionegrina” hacía apenas nueve meses que había comenzado sus emisiones la emisora radial LU 15 radio Viedma. El periodista que se puso al frente de la novel publicación era Estanislao Dedobrinzky, y provenía de la ciudad de Buenos Aires, en donde había ejercido la profesión en diversos medios.
La redacción y talleres propios de “Voz Rionegrina” se instalaron en un amplio edificio de la esquina de la avenida 25 de Mayo con Garrone, que actualmente y después de haber pertenecido al desaparecido Banco de la Provincia de Río Negro alberga al Consejo Provincial de la Función Pública.
En la planta periodística inicial figuraban Galo Martínez (conocido periodista local, fallecido a fines del año 2009), María del Pilar Vila (hoy destacada docente universitaria), Edgardo Cardone (abogado y profesor de historia radicado en Buenos Aires), Raquel Borobia (también docente) y Ana María De Rege (retirada de la Municipalidad de Viedma) quien se encargaba de la muy leída sección de notas sociales. En la administración del diario “Voz Rionegrina” estaban Jacobo Alberto Abrameto (más tarde concejal radical municipal) y Amleto Fossati, retirado de la policía rionegrina. Tras el alejamiento de Dedobrinzky la dirección la ejerció, entre 1966 y 1968, Omar Nelson Livigni –quien para entonces ya era informativista de LU 15 Radio Viedma- y después la ocuparon, en distintos períodos, Luis Jaroslavsky, un joven inquieto de interesantes iniciativas culturales, hijo del juez civil Abraham Jaroslavsky; Abel Julio Cuenca y Edgardo Cardone, hasta el cierre de la publicación en 1975.
“Voz Rionegrina” fue el segundo diario del país que se imprimía en sistema offset, una técnica de armado en la que se dejaba de lado el plomo y se la reemplazaba por láminas fotográficas.
En el primer número la nota editorial puntualiza “Voz Rionegrina ya está en la calle, nacida como un pregón austral al servicio de la región y del país, solo le resta demostrar que su vocación de lealtad a estos ideales es insobornable. Ni política partidista, ni política menuda, únicamente independencia de criterio para ver con claridad donde está la verdad y donde la mentira, donde el acierto y donde el error, para señalarlo todo como un espejo fiel, sin dejarse empañar por la adulación interesada….”
En sus páginas se reflejan temas del progreso de Viedma y su región, con una nota de gran despliegue, bajo la firma del ingeniero Juan Vicente Vía, sobre el Instituto de Desarrollo del Valle Inferior que recién se ponía en marcha; y también se le da amplio espacio a la actividad cultural, con una crónica sobre el grupo teatral “El Despertador” que dirigía Francisco Javier en la biblioteca Mitre.
En un recuadro se detallan los integrantes del directorio de la Sociedad Anónima Patagónica Editorial e Impresora de “Voz Rionegrina”. Presidente: Roberto De Rege; vicepresidente, Néstor Diego Miguel; directores titulares Estanislao Dedobrinzky, Pascual Atilio Guidi, Armando Guillermo Viotti, Rolando Riobó, Cándido Campano; suplentes Herminio Cévoli, Andrés Iribarren. Síndico titular: Lino Tollo; suplente. Jorge Murad.
Los problemas técnicos, en mayor medida como consecuencia de la falta de ajuste de aquella maquinaria casi experimental en el país; y la falta de apoyo comercial, fueron socavando el emprendimiento, hasta su desaparición, en 1972.
Algunos ejemplares dispersos de “Voz Rionegrina” se hallan en el Archivo Histórico Provincial; pero una colección completa, en impecable estado, fue guardada por Galo Martínez en su biblioteca personal y ahora se conserva, como legado póstumo suyo, en la Asociación Amigos de lo Nuestro, en donde se tomaron las reproducciones que ilustran esta nota.



domingo, 30 de mayo de 2010

Un día histórico: 25 de mayo de 2010, cuando La Trochita llegó a Viedma

El 25 de mayo de 2010, cerca de las 11 de la mañana, muchos vecinos de la zona céntrica de Viedma no podían creer lo que sus oídos les avisaban. ¿Ese sonido penetrante en la serenidad del cielo nublado y apacible del día feriado era, realmente, el silbato de una locomotora a vapor? ¿Cómo era posible escucharla allí, en la plaza San Martín, a metros de la casa de Gobierno?


Rubén Edgardo Cristino Traversa (83 años, cumplidos el pasado 3 de marzo) sintió que el corazón le latía muy fuerte en su pecho y no pudo evitar que algunas lágrimas corrieran por su rostro. “Ya sabía que venía para acá, ya lo había leído en el diario, pero cuando escuché el silbato, acá tan cerca (vive en la calle Garrone, entre Moreno y Las Heras) fue una emoción muy fuerte, algo que en mi vida nunca me hubiese imaginado” le contó a este cronista.
Poco después, bien abrigado y, como siempre, sobriamente vestido, Traversa se acercó para tocar, oler y sentir la palpitación de esa vieja amiga, una locomotora Baldwin (fabricada en Estados Unidos, en 1922) que en varias oportunidades manejó, entre 1958 y 1966, en el ramal de Ingeniero Jacobacci a Esquel, más precisamente hasta la estación Cerro Mesa que era el punto de relevo del personal de conducción.
“Muchas horas pasé en esta estrecha cabina, sintiendo el fuego de la caldera y la vibración de las ruedas, cuando trepaban las cuestas de la vía” recordó, mientras posaba sus ojos mansos en los detalles de manivelas y relojes, para la operación de la vaporera.
Este amable vecino viedmense, ferroviario de alma, por herencia paterna y designio personal, atesora recuerdos de enorme valor.
En su casa recibió rodeado de las libretas que acreditan sus validaciones personales en la “idoneidad como maquinista y conductor de locomotoras (a vapor)” que le extendieron el 17 de enero de 1952 y, dos años más tarde, como “conductor de (máquinas) diesel eléctricas”; una cuidada guía de La Trochita, con imágenes de los sitios más emblemáticos como el puente sobre el río Chico; fotos varias; y el recorte de Noticias de la Costa del 3 de mayo de 1998, cuando fue protagonista de una nota especial con la firma de Víctor Carlovich.
“Pasé un problema delicado de salud, tengo dañada una parte de mi cerebro y estuve un tiempo sin poder hablar ni mover la mano derecha, pero me recuperé y por suerte pude ver a La Trochita en su visita a Viedma” relató don Rubén; y agregó, convencido: “si pudiera volver el tiempo atrás quisiera estar de nuevo manejando esa locomotora”.
Una obligada pausa en el viaje
El diagrama de trabajo de los maquinistas, en aquellos tiempos en que el personal ferroviario trabajaba bajo convenios de estricto cumplimiento y supervisión gremial, imponía que los conductores trabajaran un máximo de 8 horas. De esta manera cuando salían desde la cabecera de Ingeniero Jacobacci los maquinistas de La Trochita tenían relevo en Cerro Mesa. En un viaje de vuelta, en el invierno de 1965, la nieve les tapó las vías en cercanías de Ojos de Agua, en un cañadón. “Estuvimos dos días y medio tirados allí, sin poder salir del tren; se nos acabó el combustible y la caldera se apagó; en las salamandras de los vagones también se terminó la leña y los pasajeros tuvieron que aguantarse el frío con lo que tenían puesto. Al final vinieron con una locomotora desde Jacobacci y otra desde El Maitén y nos pudieron sacar del atascamiento” recordó Traversa.
Un poco de historia
Fue una quijotesca decisión de las autoridades del Tren Patagónico el traslado de la vieja locomotora, sobre un carretón cedido por el Departamento Provincial de Aguas, al Paseo del Bicentenario en Buenos Aires en donde su tránsito por la avenida 9 de Julio fue una espectacular sorpresa para medio millón de personas presentes y otros cinco millones que seguían el acto por televisión. Después, en el regreso hacia Jacobacci, el paso por Viedma produjo otro impacto. Y fue justo el 25 de mayo, cuando se cumplían 65 años de la llegada de La Trochita a Esquel, en 1945.
La línea de 402 kilómetros de recorrido, la más extensa en todo el mundo para una trocha de 0,75 metros de ancho, prestó servicios a numerosas poblaciones rurales durante casi medio siglo.
En la década de los `90, tras la privatización de Ferrocarriles Argentinos, el ramal fue clausurado y sólo pudo ser recuperado para servicios turísticos por cuenta de las administraciones rionegrina y chubutense.
Desde la cabecera de Esquel el viaje hasta el paradero del paraje Nahuel Pan, de 40 minutos de duración, se cumple regularmente tres veces por semana bajo la administración del gobierno del Chubut. En cambio desde Jacobacci, en la órbita del Tren Patagónico, las salidas no tienen frecuencias fijas y se programan según la demanda de contingentes especiales.
La opinión de un especialista.
Sergio Sepiurka, ingeniero industrial radicado en Esquel hace dos décadas, integra la asociación Amigos de La Trochita, de Esquel; y es autor de numerosas publicaciones sobre el antiguo ramal. Lo que sigue es un extracto de una presentación suya, en el reciente Esquel Literario 2010.
“Si hay un lugar donde uno puede toparse con un mito y su correspondiente realidad, es a bordo del Viejo Expreso Patagónico La Trochita, el legendario ferrocarril de trocha angosta (75 cm) cuyas vías unen, entre otras localidades, las ciudades de Ingeniero Jacobacci (Río Negro), El Maitén y Esquel (Chubut).
La historia nos dice que La Trochita es el sobreviviente del proyecto ferroviario patagónico impulsado en 1908 por el Ministro Ezequiel Ramos Mexía, e interrumpido en 1914. En 1922 se decidió completar aquel trazado con ramales económicos de trocha angosta, aunque el ferrocarril llegó a Esquel recién en 1945. Los variados destinos de la gran cantidad de materiales adquiridos, incluyendo 81 locomotoras a vapor, 1600 km de vías y unos 600 vagones, desvelaron durante décadas a cientos de aficionados ferroviarios de todo el mundo.
La obra fue realizada por el Estado Nacional con el objeto de propender al transporte de cargas y pasajeros, como parte de los ferrocarriles patagónicos de fomento. El contexto recesivo posterior a la primera guerra mundial limitaba los fondos requeridos, y la trocha angosta fue visualizada como una posibilidad cierta, así como es posible que la elección de la trocha de 0.75 metros haya sido favorecida por la disponibilidad de locomotoras.
En nuestro país la leyenda creció en el corazón de los trabajadores ferroviarios que conservaron la originalidad del funcionamiento de sus máquinas a vapor, en la vida cotidiana de los pobladores patagónicos que lo tuvieron como elemento indispensable para romper el aislamiento que imponían del frío y la nieve, y en las vivencias veraniegas de los contingentes de mochileros universitarios que lo hicieron suyo desde los ‘60, sintiendo –como decía el actor Luis Sandrini en la escena de una película filmada a bordo del trencito- que “aquí se respira Patagonia por los cuatro costados”.
“En los últimos diez años, La Trochita fue declarada Monumento Histórico Nacional, se ha convertido en uno de los habitantes más queridos de la Patagonia y también en el principal atractivo turístico de la ciudad de Esquel. En su nueva estación (la vieja pronto albergará un Museo), abordan sus vagones unos 30.000 viajeros al año, que disfrutan cada paso de su bamboleante traquetear, envueltos por el vapor de las centenarias locomotoras repletas de historia. Sus imágenes siempre cambiantes, son las de un sobreviviente patagónico, una suerte de ‘mylodon’ contemporáneo que atraviesa el viento de la estepa impulsado por el espíritu del Sur.”
Más allá de la emoción
Cuando uno tiene la oportunidad de participar de la experiencia que describe Sepiurka, a bordo de La Trochita “chubutense” entre Esquel y Nahuel Pan, las emociones son intensas, naturalmente. Pero el cronista se sintió abrumado por un extraño sentimiento, casi avergonzado por la actitud de turista intruso, montado con despreocupación y cámara fotográfica en ristre sobre una reliquia social que merece un respeto mayor. La Trochita no fue concebida y construida (obra de enorme esfuerzo físico para los cientos de operarios que abrieron a pico y dinamita su sinuoso recorrido) para que fuese sólo un pasatiempo y una diversión (cuyo viaje, para visitantes nacionales o extranjeros cuesta 150 pesos). Este formidable ramal (único en su tipo en todo el orbe, como ya se dijo) tuvo una clara finalidad de fomento económico y poblacional, y como tal debe ser honrado. Por eso, más allá del sano propósito de la Asociación Amigos de La Trochita de Esquel, en cuanto a una declaración de la UNESCO como “patrimonio cultural de la humaniad”, sería muy bueno que los gobiernos de Río Negro y Chubut analizaran seriamente la posibilidad de restablecer todo el trayecto del antiguo servicio, aunque fuese sólo con una frecuencia mensual. Para que los pobladores de la zona se (re) encuentren con La Trichita.
El mito y Theroux
Volvamos a los escritos de Sergio Sepiurka. Dice el escritor chubutense adoptivo que “el mito (de La Trochita) fue consagrado internacionalmente por la literatura de viajes a través del norteamericano Paul Theroux quien, habiendo partido desde Boston, viajó por toda Sudamérica en ferrocarril. Al llegar a Buenos Aires se detuvo una semana para conversar con Jorge Luis Borges, antes de partir hacia la Patagonia y llegar a Esquel a bordo del cautivante trencito, al que bautizó El Viejo Expreso Patagónico, igual que al libro que dedicó a relatar su viaje, obra que tuvo un notable éxito, llegando a figurar octava en ventas en todo el mundo en 1979”
“Para esa época, -añade- aquí en la Argentina, unas 40 locomotoras a vapor originales pertenecientes al ramal fueron reducidas a chatarra en Río Gallegos, Trelew, El Maitén e Ingeniero Jacobacci”.
Señal de que los mitos también pueden ser destruidos, y que depende de nosotros, los pobres mortales, mantenerlos vivos y enhiestos.







viernes, 21 de mayo de 2010

Dos faros en la historia de Viedma: el 25 de mayo de 1887 hubo dos inauguraciones

El Faro del Río Negro, ubicado sobre la barranca del acantilado al oeste del poblado de la villa marítima "El Cóndor" (antes, durante muchos años, Villa Massini) se inauguró el 25 de mayo de 1887 en un acto encabezado por el entonces gobernador del Territorio Nacional de Río Negro, general Lorenzo Vintter. La comitiva viajó en barco hasta la desembocadura y después en carruajes hasta la obra; al regresar a Viedma se procedió a dejar inaugurada la Biblioteca Pública. El faro ha prestado servicios ininterrumpidos desde aquella fecha y es el más antiguo en funcionamiento en toda la costa patagónica. Aquella biblioteca sucumbió cuando se produjo la devastadora inundación de julio de 1899, pero constituyó el antecedente para la fundación -en 1908- de la actual Biblioteca Popular Bartolomé Mitre, que con cierta discontinuidad llegó hasta nuestra época.

jueves, 20 de mayo de 2010

Hechos ocurridos en los 25 de Mayo en la Comarca de Patagones y Viedma

No hay registros sobre las celebraciones de los 25 de Mayo en Carmen de Patagones o Mercedes de Patagones (actualmente Viedma) allá por la mitad del siglo 19. Es posible suponer que se trataban de actos modestos, pero con entusiasmo patriótico, en donde no faltaban formaciones y desfiles de efectivos uniformados, acompañados por demostraciones de música y declamación.
Pero en coincidencia con esta magna fecha patria se producen hechos de interesante significación para el progreso de estas poblaciones sureñas.

El Palacio Municipal de Viedma
Se trata de una emblemática construcción, ubicada enfrente de la plaza San Martín, que señala el impulso de la reconstrucción de la antigua Capital del Territorio Nacional de Río Negro, destruida por la inundación del invierno de 1899.
En la fundamentación del proyecto de declaración de Patrimonio Histórico presentado por el senador nacional Luis Falcó (en el 2003) se puntualiza que “a partir de la inundación, desde 1900, las reuniones de la Municipalidad se efectuaban en un edificio de armazón de madera forrado con chapas de zinc en el lote que hoy ocupa el Correo Argentino sobre la calle Rivadavia. Allí en la sesión del Concejo Municipal del 5 de abril de 1906 Don Juan Balda mocionó la construcción del edificio municipal en el terreno que antes de la inundación ocupaba, actualmente San Martín 263, la que fue aprobada por unanimidad. El edificio del Palacio Municipal fue diseñado por el Agrimensor Municipal Guillermo Pragne en 1906, y construido por Pedro Colombo. Comenzado en mayo de 1907 mediante un acto en el que se colocó la piedra fundamental y fue finalizado en 1909. La inauguración se llevó a cabo con grandes festejos el 25 de mayo de 1910, coincidiendo con el año del centenario de la Revolución de Mayo”
El edificio municipal de Patagones
Un prolijo estudio realizado por el arquitecto Fernando Córdoba informa que fue el 20 de abril de 1882 cuando algunas personas de Carmen de Patagones lanzaron la idea de construir un edificio que albergara a las autoridades municipales, que desde 1854 cuando se había creado la municipalidad funcionaba en una casa alquilada. La iniciativa fue aprobada en sesión de la Corporación Municipal del 5 de junio de 1882, pero hubo diversos problemas para obtener los fondos necesarios.
Por eso la piedra fundamental del actual edificio se colocó finalmente el 30 de agosto de 1885, los trabajos se iniciaron a principios de setiembre con un presupuesto de cinco mil pesos y culminaron en el mes de abril de 1886.
Esa primitiva casa municipal comprendía un zaguán al que se abrían las puertas laterales de dos grandes salones: el de la izquierda es el que actualmente ocupa el Intendente Municipal y el de la derecha se usa ahora para la secretaría y presidencia del Honorable Concejo Deliberante.
En los primeros años del siglo 20 se hacen las primeras ampliaciones, para dotar a la casa municipal de las comodidades que el funcionamiento del gobierno comunal exigía. El 12 de agosto de 1903 se compra el reloj que se instalará en una torre elevada sobre el frente. En 1910, como adhesión a los actos del Centenario de la Revolución de Mayo, se construye e inaugura puntualmente para el día 25 el bello salón de actos y de sesiones del Honorable Concejo Deliberante. En aquella oportunidad el recinto fue equipado con las hermosas arañas de caireles que siguen iluminando con reflejos de cristal la sala municipal más importante , que fue muchas veces el escenario apropiado para actos sociales y culturales, tales como bailes de carnaval, conciertos de música popular y hasta algún casamiento, con la debida autorización del Intendente.
Durante casi cinco décadas el Palacio Municipal de Patagones permaneció sin cambios, muchas fotos de los años 30’ y 40’ muestran su frente de estilo clásico, como una joya antigua en el marco de una ciudad de fecunda historia.

Teatro Garibaldi de Patagones
El Teatro Garibaldi, inaugurado el 24 de mayo de 1910, es un legítimo orgullo para Carmen de Patagones. Es la sala de espectáculos más antigua, y en funcionamiento, de toda la región.
En la geografía urbana de la ciudad más austral de la provincia de Buenos Aires su edificio se distingue por sus dos torres, coronando el frente de estilo neoclásico donde se destacan un juego de relieves, con las leyendas “Opera” y “Comedia” que no dejan lugar a dudas sobre el destino para el cual fue construido.
Siete pilastras sostienen el frontis y enmarcan la arcada principal que hoy, lamentablemente ha sido reformada con respecto al diseño original. Por suerte hay una serie de detalles que se conservan perfectos, tales como las dos máscaras bufonescas que se asoman a ambos lados del pórtico.
Para recordar la fundación de la sala, hace casi 100 años, se tomaron algunos párrafos de un artículo del periódico “La Gaceta”, de setiembre de 1922.
“La creación del teatro Garibaldi no fue una obra fácil, pues la operación implicaba un desembolso importante en metálico, muy superior a las reservas de la caja social. Sin embargo la audacia de los unos, la constancia de los otros, la generosidad de todos, hicieron tabla rasa de la dificultades y el teatro se construyó”, dice la crónica.
Agrega que “todos los vecinos antiguos de Patagones recordarán sin duda alguna la construcción de madera, el galpón diremos así, que ocupaba el sitio donde hoy se levanta la sala del Garibaldi. Bien, cada renovación de comisión directiva traía consigo la cuestión del local, derrumbar ese maderamen para levantar un edificio digno de la colectividad era una aspiración de todos los italianos...”
Detalla después que la comisión que en 1909 comenzó a regir los destinos de la entidad, encabezada por Ambrosio Rucci, puso manos a la obra. El presupuesto inicial era de 18 mil pesos, pero en caja sólo había seis mil. Para juntar el faltante se vendió en dos mil pesos un terreno de la Asociación, se consiguió un préstamo por la misma suma del señor Enrique Mazzini, y con garantías personales de Rucci y del tesorero de la institución, Victorio Sprignolo, el banco otorgó un crédito por otros dos mil. Así se reunieron 12 mil pesos, mientras que la diferencia se obtuvo con otras colaboraciones, como las donaciones de materiales.
Sigamos con el artículo de “La Gaceta”. “La obra se empezó a construir en el año 1909 siendo su empresario el señor José Cichetti. No será necesario recordar las luchas y alternativas que tuvo la operación, ni las fuertes contrariedades que más de una vez ocasionó a sus bien interesados iniciadores; pero con ellas y a pesar de ellas, venciendo los escepticismos y recelos, el flamante teatro abrió sus puertas al público la víspera del gran Centenario Argentino, esto es el 24 de mayo de 1910”.
“La inauguración se efectuó con una gran velada, dirigida por el señor Eduardo Vázquez quien puso en escena la divertida comedia titulada ‘La cuerda floja’ que obtuvo un éxito remarcadísimo, lo mismo que otros selectos números de canto y música con que se amenizó el acto” relata también la publicación.

La Galera de Mora
En 1881, cuando se realizó el primer censo oficial de la provincia de Buenos Aires circulaban por ese territorio un total de 150 mensajerías, lo que señala la importancia de esa organización de servicio que llegaba a los muchos pueblos que por entonces todavía carecían de vinculación ferroviaria. Según el mismo relevamiento esas empresas contaban con 262 carruajes, nada menos que 10.998 caballos y daban empleo fijo a 935 empleados. Lo que se dice una verdadera industria de servicios.
En ese marco se desenvolvía Marcos Mora, empresario de este rubro del transporte, que el 25 de mayo de 1885 llegó por primera vez a Carmen de Patagones y siguió realizando viajes hacia y desde Bahía Blanca hasta 1913. En ese año el ferrocarril del Sur llegó a la estación de Stroeder y los 80 kilómetros finales de recorrido empezaron a cubrirse en los incansables Ford, modelo “T” al principio y modelo “A” más tarde, reemplazando así a la galera.
Para entonces Mora ya tenía más de 60 años y seguramente estaba bastante cansado de tanto trajinar los caminos. Demás está decir que el mayoral y patrón de la galera encabezada personalmente cada viaje, haciéndose cargo de cualquier inconveniente que pudiera surgir. Retirado de esta actividad Marcos Mora murió en Escobar en 1928.
En su libro “Remembranzas” el escribano y cronista Francisco Pita describió las dificultades de los largos itinerarios de la galera de Mora.
“El viaje de Bahía Blanca a Patagones era una verdadera odisea, por unos caminos intransitables –escribió Francisco Pita- A pocas leguas de Bahia empezaba la ‘vía crucis’ al tener que cruzar los salitrales donde se encajaba la galera hasta los ejes y había que aligerarla, bajándose los pasajeros, que eran transportados de un islote a otro en los caballos de los cuarteadores. Luego se repetía lo mismo para poder pasar los médanos de Romero, que los pasajeros debían cruzar a pie; después en la balsa el río Colorado y luego en bote los zanjones de ese mismo lugar”.
“El viaje duraba tres días e n invierno y dos íntegros en verano. Con todo era un gran adelanto, que siente se estaba más seguro que por mar y además había un itinerario fijo y permanente” añade Pita.
El trayecto estaba no solamente matizado por los accidentes geográficos o del clima, también de tanto en tanto había un entrevero entre el mismo personal de la mensajería, con algún viajero medio chusco o mal tomado, y a veces la aparición sobre la huella de algún grupo de jinetes mal entrazados y con malas intenciones. En esas circunstancias Mora sacaba a relucir su revolver y su carácter aguerrido, para superar alguna intimidación.
(Se tomaron materiales de la serie "Perfiles y Postales" en radio y en las páginas del diario Noticias de la Costa. Trabajos originales del responsable de este blog, Carlos Espinosa. Se ruega citar la fuente si se realizan reproducciones o referencias)



domingo, 2 de mayo de 2010

Desde Zerba a Cubanea, la historia de una colonia italiana en la Patagonia

El Castillo de los Malaspina (arriba) domina el paisaje de Zerba, pequeño pueblo italiano desde donde llegaron varias familias al Valle Inferior del río Negro, allá por 1860. Un fresco, sobre una pared de la casona familiar de los Malaspina en Carmen de Patagones (abajo) muestra el villorrio tal como era a mediados del siglo 19.



Esta crónica contiene un apretado relato sobre la creación de la colonia de inmigrantes italianos en Cubanea, a unos 50 kilómetros de Viedma. Los datos centrales surgen de una extensa y amena charla con la investigadora Mirta Madies, Magíster en Políticas Sociales y profesora de Geografía, que hace más de una década estudia los notables orígenes de este emprendimiento.

Los resultados de la precisa investigación de la profesional permiten asegurar que las primeras acciones en el papel para la instalación de aquellos colonos itálicos en el Valle Inferior del río Negro son anteriores a la creación formal de Colonia Esperanza, en Santa Fe, por parte del emprendedor salteño Aarón Castellanos.Don Manuel Alvarez, juez de paz y comisario de Patagones, hacendado y hombre de negocios, quien según las referencias de Emma Nozzi tuvo heroica actuación en el combate de Patagones de 1827, a principios de 1853 firma el contrato para la radicación de un grupo de familias italianas, de la región de Génova. La llegada de los inmigrantes se demora un tiempo, no se sabe exactamente el por qué, y en el ínterin, para 1856, ya se instalaron en Esperanza los colonos suizos, alemanes y franceses, entre otros europeos del centro. “Si no hubiese sido por esa dilación Cubanea estaría registrada en la historia argentina como la primera colonia agrícola organizada” afirma Mirta Madies.Aquel hombre influyente estableció el convenio con 30 jefes de familias italianas, con el compromiso de proporcionarles “tierra en propiedad, útiles de labranza, animales de laboreo y semillas para fundar una colonia en la costa del río, aguas arriba”, según apuntó el historiador Eduardo Sánchez Ceschi en su “Crónica Histórica de Carmen de Patagones”.En la misma obra se transcribe el decreto del Gobierno Nacional el 23 de agosto de 1853 en los siguientes términos: “se aprueba el anterior contrato y en los términos a que ha sido reducido de conformidad entre el Juez de Paz y los individuos de la adjunta relación, siendo prevención que los víveres para su manutención sólo les serán suministrados durante un mes después de su arribo a aquel punto, y de cuenta del Gobierno su pasaje”.

¿Pero, quien era este Manuel Alvarez, que proyectaba colonias agrícolas junto al río más caudaloso de la Patagonia? Es altamente probable que se trate del mismo “comerciante distinguido” (originario de Buenos Aires) que al naturalista francés y viajero Alcide D’Orbigny le pareció “asombroso” encontrar en Patagones unos cuantos años antes (de la fundación de Cubanea), en enero de 1829.¿Cuáles habrán sido los antecedentes para la firma del contrato entre Manuel Alvarez y los italianos? Mirta Madies no encontró documentación fehaciente, pero ensaya una hipótesis probable, acerca de un contacto previo entre el juez de Paz (y encargado de las migraciones) y miembros de la Legión Agrícola Militar (de influencia Garibaldina) que en 1856 funda la localidad de Nueva Roma, en cercanías de Bahía Blanca. “Era un conjunto de italianos con fuerte capacidad de emprendimiento, tal vez alguno de ellos viajó por el mar hacia el sur y llegó a Patagones con natural curiosidad por este puerto tan importante” dice, sobre el particular.“Lo que sabemos es que los inmigrantes itálicos que se relacionan con Alvarez proceden de las cercanías de Génova, y en este punto vale recordar que el Corsario Fiori, aquel que participó de la defensa de Patagones en el combate de la batería, era precisamente genovés” agrega después.

¿Por qué desde Zerba?

Pero lo que sorprende a Mirta es “cómo llegan a Cubanea inmigrantes italianos nacidos y crecidos en un pequeño pueblo, llamado Zerba, que tenía unos 1.500 habitantes hacia 1850, ubicado a 60 kilómetros del mar y del puerto de Génova en una región montañosa”.“En esa época en la Liguria los caminos eran muy rudimentarios y la conexión entre Génova Y Zerba, en un pequeño valle, era difícil de transitar por senderos. Esa travesía se hacía a caballo y, también, a veces simplemente caminando. Nos podemos imaginar que aquellos inmigrantes llegaron con gran sacrificio al puerto en donde se embarcarían hacia América; y quizás, como era común que ocurriese en esos años, durante el viaje algunas mujeres pueden haber dado a luz, y otros viajeros se habrán enfermado. Pensemos que aquellos integrantes de la familia que decidían viajar tal vez eran acompañados hasta Génova por sus parientes, y estos posiblemente ya no volvían al pueblo, porque optaban por una nueva vida” comenta.Sobre la cantidad de familias que efectivamente llegaron a su nueva radicación, en la ribera sur del río Negro, dice que “según los registros que pude comprobar son alrededor de 8 a 10 familias, con varios integrantes, que se instalaron en los parajes Rincón de Cubanea, Rincón de la Leña y Rincón de San Roque, todos cercanos entre ellos. Pero no hay anotaciones fehacientes hasta bastante tiempo después de su arribo, cuando se les presentan problemas de tipo legal con la posesión de las tierras que ocupaban y se inician expedientes de reclamo, de donde se rescatan los apellidos” explica.En su paciente y analítica búsqueda de datos Madies consultó los trabajos de mensura de campos registrados por los agrimensores Díaz y Heusser, que hacían un relevamiento, medían y describían los grupos familiares radicados en cada parcela. “Otros planos que pude consultar en esa etapa corresponden al trabajo del agrimensor Telémaco González, de 1883” añade.El interrogante sobre la conexión inicial entre Cubanea, en el territorio nacional de Río Negro, a 80 kilómetros del mar Atlántico y Zerba, Liguria, a 60 kilómetros del Mediterráneo no tiene (por ahora) una respuesta convincente para la exigente investigadora que entrevistamos.

Los apellidos pioneros

Mirta vuelve atrás en su reconstrucción documental. “Fueron los archivos de tierras los que permitieron emerger los apellidos pioneros de la Colonia Cubanea: Malaspina, Esteban, Razzari, Ferrino, Ferrín, Sacco, Serra, Bianchi, Quini, Gattoni, Barbieri, Deli Antonio (que después se convirtió en Degliantoni)". Agrega que “los primeros en llegar fueron después llamando a sus primos, hermanos y novias, que en algunos casos habían quedado esperando en Zerba”.La reconstrucción del conjunto de viviendas, que no formaban un agrupamiento del formato tradicional que reconocemos como un poblado sino que estaban dispersas y separadas por varias decenas de metros; y el trazado de una topografía aproximada, fueron otras preocupaciones de Madies.“Me propuse descubrir la percepción colectiva de lo geográfico, desentrañar lo que aquella gente pensaba sobre el lugar en donde vivía. Partía de una realidad: la enorme diferencia entre el marco de Zerba y el de Cubanea. Por ejemplo: allá tenían que ir a buscar el agua a un río montañés y correntoso, seguramente elevándola a balde hasta el terreno en donde cultivaban, en terrazas elevadas; las viviendas de dos plantas tenían las habitaciones en la parte superior y por debajo el establo, en donde por las noches frías se reunían buscando el calor de los animales. Acá el agua del río les llegaba con facilidad, por el régimen de crecidas y mareas, que formaban lagunas y albardones; la tierra para sembrar estaba en el llano y sus aptitudes agrícolas les permitieron prosperar en la frutihorticultura; y las construcciones de una sola planta se adaptaban también a la llanura, con un invierno menos duro, con distinta duración del día solar y menores exigencias de almacenamiento de leña y alimentos” relata. Pero aquellos inmigrantes tuvieron que adaptarse a la navegación del río, la principal vía de comunicación con Carmen de Patagones; aunque también se largaban en carros por el camino de la margen izquierda. Cuando los niños fueron creciendo la necesidad de educación obliga a los grupos familiares al traslado a Patagones, pero los agricultores mantienen las tierras en explotación; aunque el golpe de gracia fue la inundación de 1899 que destruyó las viviendas y arruinó las plantaciones; tras lo cual la colonia se despobló. Pero aquellas familias ya mencionadas siguieron establecidas en la Comarca y sus apellidos permanecen en la comunidad.

Los Malaspina, los del castillo

Una de las familias llegadas de Zerba es Malaspina, que en el pueblo de origen le da nombre a un antiguo castillo. Llamado por un hermano (y con otros parientes ya establecidos) el joven Félix Malaspina llegó “con una mano atrás y otra adelante” en el mismo año de la catástrofe hídrica, 1899. Con sacrificio y empuje progresó y fundó una familia, con un próspero comercio. Por 1927 ya tenía su amplia casa propia, sobre la actual calle Yrigoyen, y unos años más tarde apareció por allí un artista trotamundo que se ofreció para hacer algunas tareas. José “Pepe” Malaspina, hijo de don Félix y nacido en 1905, le contó a Mirta que el pintor se interesó por el origen del dueño de casa, ¡y resultó que conocía Zerba y sobre la base de su memoria, y los aportes del propio Malaspina pintó el paisaje aldeano en un fresco que aun hoy se conserva en lo que fue una amplia sala de recibir!“Un maravilloso recuerdo, la presencia de un cuadro que refuerza el relato de la historia familiar, con la reconstrucción de Zerba en una pared de Carmen de Patagones, tan lejos en la geografía pero tan cerca en el sentimiento” apunta Mirta Madies, ya en el final de la charla. La estudiosa (siempre desde una geografía de la percepción que supera la mera descripción física de los lugares) nos descubrió una historia desconocida, llena de afectos y emociones, plena de humanidad. Por Internet el cronista pudo asomarse a la actualidad de Zerba; tiene tan sólo 117 habitantes (censo de 2005) de los cuales en invierno apenas quedan 30, y el castillo de Malaspina (cuya torre fue recientemente reconstruida) domina desde el monte Lesima el antiquísimo villorrio. Aquí en Cubanea sólo se conserva la tahona (rueda de piedra para moler trigo) que usaron aquellos colonos.