jueves, 20 de mayo de 2010

Hechos ocurridos en los 25 de Mayo en la Comarca de Patagones y Viedma

No hay registros sobre las celebraciones de los 25 de Mayo en Carmen de Patagones o Mercedes de Patagones (actualmente Viedma) allá por la mitad del siglo 19. Es posible suponer que se trataban de actos modestos, pero con entusiasmo patriótico, en donde no faltaban formaciones y desfiles de efectivos uniformados, acompañados por demostraciones de música y declamación.
Pero en coincidencia con esta magna fecha patria se producen hechos de interesante significación para el progreso de estas poblaciones sureñas.

El Palacio Municipal de Viedma
Se trata de una emblemática construcción, ubicada enfrente de la plaza San Martín, que señala el impulso de la reconstrucción de la antigua Capital del Territorio Nacional de Río Negro, destruida por la inundación del invierno de 1899.
En la fundamentación del proyecto de declaración de Patrimonio Histórico presentado por el senador nacional Luis Falcó (en el 2003) se puntualiza que “a partir de la inundación, desde 1900, las reuniones de la Municipalidad se efectuaban en un edificio de armazón de madera forrado con chapas de zinc en el lote que hoy ocupa el Correo Argentino sobre la calle Rivadavia. Allí en la sesión del Concejo Municipal del 5 de abril de 1906 Don Juan Balda mocionó la construcción del edificio municipal en el terreno que antes de la inundación ocupaba, actualmente San Martín 263, la que fue aprobada por unanimidad. El edificio del Palacio Municipal fue diseñado por el Agrimensor Municipal Guillermo Pragne en 1906, y construido por Pedro Colombo. Comenzado en mayo de 1907 mediante un acto en el que se colocó la piedra fundamental y fue finalizado en 1909. La inauguración se llevó a cabo con grandes festejos el 25 de mayo de 1910, coincidiendo con el año del centenario de la Revolución de Mayo”
El edificio municipal de Patagones
Un prolijo estudio realizado por el arquitecto Fernando Córdoba informa que fue el 20 de abril de 1882 cuando algunas personas de Carmen de Patagones lanzaron la idea de construir un edificio que albergara a las autoridades municipales, que desde 1854 cuando se había creado la municipalidad funcionaba en una casa alquilada. La iniciativa fue aprobada en sesión de la Corporación Municipal del 5 de junio de 1882, pero hubo diversos problemas para obtener los fondos necesarios.
Por eso la piedra fundamental del actual edificio se colocó finalmente el 30 de agosto de 1885, los trabajos se iniciaron a principios de setiembre con un presupuesto de cinco mil pesos y culminaron en el mes de abril de 1886.
Esa primitiva casa municipal comprendía un zaguán al que se abrían las puertas laterales de dos grandes salones: el de la izquierda es el que actualmente ocupa el Intendente Municipal y el de la derecha se usa ahora para la secretaría y presidencia del Honorable Concejo Deliberante.
En los primeros años del siglo 20 se hacen las primeras ampliaciones, para dotar a la casa municipal de las comodidades que el funcionamiento del gobierno comunal exigía. El 12 de agosto de 1903 se compra el reloj que se instalará en una torre elevada sobre el frente. En 1910, como adhesión a los actos del Centenario de la Revolución de Mayo, se construye e inaugura puntualmente para el día 25 el bello salón de actos y de sesiones del Honorable Concejo Deliberante. En aquella oportunidad el recinto fue equipado con las hermosas arañas de caireles que siguen iluminando con reflejos de cristal la sala municipal más importante , que fue muchas veces el escenario apropiado para actos sociales y culturales, tales como bailes de carnaval, conciertos de música popular y hasta algún casamiento, con la debida autorización del Intendente.
Durante casi cinco décadas el Palacio Municipal de Patagones permaneció sin cambios, muchas fotos de los años 30’ y 40’ muestran su frente de estilo clásico, como una joya antigua en el marco de una ciudad de fecunda historia.

Teatro Garibaldi de Patagones
El Teatro Garibaldi, inaugurado el 24 de mayo de 1910, es un legítimo orgullo para Carmen de Patagones. Es la sala de espectáculos más antigua, y en funcionamiento, de toda la región.
En la geografía urbana de la ciudad más austral de la provincia de Buenos Aires su edificio se distingue por sus dos torres, coronando el frente de estilo neoclásico donde se destacan un juego de relieves, con las leyendas “Opera” y “Comedia” que no dejan lugar a dudas sobre el destino para el cual fue construido.
Siete pilastras sostienen el frontis y enmarcan la arcada principal que hoy, lamentablemente ha sido reformada con respecto al diseño original. Por suerte hay una serie de detalles que se conservan perfectos, tales como las dos máscaras bufonescas que se asoman a ambos lados del pórtico.
Para recordar la fundación de la sala, hace casi 100 años, se tomaron algunos párrafos de un artículo del periódico “La Gaceta”, de setiembre de 1922.
“La creación del teatro Garibaldi no fue una obra fácil, pues la operación implicaba un desembolso importante en metálico, muy superior a las reservas de la caja social. Sin embargo la audacia de los unos, la constancia de los otros, la generosidad de todos, hicieron tabla rasa de la dificultades y el teatro se construyó”, dice la crónica.
Agrega que “todos los vecinos antiguos de Patagones recordarán sin duda alguna la construcción de madera, el galpón diremos así, que ocupaba el sitio donde hoy se levanta la sala del Garibaldi. Bien, cada renovación de comisión directiva traía consigo la cuestión del local, derrumbar ese maderamen para levantar un edificio digno de la colectividad era una aspiración de todos los italianos...”
Detalla después que la comisión que en 1909 comenzó a regir los destinos de la entidad, encabezada por Ambrosio Rucci, puso manos a la obra. El presupuesto inicial era de 18 mil pesos, pero en caja sólo había seis mil. Para juntar el faltante se vendió en dos mil pesos un terreno de la Asociación, se consiguió un préstamo por la misma suma del señor Enrique Mazzini, y con garantías personales de Rucci y del tesorero de la institución, Victorio Sprignolo, el banco otorgó un crédito por otros dos mil. Así se reunieron 12 mil pesos, mientras que la diferencia se obtuvo con otras colaboraciones, como las donaciones de materiales.
Sigamos con el artículo de “La Gaceta”. “La obra se empezó a construir en el año 1909 siendo su empresario el señor José Cichetti. No será necesario recordar las luchas y alternativas que tuvo la operación, ni las fuertes contrariedades que más de una vez ocasionó a sus bien interesados iniciadores; pero con ellas y a pesar de ellas, venciendo los escepticismos y recelos, el flamante teatro abrió sus puertas al público la víspera del gran Centenario Argentino, esto es el 24 de mayo de 1910”.
“La inauguración se efectuó con una gran velada, dirigida por el señor Eduardo Vázquez quien puso en escena la divertida comedia titulada ‘La cuerda floja’ que obtuvo un éxito remarcadísimo, lo mismo que otros selectos números de canto y música con que se amenizó el acto” relata también la publicación.

La Galera de Mora
En 1881, cuando se realizó el primer censo oficial de la provincia de Buenos Aires circulaban por ese territorio un total de 150 mensajerías, lo que señala la importancia de esa organización de servicio que llegaba a los muchos pueblos que por entonces todavía carecían de vinculación ferroviaria. Según el mismo relevamiento esas empresas contaban con 262 carruajes, nada menos que 10.998 caballos y daban empleo fijo a 935 empleados. Lo que se dice una verdadera industria de servicios.
En ese marco se desenvolvía Marcos Mora, empresario de este rubro del transporte, que el 25 de mayo de 1885 llegó por primera vez a Carmen de Patagones y siguió realizando viajes hacia y desde Bahía Blanca hasta 1913. En ese año el ferrocarril del Sur llegó a la estación de Stroeder y los 80 kilómetros finales de recorrido empezaron a cubrirse en los incansables Ford, modelo “T” al principio y modelo “A” más tarde, reemplazando así a la galera.
Para entonces Mora ya tenía más de 60 años y seguramente estaba bastante cansado de tanto trajinar los caminos. Demás está decir que el mayoral y patrón de la galera encabezada personalmente cada viaje, haciéndose cargo de cualquier inconveniente que pudiera surgir. Retirado de esta actividad Marcos Mora murió en Escobar en 1928.
En su libro “Remembranzas” el escribano y cronista Francisco Pita describió las dificultades de los largos itinerarios de la galera de Mora.
“El viaje de Bahía Blanca a Patagones era una verdadera odisea, por unos caminos intransitables –escribió Francisco Pita- A pocas leguas de Bahia empezaba la ‘vía crucis’ al tener que cruzar los salitrales donde se encajaba la galera hasta los ejes y había que aligerarla, bajándose los pasajeros, que eran transportados de un islote a otro en los caballos de los cuarteadores. Luego se repetía lo mismo para poder pasar los médanos de Romero, que los pasajeros debían cruzar a pie; después en la balsa el río Colorado y luego en bote los zanjones de ese mismo lugar”.
“El viaje duraba tres días e n invierno y dos íntegros en verano. Con todo era un gran adelanto, que siente se estaba más seguro que por mar y además había un itinerario fijo y permanente” añade Pita.
El trayecto estaba no solamente matizado por los accidentes geográficos o del clima, también de tanto en tanto había un entrevero entre el mismo personal de la mensajería, con algún viajero medio chusco o mal tomado, y a veces la aparición sobre la huella de algún grupo de jinetes mal entrazados y con malas intenciones. En esas circunstancias Mora sacaba a relucir su revolver y su carácter aguerrido, para superar alguna intimidación.
(Se tomaron materiales de la serie "Perfiles y Postales" en radio y en las páginas del diario Noticias de la Costa. Trabajos originales del responsable de este blog, Carlos Espinosa. Se ruega citar la fuente si se realizan reproducciones o referencias)



domingo, 2 de mayo de 2010

Desde Zerba a Cubanea, la historia de una colonia italiana en la Patagonia

El Castillo de los Malaspina (arriba) domina el paisaje de Zerba, pequeño pueblo italiano desde donde llegaron varias familias al Valle Inferior del río Negro, allá por 1860. Un fresco, sobre una pared de la casona familiar de los Malaspina en Carmen de Patagones (abajo) muestra el villorrio tal como era a mediados del siglo 19.



Esta crónica contiene un apretado relato sobre la creación de la colonia de inmigrantes italianos en Cubanea, a unos 50 kilómetros de Viedma. Los datos centrales surgen de una extensa y amena charla con la investigadora Mirta Madies, Magíster en Políticas Sociales y profesora de Geografía, que hace más de una década estudia los notables orígenes de este emprendimiento.

Los resultados de la precisa investigación de la profesional permiten asegurar que las primeras acciones en el papel para la instalación de aquellos colonos itálicos en el Valle Inferior del río Negro son anteriores a la creación formal de Colonia Esperanza, en Santa Fe, por parte del emprendedor salteño Aarón Castellanos.Don Manuel Alvarez, juez de paz y comisario de Patagones, hacendado y hombre de negocios, quien según las referencias de Emma Nozzi tuvo heroica actuación en el combate de Patagones de 1827, a principios de 1853 firma el contrato para la radicación de un grupo de familias italianas, de la región de Génova. La llegada de los inmigrantes se demora un tiempo, no se sabe exactamente el por qué, y en el ínterin, para 1856, ya se instalaron en Esperanza los colonos suizos, alemanes y franceses, entre otros europeos del centro. “Si no hubiese sido por esa dilación Cubanea estaría registrada en la historia argentina como la primera colonia agrícola organizada” afirma Mirta Madies.Aquel hombre influyente estableció el convenio con 30 jefes de familias italianas, con el compromiso de proporcionarles “tierra en propiedad, útiles de labranza, animales de laboreo y semillas para fundar una colonia en la costa del río, aguas arriba”, según apuntó el historiador Eduardo Sánchez Ceschi en su “Crónica Histórica de Carmen de Patagones”.En la misma obra se transcribe el decreto del Gobierno Nacional el 23 de agosto de 1853 en los siguientes términos: “se aprueba el anterior contrato y en los términos a que ha sido reducido de conformidad entre el Juez de Paz y los individuos de la adjunta relación, siendo prevención que los víveres para su manutención sólo les serán suministrados durante un mes después de su arribo a aquel punto, y de cuenta del Gobierno su pasaje”.

¿Pero, quien era este Manuel Alvarez, que proyectaba colonias agrícolas junto al río más caudaloso de la Patagonia? Es altamente probable que se trate del mismo “comerciante distinguido” (originario de Buenos Aires) que al naturalista francés y viajero Alcide D’Orbigny le pareció “asombroso” encontrar en Patagones unos cuantos años antes (de la fundación de Cubanea), en enero de 1829.¿Cuáles habrán sido los antecedentes para la firma del contrato entre Manuel Alvarez y los italianos? Mirta Madies no encontró documentación fehaciente, pero ensaya una hipótesis probable, acerca de un contacto previo entre el juez de Paz (y encargado de las migraciones) y miembros de la Legión Agrícola Militar (de influencia Garibaldina) que en 1856 funda la localidad de Nueva Roma, en cercanías de Bahía Blanca. “Era un conjunto de italianos con fuerte capacidad de emprendimiento, tal vez alguno de ellos viajó por el mar hacia el sur y llegó a Patagones con natural curiosidad por este puerto tan importante” dice, sobre el particular.“Lo que sabemos es que los inmigrantes itálicos que se relacionan con Alvarez proceden de las cercanías de Génova, y en este punto vale recordar que el Corsario Fiori, aquel que participó de la defensa de Patagones en el combate de la batería, era precisamente genovés” agrega después.

¿Por qué desde Zerba?

Pero lo que sorprende a Mirta es “cómo llegan a Cubanea inmigrantes italianos nacidos y crecidos en un pequeño pueblo, llamado Zerba, que tenía unos 1.500 habitantes hacia 1850, ubicado a 60 kilómetros del mar y del puerto de Génova en una región montañosa”.“En esa época en la Liguria los caminos eran muy rudimentarios y la conexión entre Génova Y Zerba, en un pequeño valle, era difícil de transitar por senderos. Esa travesía se hacía a caballo y, también, a veces simplemente caminando. Nos podemos imaginar que aquellos inmigrantes llegaron con gran sacrificio al puerto en donde se embarcarían hacia América; y quizás, como era común que ocurriese en esos años, durante el viaje algunas mujeres pueden haber dado a luz, y otros viajeros se habrán enfermado. Pensemos que aquellos integrantes de la familia que decidían viajar tal vez eran acompañados hasta Génova por sus parientes, y estos posiblemente ya no volvían al pueblo, porque optaban por una nueva vida” comenta.Sobre la cantidad de familias que efectivamente llegaron a su nueva radicación, en la ribera sur del río Negro, dice que “según los registros que pude comprobar son alrededor de 8 a 10 familias, con varios integrantes, que se instalaron en los parajes Rincón de Cubanea, Rincón de la Leña y Rincón de San Roque, todos cercanos entre ellos. Pero no hay anotaciones fehacientes hasta bastante tiempo después de su arribo, cuando se les presentan problemas de tipo legal con la posesión de las tierras que ocupaban y se inician expedientes de reclamo, de donde se rescatan los apellidos” explica.En su paciente y analítica búsqueda de datos Madies consultó los trabajos de mensura de campos registrados por los agrimensores Díaz y Heusser, que hacían un relevamiento, medían y describían los grupos familiares radicados en cada parcela. “Otros planos que pude consultar en esa etapa corresponden al trabajo del agrimensor Telémaco González, de 1883” añade.El interrogante sobre la conexión inicial entre Cubanea, en el territorio nacional de Río Negro, a 80 kilómetros del mar Atlántico y Zerba, Liguria, a 60 kilómetros del Mediterráneo no tiene (por ahora) una respuesta convincente para la exigente investigadora que entrevistamos.

Los apellidos pioneros

Mirta vuelve atrás en su reconstrucción documental. “Fueron los archivos de tierras los que permitieron emerger los apellidos pioneros de la Colonia Cubanea: Malaspina, Esteban, Razzari, Ferrino, Ferrín, Sacco, Serra, Bianchi, Quini, Gattoni, Barbieri, Deli Antonio (que después se convirtió en Degliantoni)". Agrega que “los primeros en llegar fueron después llamando a sus primos, hermanos y novias, que en algunos casos habían quedado esperando en Zerba”.La reconstrucción del conjunto de viviendas, que no formaban un agrupamiento del formato tradicional que reconocemos como un poblado sino que estaban dispersas y separadas por varias decenas de metros; y el trazado de una topografía aproximada, fueron otras preocupaciones de Madies.“Me propuse descubrir la percepción colectiva de lo geográfico, desentrañar lo que aquella gente pensaba sobre el lugar en donde vivía. Partía de una realidad: la enorme diferencia entre el marco de Zerba y el de Cubanea. Por ejemplo: allá tenían que ir a buscar el agua a un río montañés y correntoso, seguramente elevándola a balde hasta el terreno en donde cultivaban, en terrazas elevadas; las viviendas de dos plantas tenían las habitaciones en la parte superior y por debajo el establo, en donde por las noches frías se reunían buscando el calor de los animales. Acá el agua del río les llegaba con facilidad, por el régimen de crecidas y mareas, que formaban lagunas y albardones; la tierra para sembrar estaba en el llano y sus aptitudes agrícolas les permitieron prosperar en la frutihorticultura; y las construcciones de una sola planta se adaptaban también a la llanura, con un invierno menos duro, con distinta duración del día solar y menores exigencias de almacenamiento de leña y alimentos” relata. Pero aquellos inmigrantes tuvieron que adaptarse a la navegación del río, la principal vía de comunicación con Carmen de Patagones; aunque también se largaban en carros por el camino de la margen izquierda. Cuando los niños fueron creciendo la necesidad de educación obliga a los grupos familiares al traslado a Patagones, pero los agricultores mantienen las tierras en explotación; aunque el golpe de gracia fue la inundación de 1899 que destruyó las viviendas y arruinó las plantaciones; tras lo cual la colonia se despobló. Pero aquellas familias ya mencionadas siguieron establecidas en la Comarca y sus apellidos permanecen en la comunidad.

Los Malaspina, los del castillo

Una de las familias llegadas de Zerba es Malaspina, que en el pueblo de origen le da nombre a un antiguo castillo. Llamado por un hermano (y con otros parientes ya establecidos) el joven Félix Malaspina llegó “con una mano atrás y otra adelante” en el mismo año de la catástrofe hídrica, 1899. Con sacrificio y empuje progresó y fundó una familia, con un próspero comercio. Por 1927 ya tenía su amplia casa propia, sobre la actual calle Yrigoyen, y unos años más tarde apareció por allí un artista trotamundo que se ofreció para hacer algunas tareas. José “Pepe” Malaspina, hijo de don Félix y nacido en 1905, le contó a Mirta que el pintor se interesó por el origen del dueño de casa, ¡y resultó que conocía Zerba y sobre la base de su memoria, y los aportes del propio Malaspina pintó el paisaje aldeano en un fresco que aun hoy se conserva en lo que fue una amplia sala de recibir!“Un maravilloso recuerdo, la presencia de un cuadro que refuerza el relato de la historia familiar, con la reconstrucción de Zerba en una pared de Carmen de Patagones, tan lejos en la geografía pero tan cerca en el sentimiento” apunta Mirta Madies, ya en el final de la charla. La estudiosa (siempre desde una geografía de la percepción que supera la mera descripción física de los lugares) nos descubrió una historia desconocida, llena de afectos y emociones, plena de humanidad. Por Internet el cronista pudo asomarse a la actualidad de Zerba; tiene tan sólo 117 habitantes (censo de 2005) de los cuales en invierno apenas quedan 30, y el castillo de Malaspina (cuya torre fue recientemente reconstruida) domina desde el monte Lesima el antiquísimo villorrio. Aquí en Cubanea sólo se conserva la tahona (rueda de piedra para moler trigo) que usaron aquellos colonos.

jueves, 29 de abril de 2010

Una muestra imperdible: las viejas postales de Viedma

Una antigua imagen de la calle San Martín, con el centenario edificio de la Municipalidad (a la izquierda), el teatro Argentino (actual Legislatura) al fondo y a la derecha la temprana arboleda de la plaza. La muestra de postales en la Asociación Amigos de lo Nuestro es una oportunidad imperdible para realizar un paseo en imágenes por el pasado viedmense.
Unos pocos días atrás en la Asociación Amigos de lo Nuestro de Viedma se inauguró una muestra de postales antiguas, que propone un viaje en el tiempo. El fino e inteligente trabajo de rescate de 50 postales de distintos momentos, su reproducción y ampliación digital, más la compaginación del orden de la exhibición, son mérito de Mónica Nebiolo, responsable de la Fototeca de la entidad, con sede en calle Rivadavia 146 de la capital rionegrina.
Las paredes de la sala invitan, en efecto, a realizar un recorrido por la memoria de los cambios suscitados en el paisaje ciudadano de Viedma. Se arranca a principios del siglo 20 con vistas de la antigua Municipalidad (en la actualidad el Museo Tello, en transición hacia esa misma casona de la Asociación), la costa del río y la cárcel vieja, sobre la calle Alem. Algunos de esos trabajos tan remotos llevan la firma e impronta de Luis La Valle, un calificado fotógrafo radicado en Viedma hacia 1900.
Luego se avanza hacia las décadas del 40 y el 50, en donde las fotos permiten identificar la Catedral, el río y los barcos de gran calado que obligaban a levantar el gigantesco brazo de ese Goliat de hierro que es el puente ferrocarretero. En imágenes captadas en algunos casos por Mario Longhi (otro gran fotógrafo) y luego editadas por César y Marcelo Bagli (propietarios de prestigiosas papelerías e imprentas) aparecen la silueta de la Psiquis (la atrevida estatua de la Costanera, que mostraba un pecho semidesnudo para horror de muchos habitantes de Viedma del año ’20); la plaza San Martín con su famoso palco para la banda de música (el que provocó sarcástico comentario del periodista porteño Roberto Arlt); la avenida 25 de Mayo repleta de rosales, con un hotel Roma de ladrillos a la vista; el frente de la actual Legislatura, cuando todavía era el teatro Argentino; y la insólita presencia de dos hidroaviones en las aguas del río.
La postal más emblemática de la serie correspondiente a la primera mitad de la centuria pasada es la misma que fue utilizada para la promoción de la muestra. Es aquella donde se observan dos autos transitando por la calle Gallardo hacia el “puente de los curas” que cruzaba sobre el canal de provisión de agua a la cárcel, en cercanías de la quinta San Isidro de los sacerdotes salesianos, que más tarde fue asiento del seminario y en la actualidad constituye el complejo educativo que alberga los colegios San Francisco, Don Zatti y Padre Vecchi.
En medio del polvo se adivinan las siluetas de los ocupantes de los rodados, uno de ellos cargado con bártulos, como si se tratase de una mudanza.
Después, en el otro lateral, nos encontramos con postales en colores, que se corresponden con ediciones de las librerías Abel y Casa López, de los años ’60 al ’70. Desfilan ante nuestros ojos los techados de rojas tejas del ministerio de Hacienda y ex banco Provincia (el edificio que alguna vez se proyectó para hotel de Turismo); la plaza San Martín cuando lucía el busto al Padre de la Patria (con un anónimo chiquilín sentado en los escalones del rectángulo central); la obra de avanzadas líneas arquitectónicas de la Escuela Normal y Colegio Nacional sobre calle Lavalle (hoy José María Guido); una modesta villa balnearia marítima que aún se conocía como Massini, con amplios espacios baldíos; el aeropuerto Castello con flamantes instalaciones; y las anchas avenidas sin autos a la vista, que eran una característica de la serena Viedma de entonces.
Cada foto postal dispara una historia de recuerdos personales y colectivos. Las pretéritas esquinas se convierten en el centro de atención, por caso la de las calles Colón y Buenos Aires en una toma muy poco conocida, de principios de la década ’40 cuando ni siquiera estaba Casa Cortés. Los asistentes traen sus propios registros y comentan cosas como “aquí vivía mi abuelo”; “me contaron que acá estaba lo de fulano”, “esta casa está igual que hace 70 años”.

La plaza San Martín de Viedma, ágora de la capital, a través de los tiempos

Hay sitios públicos que se transforman con el correr de los años y cambian su fisonomía. Es el caso que nos ocupa: la plaza San Martín de Viedma, establecida a partir de la reconstrucción de la ciudad después de la inundación de 1899, registró en estos ciento y pico de años una serie de mutaciones interesantes.


Según los relatos del vecino Cándido Cámpano, recopilados por Nancy Pague en el libro “Viedma entre 1920 y 1930, en la memoria de don Cándido Campano”, la primera urbanización se realizó en tiempos en que el teniente coronel León Quaglia gobernador (1926-1929) del Territorio del Río Negro.
Campano recordaba que en ese tiempo “hicieron las diagonales y las cruces y las rellenaron con tierra de la manzana donde ahora está el edificio de Vialidad Nacional, el resto quedó en hondonada”. Quien fuera juez de Paz de Viedma añadía que “le pusieron cañerías para regarla y algunas estatuas: la Venus de Milo y esculturas de animales. Quedó tipo parque, muy linda, con sus bancos.”. Después señalaba que “en el año 1927, durante la visita que hizo a Viedma y Patagones el embajador de España, don Ramiro de Maestú, donó una fuente muy sencilla, que fue instalada pero no funcionó”.
Don Cándido también mencionaba que “por esos años (fines de la dé cada del ’30) las autoridades municipales hicieron construir frente a la Municipalidad (el actual emplazamiento del Museo “Gobernador Tello”) una especie de palco, grande, alto, muy bien hecho, para que tocara la banda de la Gobernación” y consignaba que en un depósito ubicado debajo del piso del palco guardaban sus herramientas los placeros.
El famoso palco
Esta construcción, una glorieta o palco, era realmente muy grande y desentonaba en el marco de la plaza todavía con árboles jóvenes. (ver foto arriba) En el verano de 1934 la mencionó el periodista y escritor Roberto Arlt en sus crónicas de viaje por la Patagonia en una forma bastante jocosa. Escribió, en su columna del diario El Mundo que “en la plaza principal, enfrente de la Municipalidad, han construido un pabellón de cemento armado para la banda y posiblemente discursos oficiales. Bueno, eso no parece un pabellón sino un albergue para elefantes, tan descomunalmente grande es. Uno lo mira y sin saber por qué experimenta ganas de reirse”.
Con absoluta indiferencia por el ácido comentario del talentoso cronista el sitio fue frecuentemente usado, no sólo por las bandas musicales de la época; sino también, para los juegos de los chicos en bicicleta y monopatín, así como para algún adelantado que ya calzaba patines sobre ruedas.
Otros datos
Pero volvamos a las memorias de Campano. Cita que en 1934 se plantó un retoño del pino de San Lorenzo; pero se terminó secando y en diciembre de 1978 se volvió a plantar otro retoño, sobre el lateral de la avenida 25 de Mayo, casi enfrente de una conocida casa de artículos de gas. Hay allí una olvidada placa que señala la presencia del árbol histórico en cuestión.
En las postrimerías de la década del ’40 el entonces gobernador del Territorio Miguel Montenegro hizo rellenar los desniveles que todavía tenía la plaza. También, en un alarde de diseño que se enmarca en el estilo de la arquitectura oficialista de los años del primer gobierno peronista, dispuso cubrir todos los caminos internos con baldosas de color rojo que ahora, por el paso del tiempo, apenas tienen una ligera coloración rosada y presentan muchas roturas. El ingeniero Montenegro se sentía muy orgulloso por su obra y le gustaba que lo llamaran “el gobernador que hizo embaldosar la plaza San Martín”. Por ese tiempo se tiró abajo el palco de la banda, quizás dándole la razón a Roberto Arlt (que para entonces ya había muerto, en 1942).
El busto y el monumento a San Martín
Al gobernador del territorio Carlos Gallardo (1903-1913) le corresponde la iniciativa de entronizar, en el centro del paseo, sobre una pilastra de dos metros de alto, un busto del general José de San Martín, fundido en el Arsenal de Guerra “Esteban De Luca” de Buenos Aires, con el bronce de dos cañones de la campaña militar encabezada por el general Roca. Cuentan las crónicas de ese tiempo que Gallardo propuso la realización de 8 bustos similares, como parte de los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo en 1910, pero los trabajos se demoraron un par de años. Las otras siete esculturas gemelas se hallan en San Antonio Oeste, Guardia Mitre, Conesa, Río Colorado, Choele Choel, Roca y Allen.
El interventor militar de la gobernación, general Roberto Requeijo (1969-1972), se ocupó también de la plaza San Martín. En febrero de 1971 hizo remover el busto de bronce del Padre de la Patria, que fue a parar al vestíbulo central de la Casa de Gobierno en donde todavía se conserva, trayendo desde Buenos Aires una réplica de aleación del célebre monumento de San Martín a caballo.
Más cambios en el tiempo
A mediados de la década de los 60 el sistema lumínico de la plaza estaba en crisis, lo que favorecía naturalmente los arrumacos de los novios en los bancos instalados en el medio. Al intendente Oscar Hugo Mauri se le ocurrió, en 1967, reemplazar las columnas de hormigón -con dos bolas de vidrio de lámparas incandescentes- por modernas farolas con luminarias a gas de mercurio, a las que se adosaron unos bancos de diseño original, realizados en hormigón con revestimiento de pequeños azulejos llamados “venecianos” y un espacio para maceteros.
En 1984 el primer intendente de la recuperada democracia, Carlos Larreguy, ordenó arrancar el cerco bajo de ligustrina que rodeaba todo el perímetro de la plaza y limitaba el ingreso a la misma sólo por los caminos embaldosados.
En 1986, poco después del anuncio del proyecto de Raúl Alfonsín sobre el traslado de la capital, las Madres de Plaza de Mayo encabezadas por Hebe Bonafini hicieron en la plaza San Martín su tradicional ronda de los jueves y pintaron sobre las baldosas el ícono de sus pañuelos. Esa huella es repintada anualmente y se incorporó definitivamente al paisaje del paseo, aunque se perdió el grabado de un monolito recordatorio de aquel hecho, del que también tomó parte el obispo Miguel Esteban Hesayne.
En esta apretada síntesis falta mencionar otras intervenciones de renovación parcial, pero lo concreto es que la plaza de los poderes públicos rionegrinos permanece sin cambios importantes desde hace más de dos décadas.
La plaza de los actos
Pero la significación de este sitio, como ágora republicana, también comprende la memoria de momentos y visitas históricos. En su ámbito, por caso, se concentraron en noviembre de 1957 los vecinos que reclamaban que la incipiente Convención Constituyente reafirmara la condición de Viedma como capital de la joven provincia. Sobre la calle San Martín, en las veredas del histórico Palacio Municipal, habló el presidente Arturo Frondizi, en enero de 1961, acompañado entre otros por el intendente Guillermo Humble, el senador José María Guido y el gobernador Edgardo Castello, cuando vino a Viedma para la inauguración del Banco de la Provincia de Río Negro. También se recuerda que el expresidente Arturo Illia aceptó acompañar al interventor militar Julio Acuña, en el izamiento de la bandera el 2 de abril de 1982, en el marco de la fugaz recuperación de las Islas Malvinas.
Más cerca en el tiempo la plaza San Martín fue escenario de las primeras reivindicaciones políticas en la etapa final de la dictadura, con la presencia de Osvaldo Alvarez Guerrero (luego gobernador), y otros dirigentes. Es importante recordar también que el sitio albergó históricas luchas gremiales como los campamentos de la Unión del Personal Civil de la Nación y de la Unión de Trabajadores de la Educación de Río Negro; y fue el escenario de dramáticos enfrentamientos entre manifestantes y fuerzas represoras de la Gendarmería Nacional en la caliente primavera de 1995.
Los edificios públicos del entorno
La importancia de la plaza San Martín esta dada, por otra parte, por el entorno de los edificios públicos que la rodean. En primer lugar de aparición el palacio municipal (actual Museo Tello) inaugurado como tal, según alguna documentación disponible, para el 25 de mayo de 1910 sobre la calle San Martín.
En la fundamentación del proyecto de declaración de Patrimonio Histórico presentado por el senador nacional Luis Falcó (en el 2003) se puntualiza que “a partir de la inundación, desde 1900, las reuniones de la Municipalidad se efectuaban en un edificio de armazón de madera forrado con chapas de zinc en el lote que hoy ocupa el Correo Argentino sobre la calle Rivadavia. Allí en la sesión del Concejo Municipal del 5 de abril de 1906 Don Juan Balda mocionó la construcción del edificio municipal en el terreno que antes de la inundación ocupaba, actualmente San Martín 263, la que fue aprobada por unanimidad. El edificio del Palacio Municipal fue diseñado por el Agrimensor Municipal Guillermo Pragne en 1906, y construido por Pedro Colombo. Comenzado en mayo de 1907 mediante un acto en el que se colocó la piedra fundamental y fue finalizado en 1909. La inauguración se llevó a cabo con grandes festejos el 25 de mayo de 1910, coincidiendo con el año del centenario de la Revolución de Mayo”
En la esquina sur, de Laprida y Belgrano, luce desde 1916 la Casa de Gobierno; y en el vértice opuesto, hacia 1925, se inauguró la imponente sucursal del Banco Nación; en tanto por el mismo año se terminó la construcción de la Residencia de los Gobernadores. La casona que albergó al Colegio Nacional (hoy sede del Departamento Provincial de Aguas) fue levantada por los años 20 y perteneció a la familia Chiapello (según Campano, obra citada).
Los otros edificios estatales son más recientes: ministerio de Producción (ex torre del Idevi) de 1972; ministerio de Salud (1978); palacio de Tribunales y juzgado Federal (en los años 90 del siglo anterior).


domingo, 14 de marzo de 2010

Hace 100 años se inauguró la línea ferroviaria de la Línea Sur


El próximo sábado 20 de marzo se cumplirán 100 años de un acontecimiento muy importante para la línea sur del Territorio Nacional de Río Negro. Aquel día se produjo la inauguración oficial del primer tramo del Ferrocarril del Estado, entre la cabecera del Atlántico, en San Antonio Oeste y el pueblo de Valcheta. El acontecimiento tuvo especial relieve por la presencia del presidente de la Nación, José Figueroa Alcorta.

El clima de fiesta cívica que se vivió en aquellas incipientes poblaciones rionegrinas fue como una especie de anticipo para los grandes faustos del Centenario de la Revolución de Mayo, que sería conmemorada con multitudinarios actos el 25 de mayo de 1910.
La crónica siguiente, que procura reflejar algunos detalles del viaje de Figueroa Alcorta en el tren inaugural, fue posible gracias a la colaboración de dos apasionados difusores de la historia de San Antonio y sus alrededores: Juan Carlos Irizar, bioquímico, cronista y conductor del programa radial “La historia en piyamas”, y Adolfo Raúl Fragoza, ex ferroviario (de pura raza!) y notable recopilador de datos. Para las ilustraciones se recurrió a una colección privada, en la ciudad de Buenos Aires, donde se ubicó el artículo publicado en la revista “Caras y Caretas”, tan popular hace un siglo como lo es hoy el semanario “Gente”.
El puntapié inicial
La construcción del ramal del Ferrocarril de Estado entre San Antonio Oeste y el lago Nahuel Huapi (que demandaría más de 25 años para su ejecución total) fue alentada por el ministro Ezequiel Ramos Mexía, titular de las carteras nacionales de Agricultura y Obras Públicas de aquellos años. El plan de Ramos Mexía contemplaba el tendido de 3 ramales patagónicos, que unirían puertos y poblaciones con claro sentido integrador. Suele equivocarse algunos recopiladores de la historia patagónica al pensar que esta red ferroviaria fue diseñada y desarrollada por capitales británicos. No, fue una de las grandes obras del Estado. Que después fuese especialmente aprovechada por los ingleses, para transportar con flete barato la lana esquilada en sus enormes estancias, es otra historia.
Estaban proyectadas las líneas Comodoro Rivadavia-Colonia Sarmiento; Puerto Deseado-Colonia Las Heras; y la que atravesaría todo el sur de Río Negro: San Antonio Oeste-Nahuel Huapi. Este diagrama se completaría con un ramal que correría de norte a sur, al costado de la Cordillera de los Andes.
Los estudios previos a la obra del ramal que nos ocupa estuvieron a cargo del geólogo estadounidense Bailey Willis; y para la dirección técnica fue contratado un joven ingeniero italiano, que ya acumulaba experiencia en la construcción de la primera línea de subterráneos de Buenos Aires: Guido Jacobacci. Los trabajos comenzaron a fines de 1908, con la instalación del muelle de Punta Verde, en el mismo sitio en donde la municipalidad de San Antonio Oeste creó un balneario marítimo de enorme belleza. Allí comenzaron a llegar, por barcos de ultramar, los cargamentos con rieles, durmientes y clavos, tres grúas de gran porte, herramientas de diverso tipo y la primera locomotora, que fue importada de Inglaterra semi desarmada. ¡San Antonio Oeste bullía de actividad, con sonidos nuevos y una interesante mezcla de idiomas hablados por los técnicos y operarios.
Irizar escribió (en uno de los cuadernillos de la serie “Rescatando Ayeres”) que “no estaba en la imaginación de los pioneros, que hasta entonces sólo habían pensado en un pequeño puerto que acortara el camino de las carretas, esta nueva situación que ahora les caía del cielo”.
Describe después el avance de los rieles. “El ritmo de trabajo era muy bueno. Se colocaban 600 metros de vía por día y se transportaban 140 toneladas de carga útil, entre balasto, vías, herramientas, provisiones para los animales, etc”.
En diciembre de 1909 se completaron 100 kilómetros de vía, y a principios del otro año los rieles estaban llegando a Valcheta.
Aquel gran día
Adolfo Fragoza recibió al cronista en su casa de San Antonio Oeste y en amena charla desgranó datos de gran importancia, sobre la construcción del ramal y la primera etapa hasta Valcheta. Debe tenerse en cuenta que este memorioso vecino, con casi 84 años de edad que cumplirá en mayo, fue ferroviario durante casi 5 décadas y es hijo de otro trabajador del riel, que ocupó distintas funciones a partir de 1913, por lo cual su conocimiento del tema es cabal y muy fuerte su pasión por la historia del ferrocarril.
De su trabajo escrito “Paralelas de acero”, con su consentimiento extraemos estos párrafos del gran día, aquel 20 de marzo de 1910.
“Con la llegada de nuevo material rodante entre ellos tanques para el transporte de agua, se produce la inauguración del primer tramo de vía entre San Antonio y Valcheta, el 20 de marzo de 1910, con la asistencia del Presidente de la Nación Dr. José Figueroa Alcorta, acompañado por el Ministro de Obras Públicas Dr. Ezequiel Ramos Mexía. También integró la comitiva el Dr. Roque Sáenz Peña, sucesor en la Presidencia de la Nación de Figueroa Alcorta. La inauguración oficial de los primeros cien kilómetros de vías se llevó a cabo en el galpón de cargas de Valcheta adonde arribaron, luego de haber abordado en el muelle de Punta Verde, el tren presidencial. El presidente había llegado al puerto de San Antonio en el vapor de río “Mitre” junto a su comitiva y la banda de la marinería de Puerto Belgrano.
El paso del presidente por este pueblo fue saludado por los vecinos quienes no pudieron hablar con el primer magistrado observándose carteles de bienvenida. Uno de ellos decía textualmente: En 1810 se abre a la vida una nueva nación, en 1910 se abre a la vida una nueva región.
Con gran júbilo los pobladores de San Antonio festejaban la provisión de agua desde Valcheta por ferrocarril, que comenzó a producirse inmediatamente después de la inauguración de este primer tramo de vía. Se había cumplido la etapa más importante de la proyectada línea férrea que proponía a esta población un cambio sustancial en la vida de sus habitantes.
Un hecho para destacar fue el que protagonizó el Dr. Roque Sáenz Peña cuando en el primer asentamiento ferroviario ubicado en el kilómetro cinco, derramó gérmenes de trigo, avena, cebada y lino prometiendo volver, cuando sea presidente, para observar el fruto de ese puñado de semillas. Efectivamente, ya siendo presidente, en viaje a Ushuaia hizo escala en el puerto de San Antonio para verificar personalmente el resultado de aquel simbolismo que había dejado en pleno desierto patagónico”.
El presidente en Río Negro
Hace 100 años los viajes presidenciales al interior no tenían la breve extensión ni la vertiginosidad de los traslados actuales en modernos aviones jet. El presidente Figueroa Alcorta le destinó 6 días a la visita al Territorio Nacional de Río Negro, con dos entradas por vías y transportes diferentes: al Alto Valle en tren y a San Antonio Oeste en barco.
De la consulta a la crónica de “Caras y Caretas” es posible extraer estos datos sobre el itinerario. El día 15 de marzo a la diez de la noche partió de Plaza Constitución un convoy especial en el que viajaban el presidente Figueroa Alcorta, el ministro Ramos Mexía, el futuro presidente Roque Sáenz Peña y otros invitados especiales. El destino era la estación de Cipolletti adonde llegarían en la tarde del día 16, para trasbordar a una flota de autos con dirección a la zona de la Cuenca Vidal, en donde el día 17 se colocó la piedra fundamental del Lago Pellegrini “obra que contribuirá al desenvolvimiento agropecuario de aquellas apartadas regiones”.
Terminada la ceremonia ese mismo día 17 de marzo toda la comitiva presidencial volvió al tren, para volver atrás en el camino, con destino al Puerto Militar de Bahía Blanca. El día 19 el jefe de Estado y sus acompañantes se embarcaron en los buques “Buenos Aires”, “9 de Julio” y “Madrid” para una navegación de un día hasta Punta Verde, en San Antonio Oeste. Allí nuevamente subieron a un tren, en este caso una formación del Ferrocarril del Estado hacia la punta de rieles en Valcheta, a 109 kilómetros de distancia. La crónica de “Caras y Caretas” consigna que, en su discurso, Figueroa Alcorta “abundó en consideraciones sobre la misión colonizadora de los ferrocarriles del Estado”.
Finalmente, después del almuerzo servido en la barraca de Peirano, el presidente y todos sus acompañantes retornaron en tren a San Antonio Oeste y de allí en barco nuevamente, hasta el Puerto Militar de Bahía Blanca. La parte final del largo recorrido, entre Bahía y la capital de la República fue realizada en tren, para llegar a Plaza Constitución el día 21 a las 23,55.
Culminaba así un largo recorrido por el Territorio Nacional de Río Negro, cuando faltaban muy pocos días para el Centenario de la Revolución de Mayo y casi todos los espíritus de elevado criterio estaban expectantes de las grandes celebraciones.
“La nota sobresaliente del viaje anfibio –escribió un ignoto periodista en “Caras y Caretas”- la constituyó la presencia de 50 pesquisas que, escalonados a lo largo del convoy presidencial no dejaron de anotar en sus carnets toda palabra que remotamente pudiera herir la susceptbilidad del augusto viajero”.
“A más de los 50 ‘pescaos’, el comisario Vieyra Latorre, encargado de la intangibilidad del presidente, reforzó las líneas defensivas con 25 chafes de particular”, añadió el periodista, y cabe agregar hoy que la cuestión de la seguridad del presidente Figueroa Alcorta era un problema de Estado ante la creciente ola de atentados de sectores radicalizados del campo popular, como lo eran los anarcosindicalistas. Por esa misma razón en las semanas previas al 25 de mayo se realizaron, en Buenos Aires, “razzias” y detenciones masivas de personas de “conducta sospechosa”. Aquí en Río Negro no se detectaron sujetos que pudieran poner en peligro la integridad del ilustre visitante.

domingo, 7 de febrero de 2010

Dos efemérides históricas del balneario de La Boca, antes llamado Villa Mazzini

Arriba el recorte de La Nueva Era de febrero de 1919, con la noticia del heroico rescate del gobernador del territorio y su esposa por parte de los jóvenes hermanos Bagli. Abajo una vista de Villa Massini, el Balneario de la Boca cerca de Viedma, poco después de 1917, cuando comenzó la instalación de las primeras casillas.
Nos ocupamos hoy de dos efemérides del mes de febrero que contribuyen en la compilación de la historia del actual Balneario El Cóndor, antes Villa Massini (el apellido del fundador) y siempre “la Boca del río Negro”. En 1917 la instalación de una casilla de madera y chapa, ahora en plena restauración; y en 1919 la heroica acción de dos jóvenes que rescatan de las aguas al gobernador interino del Territorio.


¿Cuál es la fecha formal de fundación del Balneario de la Boca del río Negro? Sobre este tema el cronista ya fijó posición (ver “Perfiles y Postales”, Noticias de la Costa, 14-enero-2007) al estimar como referencia válida la del 26 de enero de 1887. Aquel día un grupo de religiosos salesianos (el padre Antonio Piccono, y los clérigos Dallera, Aceto y Stefenelli, todos ellos futuros ilustres de la orden de Don Bosco) inició una excursión de tres jornadas en la zona de la Boca con alumnos pupilos de Viedma y Patagones. ¡Es el primer registro de un paseo al mar, con fines de salud y recreación!
La primera casilla
Pero hay otra fecha interesante, de la que se cumplirán 83 años en pocos días. Según datos de expedientes judiciales y de la recopilación “El Balneario El Cóndor, obra de los italianos” (trabajo inédito del recordado vecino Mario Lini) entre enero y febrero de 1917 el boticario Jacinto Massini instaló las primeras casillas, de construcción rudimentaria, para que sirviesen de refugio a su familia (compuesta por su hermana Rosa, su cuñado Tomás y la numerosa prole de la familia) en las jornadas de solaz al borde del mar.
Lini apuntó una fecha: 13 de febrero de 1917 (erróneamente en la única copia existente del original puso 1913, pero todos los demás antecedentes delatan que ocurrió precisamente en 1917) como la inauguración del asentamiento.
En la base de hormigón de las dos casillas que llegaron hasta nuestros días, en ese terreno que este mismo cronista dio en llamar “el ombligo del balneario” (ver “Perfiles y Postales”, 7-dic-08) se podían observar las fechas 1917 y 1919, como para despejar toda duda al respecto.
Con esta documentación se puede afirmar: el 13 de febrero de 1917 se inaugura la primera casita en la Boca. Y la oportuna recordación de la efeméride permite anunciar que en los últimos días la Municipalidad de Viedma inició una invalorable tarea de rescate, recuperación y restauración de esas modestas construcciones que albergaron a grupos familiares que con visión y optimismo encaraban la creación de una villa turística marítima. Esta nota tiene como ilustración la foto de una de esas casitas en su emplazamiento original, antes del traslado a un espacio municipal, cerca de la Terminal de Ómnibus.
Un gobernador a punto de ahogarse
La segunda efeméride por comentar está fechada el 2 de febrero de 1919 y se refiere a una tragedia que pudo haber ocurrido en las playas del balneario, de no mediar el coraje y el espíritu solidario de dos jóvenes, de 18 y 17 años, precisamente sobrinos del pionero Massini.
Como tantas otras veces el cronista actual le cede espacio al periodista de otros tiempos, para una exacta reconstrucción de los hechos con el estilo de redacción de hace 81 años. Se transcribe en forma completa una nota del semanario “La Nueva Era” con fecha 9 de febrero de aquel año.
El título anuncia “En la playa de la Boca” y la volanta advierte “La casi tragedia del domingo”. Lo que sigue es la crónica de exquisita redacción.
“El gobernador interino del territorio, señor Carlos Evrat y su señora esposa, han estado a punto de perecer ahogados el domingo último pasado, en la playa sud del la boca del río Negro. Se debe a la serenidad y el arrojo de los jóvenes Torelo y César Bagli que el accidente no haya tenido consecuencias fatales, como pudo haber sucedido. Cuenta un testigo de la escena lo siguiente.
Los esposos Evrat y algunas otras familias habían ido a la playa el domingo con el fin de tomarse un corto descanso y restar en algo las horas del día canicular; una vez en la playa y después de un petit lunch se organizaron excursiones por la costa, y algunos, atraídos por la delicia del agua salada, se lanzaron a ella.
El señor Evrat y su esposa bañábanse tranquilamente cuando esta sintió desaparecer la tierra bajo sus pies y su cuerpo se hundía en el abismo. El señor Evrat se apercibió y trató de nadar vigorosamente, para salvar a la señora; pero esta, aferrada fuertemente a sus ropas, impedíale todo movimiento, de manera que lo arrastraba consigo bajo el agua.
Siguió un instante de confusión espantosa: todos gritaban y se esforzaban en socorrer a los dos esposos, pero sin resultado alguno; de pronto acuden los dos hermanos Bagli y con presteza uno de ellos aferró a la señora y el otro se apoderó del señor Evrat, logrando arrancarlos a la muerte que ya los contaba como segura presa.
Los cuidados inmediatos que se les prodigaron, en pocos momentos, les hicieron recobrar el conocimiento, arrojando el abundante líquido bebido. Y el regreso, sino alegre como lo habrían imaginado por la mañana al ir hacia la playa, por lo menos no fue lúgubre como estuvo a punto de hacerlo la implacable parca.
La impresión dejada por tan ingrato suceso en el espíritu de la señora de Evrat ha sido terrible .Medida la enormidad del peligro corrido, a raíz de su salvamento, ha sufrido una grave conmoción, requiriendo como consecuencia unos días de retraimiento, para reponerse de la impresión sufrida. Actualmente la señora se encuentra ya bien, y en cuanto al señor Evrat, con su entereza y energía ha sabido sobreponerse y dominar su emoción desde el primer momento. Ambos han recibido de la sociedad viedmense en estos días afectuosas muestras de interés y congratulaciones por haber salvado de la muerte como por milagro”.
Agradecimiento y respuesta
Es de imaginarse que el episodio fue motivo de generalizado comentario, por la alta investidura del caballero que estuvo a punto de fallecer junto a su esposa, y porque los jóvenes Bagli ya se destacaban entre las familias pioneras de la villa marítima, y entre el vecindario notable de Viedma, donde su padre Tomás Bagli tenía una acreditada librería e imprenta en la calle Buenos Ares 49. Muy seguramente como bien expresa el dicho popular, “de otra cosa no se hablaba en aquellos días” hace 81 años.
Pasaron varias semanas y el 2 de abril de aquel mismo año el gobernador Evrat envió sendas medallas de oro a sus oportunos y valientes salvavidas, con una conceptuosa nota dirigida a don Tomás Bagli. Nuevamente vamos a la letra original, cabal demostración del arte epistolar de entonces.
“Distinguido señor y amigo. Un acto de abnegación y de valor, con peligro de su propia vida, no puede tener compensaciones materiales, en nuestro sentir. Es por eso que hemos querido tributar un justo homenaje moral al arrojo y el desinterés de que se revelaron capaces sus hijos César y Torello, en el accidente del mar ocurrido el 2 de febrero último, el que pudo tener consecuencias fatales, a no mediar esa intervención noble y generosa.
No puede haber mayor ni más halagadora satisfacción para un padre que la ejemplar conducta de tales hijos, lo que es fruto indudable de la inclinación de sus sentimientos, modelados por la virtuosa educación del hogar.
Sírvanse aceptar nuestro más vivo reconocimiento, con la seguridad de nuestra estimación”.
Pocos días después, el 10 de abril, Tomás Bagli le responde al gobernador. Esta carta fue manuscrita y constituye otro documento valioso, sobre el estilo de las comunicaciones; además del profundo sentimiento que exhibe. Dice así.
“He recibido con placer y conmoción al mismo tiempo su ofrecimiento inspirado por nobleza de corazón, juntamente con las valiosas y artísticas medallas con las que rindió homenaje a mis hijos César y Torello. Placer por la idea de la salvación de tan preciosas existencias y también por haberme dado usted el honroso encargo de entregar a mis hijos el recuerdo y el estímulo a acciones buenas y generosas. Conmoción por el concepto que la insinuación de los sentimientos de que dieron prueba son mérito mayormente de mi llorada esposa. Mis hijos se unen a mí en darles las más expresivas gracias. Presente mis obsequios a su apreciada esposa. Hago votos para que la felicidad reine en su hogar y Dios le conserve por muchos años en bien de los suyos y en beneficio de la Patria”.
Vale acotar que cuando Bagli padre menciona a “mi llorada esposa” hace referencia a su mujer, Rosa Massini, hermana del “hombre del balneario”, que había fallecido pocos meses antes, en medio de una fuerte depresión causada por el extrañamiento de su tierra natal.
Las medallas de oro se perdieron (¿tal vez fue un hurto?) en la casa de don César Bagli, (de quien publicamos su glamorosa foto de casamiento, junto a su esposa Teresa), pero su hijo Edgardo conservó la documentación que certifica la hazaña. Un hecho totalmente olvidado, un acontecimiento social de relevancia hace más de ocho décadas, que describe el ambiente y las relaciones personales de la época, cuando comenzaba a desarrollarse el Balneario de la Boca del Río Negro.
Quizás exista relación entre el acto heroico de los jóvenes Bagli, y el enorme agradecimiento del gobernador Evrat, con el acto administrativo del mismo funcionario, cuando un año y medio más tarde, el 22 de junio de 1920, autorizó formalmente a Jacinto Massini “para construir una casilla de baño, ocupando una extensión de terreno de 35 metros de fondo por 50 de frente, en la zona fiscal del océano Atlántico, entre el Faro y la desembocadura del río Negro”. Lo cierto es que aquella resolución legitimó las acciones previas, como la instalación de las casillas entre enero y febrero de 1917, de Massini y aquel visionario grupo de pioneros. El libro de la historia de la antigua Villa Massini está pendiente, pero estos perfiles se constituyen en modesto aporte previo.

lunes, 18 de enero de 2010

Un viaje en vapor, aguas arriba por el río Negro hacia Choele Choel, por el año 1910

Esta vieja postal, de la colección de don César Bagli (editor), le pone el marco al siguiente relato que es de pura ficción, aunque está inspirado en situaciones y personas reales que protagonizaron los viajes en barco, por el río Negro.
El 15 de marzo de 1910 el joven Agustín Monteros llega a Carmen de Patagones en la galera de Mora, después de dos días de traqueteo por polvorientos caminos desde Bahía Blanca, con inesperadas alternativas como la rotura de una rueda en cercanías de la Salina de los Ingleses (como le decían en ese tiempo a la Salina de Piedra, por la explotación a cargo de la compañía Salinera Anglo Argentina de los Mulhall) y la consecuente caía de parte del equipaje, con la discusión correspondiente entre Hilario y Suana, dos de los baquianos cuarteadores de la empresa de Mora, prestigiosa por lo puntual.
Todo lo que ocurrió durante la travesía fue motivo suficiente como para que esos calurosos días del final del verano vayan quedando en la memoria de Agustín Monteros con significado particular. Agustín tiene 24 años que han transcurrido íntegramente en los pagos de Coronel Dorrego, cerca de Bahía, en un tambo donde trabajaban sus padres. Ya superada la milicia, con la conscripción obligatoria cumplida en el regimiento de Azul, decidió cambiar de rumbo y con una carta de recomendación que le preparó el párroco de Dorrego se largó hacia la isla de Choele Choel, en la provincia de Río Negro, donde espera conseguir trabajo en un establecimiento de la orden salesiana de Don Bosco. A los conocimientos adquiridos en el tambo familiar le agregó, durante el servicio militar, el aprendizaje en el manejo de caballos y considera que está en condiciones de convertirse en un buen administrador de campos.
La galera puso fin al viaje en la plaza 7 de Marzo y con la orientación que le brindó uno de los compañeros de viaje, un próspero ganadero de cadena de oro en la cintura que volvía de Bahía tras hacer buenos negocios, enfiló hacia el puerto, bajando por la barranca. Apenas había andado unos metros y una fuerte mezcla de olores sorprendió a la nariz del joven Monteros. Eran las últimas horas de la tarde y el muelle todavía hervía en sus múltiples actividades, mientras desde los bodegones de la calle Roca ya se desprendía los aromas de asados y guisos, tentando al buen apetito de estibadores, carreros y marineros.
Apenas pone un pie en la zona portuaria Agustín pregunta cómo puede seguir viaje a Choele Choel. “Cruce allí mismo enfrente, vaya a la fonda 9 de Julio y pregunte por el capitán Roberto Abel, él es quien comanda el vapor Inacayal que debe estar por salir mañana” le informa un atento Guardia Nacional, de sable reluciente, encargado de vigilar el lugar.
Agustín Monteros, el chacarerito de Coronel Dorrego, no había salido nunca de su pueblo y aquella fonda “9 de Julio” de Patagones le pareció que era como la torre de Babel, el sitio donde se hablaban todos los idiomas y nadie se podía entender. Italianos y alemanes, polacos y negros de azabache, criollos y árabes, todos se mezclaban en el mostrador y en las mesas. Detrás de una rastra de salamines, entre bolsas de café y azúcar, estaba Don Anselmo, el jefe de ese emporio de mil artículos. Le pregunta por el capitán Abel y le indica de inmediato “es aquel hombre de bigotes gruesos, junto a la ventana”.
Finalmente el susodicho capitán le anoticia que en efecto el vapor Inacayal zarpará al día siguiente a las cinco hacia Choele Choel y paradas intermedias, que el pasaje cuesta 30 pesos y el viaje demora entre ocho y nueve días. “¡Cómo ocho o nueve días...!” se sorprende Agustín, que sin mucha experiencia marinera hace una rápida comparación con el recorrido terrestre que acaba de culminar desde Bahía Blanca en dos jornadas. “Lo que pasa es que solamente marchamos durante las horas de sol y en las de oscuridad el barco permanece fondeado, por el problema de los troncos a la deriva y las encalladuras” explica el experimentado marino y práctico.
Agustín abona el pasaje por adelantado y le quedan sólo dos pesos de sus ahorros, pero se tranquiliza al saber que “a bordo del Inacayal usted tiene asegurada una buena alimentación, jovencito” según señala el contramaestre Guzmán que allí mismo, en otra mesa de la misma fonda, administra los ingresos del barco.
Esa noche Agustín alquila una cama en los fondos de esa hospedaje, compartiendo la habitación con tres changarines del puerto que caen dormidos como maderos, cansados como perros después de haber hombreado bolsas de un quintal de trigo durante todo el día. Nuestro joven amigo también está exhausto pero no logra conciliar el sueño, sobre todo porque el alboroto de la fonda no cesa durante toda la noche. Un acordeón suena en la lejanía y una entonada voz desliza una canzoneta italiana plena de nostalgias, lo que también conmueve a nuestro personaje cuando al fin cae en una suave duermevela. Pero a las cinco menos cuarto Don Anselmo se acerca a su camastro y le pega un buen sacudón: “Muchacho, arriba, que el Inacayal ya está cargando vapor!”.
Todavía es de noche en el puerto de Carmen de Patagones y la oscuridad es casi total, dos o tres fogatas iluminan las siluetas de las estibas y los hombres que se mueven en el muelle nacional, más chico que el de Mihanovich, en donde están atracados los vapores que viajan río arriba. Varias jaulas con aves de corral y lechones están siendo cargadas sobre la cubierta del “Inacayal” y uno de los morenos que las acarrea sobre una zorrita de mano cuenta que “son para el señor Bertorello que está fundando un establecimiento modelo a la altura de Pringles”.
El contramaestre Guzmán divisa a Agustín y le pega el grito “usted, el joven que viaja a Choele Choel, venga que lo llevo a su camarote!”. Así el muchacho queda alojado en un pequeño compartimiento de dos por dos, con dos cuchetas, ubicado justo debajo del puente de mando. Su compañero de viaje será, para alegría de Agustín, un joven novicio salesiano que ya está ubicado allí rezando el rosario. Muy pronto el capitán Abel hará sonar el estridente silbato del vapor y comenzará la travesía.
La caldera del barco parece a punto de estallar y de pronto con un ruido metálico de bielas le transmite movimiento a la hélice. El buque se pone en movimiento, aguas arriba del muelle nacional, con su capacidad completa de 12 pasajeros y seis tripulantes, llevando abundante y variada carga de postes de madera dura, rollos de alambre, bolsas de trigo y semitín para alimento de ganado, algunos tanques de kerosene, artículos de almacén variados y las susodichas jaulas con lechones y gallinas de raza seleccionada.
Agustín acomoda su valija de cartón debajo de la cucheta, en el pequeño habitáculo que le toca compartir con un joven vestido con sotana, que parece un sacerdote. “Me llamo Miguel de Salvo” se presenta el joven clérigo, “en realidad todavía no estoy consagrado como sacerdote, soy nada más que un novicio” se preocupa en aclarar.
Poco más tarde, en una habitación de cuatro por cuatro que hace las veces de salón comedor y lugar de estar, con un par de largas mesas, se presentan los demás pasajeros del viaje: un comerciante libanés de apellido casi imposible de pronunciar que lleva su valija repleta de artículos de mercería, dos agentes de policía del Territroio que viajan hasta Conesa para buscar un preso, cuatro inmigrantes italianos recién llegados que sólo hablan un infame cocoliche y van buscando un pariente radicado quizás en algún punto del itinerario, un taciturno funcionario del ministerio de Obras Públicas que tiene que hacer un relevamiento de la costa, y... lo mejor de todo: dos jóvenes maestras entrerrianas: Delfina Guadalupe y María Delfina, que van con su nombramiento bajo el brazo hacia Choele Choel.
La navegación de la primera jornada tiene buen ritmo y van dejando atrás las islas cercanas a Patagones. Casi a la misma hora en que el cocinero está sirviendo un humeante puchero el barco atraca en el paraje San Javier, donde tiene que hacer su primera descarga de mercadería: los postes de quebracho.
Uno de los policías, ya acostumbrado a esta clase de travesías, comenta acodado en la barandilla “una vuelta tiempo atrás el contramaestre se confundió las guías de carga y descargó por acá unas camas de hierro que venían desarmadas confundiéndolas con los caños de un molino. Pero cuando llegamos a Conesa se descubrió la confusión, porque allá las camas que eran de tipo matrimonial eran esperadas por dos parejas de novios dispuestas al casamiento... imagínense la desilusión y el alboroto que se armó”.
El viaje sigue con un par de nuevas detenciones, para dejar una carta a un poblador que se acerca en un bote y para recibir una nueva encomienda que va para el paraje Negro Muerto. El pulso del capitán Abel se mantiene firme y como el río trae buena cantidad de agua no es difícil esquivar los pedreros.
Otra de las alternativas es el cruce con una balsa cargada de troncos de gruesos árboles, seguramente talados en proximidades de la costa. El Inacayal se les pone a la par y uno de los hombres del río salta a la embarcación mayor, colgándose de un cabo. Hay una breve operación comercial, con regateo incluido, y el leñatero vuelve con un pantalón y una camisa flamantes que le compró al comerciante libanés.
Cuando el sol comienza a esconderse detrás de los sauces de la orilla la marcha se va ralentando; y todos los tripulantes observan atentos la costa de la margen derecha, hasta que uno de los marineros pega el grito: “allí está el vasco Iturrieta”. Entonces el barco se detiene, se tira el ancla y llega la invitación del capitán “vamos a bajar en botes para comer un asado con un amigo de la compañía y después volvemos al Inacayal para dormir y bien temprano seguir navegando”.
Casi todos aceptan gustosos el convite, salvo el novicio, el comerciante libanés y el funcionario de Obras Públicas, que temen que la ingesta de carne les caiga pesada para el sueño y prefieren, en cambio, tomarse un tazón de mate cocido con pan remojado en el mismo vapor.
El asado, realizado al mejor estilo criollo en un hierro clavado en el piso junto al pobre pero limpio rancho del vasco Iturrieta, está delicioso y todos lo disfrutan. Menos los cuatro inmigrantes italianos que no saben desenvolverse con un cuchillo y un pedazo de pan como únicos cubiertos.
Nuestro amigo Agustín, ducho en estas cuestiones camperas, hace demostración de sus conocimientos y del buen filo de su cuchillo verijero; y sobre todo se brinda en atenciones con las maestras, alcanzándoles los mejores bocados. La cordialidad da pie, entonces, para que se inicie una conversación. “Dígame señorita ¿yo escuché mal cuando ustedes se presentaron hoy o las dos se llaman Delfina?”, interroga Agustín. Una de las muchachas, la de bucles castaños, contesta enseguida: “Sí, yo soy Delfina Guadalupe y mi amiga se llama María Delfina, lo que pasa es que allá en nuestra provincia de Entre Ríos es un verdadero honor para las mujeres llevar el nombre de Delfina, porque así se llamaba la valiente esposa de nuestro caudillo, el supremo entrerriano don Francisco Pancho Ramírez”, explica con la gracia propia de la tonada litoraleña.
Agustín se queda mirándola un largo rato y ella, la maestrita, siente que el rubor le gana la cara, lo que procura disimular con un comentario sobre una bandada de patos que sobrevuela el lugar, seguramente buscando refugio para la noche cercana. “Me hacen acordar a los pájaros de nuestro río Uruguay” dice, en un suspiro.
Para entonces el cielo se puso oscuro y el contramaestre da la orden “hay que volver al bote, hay que volver al barco”. Un rato después todos están en sus respectivos camarotes, pero el chacarerito de Dorrego esa noche tampoco puede conciliar enseguida el sueño, un poco por la excitación del viaje y otro poco porque en el latir de su pecho hay sensaciones nuevas para su alma. Además afuera, sobre la barandilla, los dos agentes de policía fuman y se cuentan historias de aventuras sentimentales, que naturalmente despiertan el interés de nuestro joven viajero en pleno descubrimiento del mundo.
El segundo día de navegación se presenta lluvioso y todos los pasajeros deben permanecer encerrados entre los estrechos camarotes y el compartimiento que hace las veces de comedor y sala de estar. Agustín charla un rato con su compañero de dormitorio, el aspirante de cura Miguel de Salvo, que le cuenta de sus planes en cuanto a la educación de los niños de hogares humildes bajo la inspiración de Don Bosco; después juega una interminable partida de truco con los policías y el funcionario del ministerio de Obras Públicas. Más tarde, entre risas y ocurrencias campestres, trata infructuosamente de mantener un charla coherente con los inmigrantes italianos; y es autorizado un rato por el capitán Abel para permanecer en la cabina de mando observando las maniobras entre islotes y peligrosos raigones que trae el río.
Pero, en realidad, todo el tiempo Agustín está esperando que las maestras salgan de su camarote, anhelando volver a encontrarse con aquellos ojos que la noche anterior lo hechizaron, mientras comían un sabroso asado en la costa.
Mientras tanto, bajo la persistente lluvia otoñal, el barco de carga variada y pasajeros sigue cumpliendo su misión. Se detiene en Pringles, el pueblo que hoy se llama Guardia Mitre, para realizar la complicada descarga de los jaulones con aves de corral y lechones, que son trasbordados a una chalana que los llevará entre las islas al establecimiento del señor Bertorello; pero allí también tienen que cargar más de cien fardos de pasto que llevan por destino Choele Choel y mientras los están subiendo a la planchada uno de los marineros se cae al agua.
Resulta que el pobre muchacho, un mulato grandote del barrio de los negros de Patagones, no sabe nadar bien y la correntada amenaza con arrastrarlo río abajo, ante la mirada desesperada de todos. Hay un momento de tensión hasta que el contramaestre logra rescatarlo con un salvavidas atado a un cabo de soga. Este episodio, con la gritería consecuente, logra lo que Agustín tanto esperaba: que las maestras salgan a la cubierta. Allí están las dos, pero la atención de nuestro amigo está dirigido a una de ellas: Delfina Guadalupe.
Se cruzan las miradas del chacarerito de Coronel Dorrego y la docente de las sierras de Montiel y una chispa vuelve a brillar. Sí, algo vibra al unísono en los corazones de los dos jóvenes que están allí en ese vapor de la flota del río Negro, viajando por el correntoso “Currú Leuvú” en búsqueda de un nuevo porvenir para sus vidas. Pero el diálogo silencioso de los ojos se interrumpe cuando el futuro religioso De Salvo propone a todos que se rece un Padrenuestro en agradecimiento por el afortunado rescate del marinero en apuros.
Más tarde, en el comedor bajo la convocatoria de una humeante sopa de verduras recién cosechadas de una quinta de la costa, Agustín y la joven maestra vuelven a enhebrar una charla sobre temas del viaje. “¿Te piensas quedar en Choele Choel?” pregunta el muchacho y ella contesta “Nos ofrecieron cargos en la escuela de Buena Parada, que está por la zona del río Colorado, y si la casa para vivir es limpia y no tiene goteras allí nos quedaremos”. El pecho de Agustín pega un salto grande, él confía que su sobrada experiencia como tambero le servirá para emplearse con los curas salesianos en el pueblo de los galeses (más tarde bautizado Luis Beltrán), y calcula que estará a no más de un día de viaje del destino de la dulce maestrita que cada vez le gusta más.
El viaje en el “Inacayal” se torna monótono y sólo resultan divertidas las escalas, cuando entre los paisanos de la orilla y los tripulantes se arman diálogos a los gritos porque la distancia de cien o doscientos metros y el ruido de las bielas del vapor no favorecen la buena audición. Se escuchan cosas como estas: “Capitán ¿no me mandaron el tarro de acaroina?, me mandó avisar mi compadre que se lo encargaba en este viaje...” “Mirá gringo a tu compadre no se lo ve por Patagones hace más de dos semanas, me parece que se fue a trabajar a la salina grande”. “¿Cómo a la salina, si me dijo el Aniceto que lo vio el mes pasado que se iba para el puerto de Saco Viejo?”. “No, en el boliche de Rotundo se comentaba que está en la salina”. ”Entonces, del desinfectante nada?”. “No, gringo, esta vuelta no tengo nada para vos”. Así el paso del barco no solamente es importante para los pobladores por la llegada de mercaderías sino como medio de transmisión oral de todo tipo de noticias.
Cuando las noches son claras, favorecidas por la luna llena, el capitán Roberto Abel se anima a navegar un par de horas en la semioscuridad, pero si no hay buena visibilidad enseguida para la máquina, hace tirar el ancla y un par de cabos que sujetan al vapor de un árbol suficientemente fuerte para pasar la noche. “Una imprudencia puede significar llevarse por delante algún raigón que venga flotando y abrir un rumbo en el casco” advierte, con voz de experiencia.
En una de las tantas sobremesas nocturnas, después de un puchero de gallina que estaba para chuparse los dedos, Abel prende su pipa mientras sueña con los ojos abiertos: “Ya llegará el día en que la navegación del río Negro se haga con barcos más grandes y cómodos, que se hagan los dragados y muelles de amarre donde corresponda para que todo sea más seguro; y cuando se construya el canal navegable desde la Travesía del Turco hasta San Blas, podremos conectarnos también por el mar por ese lado y la economía de toda la región va a florecer... yo sé que quizás no lo voy a ver, pero este río será la gran vía de transporte y comunicación”. (Acotemos aquí que los sueños del capitán Abel y de muchos otros que creyeron en esa forma de desarrollo nunca se concretaron y el transporte fluvial habría de desaparecer en los años ’40)
Ante este comentario el funcionario del ministerio de Obras Públicas rompe su habitual silencio y hace una acotación oportuna: “Esperemos, señor Abel, que en los despachos de Buenos Aires entiendan que este proyecto es muy serio y conveniente para toda la zona; y que no lo maten los intereses de Bahía Blanca, que quiere seguir siendo el único gran puerto del sur argentino”.
El marino, que escuchó con atención, dice finalmente: “depende de nosotros, los habitantes del sur, saber defendernos y hacer escuchar nuestra palabra”.
Pasan los días y el vapor “Inacayal” llega con fortuna, después de nueve jornadas de derrotero, hasta la floreciente localidad de Choele Choel. ¿Qué pasa con Agustín y Delfina Guadalupe en ese momento? Se miran con cálido cariño, pero apenas se despiden con un tenue roce de sus manos, pudoroso e ingenuo. Quedan de acuerdo en encontrarse en Buena Parada para las fiestas del 25 de Mayo, cuando sea celebrado con entusiasmo el primer Centenario de la Revolución de Mayo; y hasta entonces la esperanza se convertirá en un pájaro en sus almas. Porque el tiempo transcurre más rápido cuando se tiene una ilusión.
La pequeña historia de estos jóvenes, como tantas otras que ocurrieron sobre las cubiertas de los vapores que navegaban el río Negro es sólo un homenaje a tantos pioneros del trabajo en todas sus formas, personajes sin nombre que dejaron su huella anónima en el pasado, para que nosotros podamos construir nuestros relatos imaginarios.


lunes, 11 de enero de 2010

La historia del club "Flor del Juncal" contiene relatos sobre pasiones y dramas

El ciclismo fue el deporte aglutinador de las primeras pasiones de "Flor del Juncal", el club de los chicos y los jóvenes del barrio Mitre.
En el centro de la imagen, con su bici sobre los hombros, la estampa de Remigio Perfetti, verdadero ídolo de aquel club de barrio fundado en Viedma hace 60 años. Abajo: un aspecto de los festejos del primer aniversario de la institución, en diciembre de 1950.
Hace 60 años, el 29 de diciembre de 1949, un grupo de vecinos viedmenses del barrio Mitre (que por entonces no tenía personería ni reconocimiento como tal) decidió fundar un club. Le pusieron de nombre “Flor del Juncal”, por la florcita silvestre que tanto abundaba en la cercana laguna.

Seis décadas después el cronista se reunió con dos de aquellos muchachitos entusiastas de los deportes, que formaban parte de un conjunto de jóvenes y niños talentosos para diversas disciplinas y constituyeron el corazón fundador de aquel club emblemático. Hoy son dos hombres septuagenarios y recuerdan con detalle una serie de acontecimientos que dieron lugar a la creación de “Flor del Juncal”, aquel club de barrio que perdura en nuestros días, bajo su actual denominación de “Club Atlético San Martín”.
Remigio y su barrio
En el mes de julio del 2008 en esta misma sección de Noticias de la Costa se publicó una nota titulada “Por los rincones del barrio Mitre, ayer y hoy, acompañados por Remigio Perfetti”. Este es un párrafo de ese artículo.
“El barrio Mitre de Viedma tiene personalidad propia, como herencia de un desarrollo casi autónomo del resto de la aldea grande que era la Capital del Territorio de Río Negro hacia fines del siglo 19 y comienzos de la centuria siguiente.
Los hitos de ese progreso en lo comercial y comunitario todavía están visibles, por ejemplo en sólidos locales de antiguos negocios, como la esquina de las actuales Zatti y Mitre, ex almacén de Escot; y el emblemático edificio de la escuela número 2, en su momento el establecimiento educativo estatal más importante de Viedma.
En los años 40 el barrio Mitre era una población que tenía de todo: comercios en los cuales era posible aprovisionarse de toda clase de mercaderías (hasta hubo un surtidor de nafta), bares, escuelas (la 2 y las hermanas de María Auxiliadora), la comisaría (ya veremos en dónde) y, casi en el deslinde para el centro, la vieja Penitenciaría Federal.
También hubo actividad deportiva propia, primero con el club Mitre (que precisamente le dio nombre a la barriada) y más tarde con Flor del Juncal, del que ya nos hemos ocupado en ocasiones anteriores.”
Falta agregar que Remigio, vecino de muchos años en la calle Lavalle (hoy José María Guido) es el recopilador y contador de historias más caracterizado de ese sector de la geografía urbana viedmense.
Tiene actualmente 79 años y sus ojos se humedecen de emoción y orgullo, cuando afirma: “yo soy uno de los fundadores de Flor del Juncal”.
Remigio y la bicicleta
“Es muy lindo contar cómo nació el club, porque tiene que ver con mis inicios en la bicicleta” relata Remigio Perfetti, uno de esos dos protagonistas del ayer que se mencionaban al comienzo.
“Yo no practicaba el ciclismo, hacía atletismo solamente y jugaba al fútbol. Una tarde, con mi gran amigo Edgardo Pérez, ya desaparecido, fuimos a ver una carrera de bicicletas en la antigua cancha de Sol de Mayo cerca de la costanera.” recuerda, con precisión de detalles. “Mirábamos a los corredores, algunos de ellos venidos desde Bahía Blanca y entonces le dije a Pérez: nosotros que nos vamos embalados desde el barrio hasta la laguna El Juncal podríamos también anotarnos para correr en bicicleta”.
Era todo un desafío, una temeridad quizás. Pero de esa clase de atrevimientos se nutre la historia de los grandes emprendimientos.
Después de aquella tarde de observación, en el circuito lateral al campo deportivo de Sol de Mayo, decidieron anotarse, para probar suerte como ciclistas por primera vez, a fines de 1948 en la prueba “La doble Bajada de De Rege” que salía por el camino del aeropuerto hacia la cuchilla, con un recorrido de 40 kilómetros entre ida y vuelta, todo sobre el áspero ripio.
“Nosotros largamos con unas bicicletas de media carrera, yo salí cuarto y mi compañero se ubicó quinto, porque teníamos mucha fuerza en las piernas” resume el resultado.
A principios del año siguiente la dupla se anotó en la competencia ciclística más famosa de la comarca en aquellos tiempos: la del 7 de Marzo en el circuito de la plaza Villarino. Pero entonces contaron con el asesoramiento de Manuel Goyeneche –“un recordado ciclista de los buenos del pasado, un verdadero maestro que hemos perdido hace pocos meses”, acota Perfetti- quien les aconsejó instalar piñones y coronas con multiplicación, para sacarle mejor resultado al esfuerzo físico.
Sigue el relato de Remigio “nos anotamos en segunda categoría porque allí nos sentíamos más confiados, la carrera era de noche y eran 20 vueltas. Corrimos con cubiertas Dunlop de tapones cuadrados, yo gané con cuatro vueltas de diferencia y Pérez salió segundo, con dos vueltas de ventaja sobre el resto”.
“Estábamos festejando el triunfo y se iba a largar la primera categoría, entonces viene Goyeneche y dice: muchachos tienen que animarse a la primera, anótense, vayan... Imagínese, recién habíamos terminado de dar 20 vueltas a la plaza y ya salíamos de nuevo” añade.
Los dos jóvenes deportistas viedmenses sabían que en esa división se enfrentaban a entrenados pedalistas de Bahía Blanca –“yo pensé, doy unas dos vueltas y abandono” señala Remigio- pero enseguida los dos amigos sacaron gran diferencia al pelotón, aprovechando que sus bicicletas más pesadas y con gomas grandes se agarraban mejor sobre la arena en la peligrosa curva “del Correo viejo” (Baraja y Suipacha).
“Eran cuarenta vueltas a la plaza y nosotros dale que dale, cuando nos quisimos dar cuenta ya estábamos embalados y gané la prueba con dos vueltas de diferencia a un corredor de Bahía; en tercero lugar entró otro bahiense y mi compañero quedó cuarto” recuerda, con una sonrisa que revive aquel momento inolvidable, hace más de 60 años.
Angel Geottonini, el amigo de siempre
En este punto de la charla se integra Angel Geottonini, de 74 años, otro vecino de la barriada Mitre. Trae sus propias vivencias.
“Nosotros, un grupo de chiquilines de entre 12 y 17 años, teníamos un líder de deportes y entretenimientos, que nos guiaba en juegos y salidas: Remigio Perfetti. Un tipo que siempre ha sido como sigue siendo hoy, bueno y sano, solidario y entusiasta. Nos llevaba a cazar a la laguna El Juncal, nos enseñaba a pescar, pasábamos por su casa a tomar la merienda. En ese grupo estábamos otros chicos de apellidos Cornide, Vázquez, Cruzado, Bravo, Ramos… todo el barrio Mitre era uno solo y Remigio era nuestro estandarte deportivo. Lo seguíamos a todas partes, fíjese que cuando Pérez y él van a correr a la plaza Villarino de Patagones era una competencia nocturna, en el año 1948, y yo tenía 13 años y mi viejo me dio permiso porque íbamos con Remigio” apunta.
Los recuerdos tienen punto de arranque en el barrio y en un cruce de calles que ya no se llaman como hace 60 años. “Nos juntábamos en la esquina de Lavalle y Salta (actualmente José María Guido y Schieroni) para hablar de fútbol, contar historias y dejar pasar el tiempo. Y había otro alma mater del grupo, que se llamaba Máximo Calvo, un señor mayor, que era electricista, trabajaba en la usina de Viedma y andaba con el carrito que arreglaba las luces del alumbrado público en las calles. Era un hombre chiquito, menudo, y decía siempre: tenemos que hacer un club, para aprovechar a todos estos chicos, antes que se nos vayan”.
Preparatoria y fundación
Remigio y Angel se cruzan y superponen en la charla, aportan sus anecdotarios y vivencias directas. De la recopilación de datos sale en limpio que Máximo Calvo fue, en el carrito de la usina a buscar a otro vecino, don Vicente Vázquez, que era empleado de la Gobernación del Territorio y sabía de cuestiones administrativas, para ofrecerle la presidencia de la entidad que estaban por fundar.
La sede de las reuniones preparatorias fue la casa de Lavalle 1025, en lo de Rosalía viuda de Calvo. Primero el 20 de diciembre de 1949 para ajustar detalles y finalmente el 29 de ese mismo mes para definir los miembros de la comisión directiva. Primer presidente fue, naturalmente, Vicente Vázquez.
“El nombre y los colores de la camiseta salieron de la inventiva de Máximo Calvo, porque la laguna era el bastión de nuestras excursiones y por la coloración de esa flor silvestre que abundaba en la zona: verde y amarilla” agrega también.
Remigio Perfetti fue uno de los primeros deportistas que lució esos colores en la camiseta (ver la foto que muestra el trazo bicolor en la tela) y con su entusiasmo por el ciclismo impulsó, casi enseguida, la creación del Circuito Ciclístico Flor del Juncal comprendiendo las actuales arterias Schieroni (desde la esquina de la sede provisoria, en el cruce con Guido) hasta Alvaro Barros, por ésta hasta Mayor Linares y así hasta Guido de vuelta. Las carreras eran a 40 vueltas y había que mantener informado al público sobre las alternativas y los punteros, para esa finalidad de instalaron bocinas altoparlantes y el locutor-relator era un joven llamado Magdaleno Ramos.
Fútbol y atletismo
La perfecta memoria y el archivo fotográfico de Remigio permiten recomponer la primera formación de fútbol de primera división que Flor del Juncal presentó, en 1950, para debutar en la Liga Rionegrina. La escuadra estaba conformada por H. Vázquez, V. Perfetti, Peña, Pérez, Schneider, Vázquez, (que aparecen parados) y Otero, R. Perfetti, Ullua, Server y Alarcón (agachados), con una mascota infantil (en el centro de la imagen) que era Angelito Massinari.
En la posta de atletismo se destacaron Remigio Perfetti, su hermano Antonio, “Coco” Alarcón, Magdaleno Ramos, Tomás Moyano, Carlos Colombo y Hugo Vázquez. Jóvenes que escribieron páginas gloriosas para el deporte barrial viedmense.
La historia sigue
¿Aquel puñado de muchachos del barrio Mitre que se juntaba, hace 60 años, en la esquina de las calles Lavalle y Salta (hoy llamadas José María Guido y Eliseo Schieroni, respectivamente) se habrán imaginado que seis décadas después, con kilos de más y pelos de menos, el recuerdo de aquellas proezas juveniles los señala como protagonistas de una historia singular?
No, seguramente no. Porque el impulso solidario de juventud y amor al deporte que los llevó a juntarse y formar un club de barrio no admitía especulaciones a futuro, se vivía el presente, sin ganas de mirar mucho más adelante.
Eran los tiempos de la vuelta al perro; de los helados en la confitería de Salinas y Gianni; vermú en la Costa Rica; milonga en el Rancho Grande o en la Española de Patagones para los que calzaban los pantalones largos; de matiné o ronda en el cine Argentino para los más purretes; de emociones futboleras contenidas junto a aquellos aparatos de radio tipo capilla que más se parecían a una heladera, escuchando los relatos de Fioravanti con ruido de fondo; tiempo de la revista El Gráfico, que se encargaba en lo de Fresán o en Casa López para esperarla con ansiedad el jueves o a veces recién el viernes.
No, seguramente no pensaban en el futuro, ni mucho menos en lo que sería de ellos 60 años después. Aquellos muchachotes de entre 15 y 20 se morían de ganas de organizarse para apoyar el desempeño de sus dos grandes valores del ciclismo: Remigio Perfetti y Edgardo Pérez, imbatibles sobre las rudimentarias pistas de canto rodado.
Ya hemos recordado que las primeras reuniones contaron con la hospitalidad de don Máximo Calvo y su esposa Rosalía, en la casa familiar de la calle Lavalle (hoy Guido) número 1025. Fue el anfitrión, Máximo Calvo, quien propuso el nombre “Flor del Juncal” y también imaginó los colores de la camiseta: verde y amarillo, porque son los colores de la flor del junco.
El 29 de diciembre de 1949 se hizo la reunión fundacional, estaban presentes el matrimonio Calvo, un montón de chiquilines, algunos de largo y otros todavía con los cortos, y don Vicente Vázquez, un simpático empleado de la gobernación que entendía de papeles y trámites y que por eso mismo recibió el cargo de primer presidente, para resolver toda la cuestión de la organización.
La primera sede oficial de “Flor del Juncal” fue una casa cedida por la familia Ansola en la misma esquina de Lavalle y Salta (perdón: Guido y Schieroni). Ya para 1950 se organizaba el primer equipo de fútbol, que desde bien abajo (desde las inferiores) comenzaba a morderle los talones a los equipos “grandes” de aquella época, como Sol de Mayo, Villa Congreso o el desaparecido Vial Rionegrino.
Pero la actividad ciclística seguía siendo la viga fundamental del club del barrio Mitre. Por eso en aquellas polvorientas calles armaron un circuito al que, por supuesto, Remigio Perfetti bautizó como “Circuito Ciclístico Flor del Juncal” comprendiendo las actuales arterias Schieroni (desde la esquina de la sede, en el cruce con Guido) hasta Alvaro Barros, por esta hasta Mayor Linares y así hasta Guido de vuelta. En la casa de la familia Ramos, que estaba por Schieroni entre Mitre y Alvaro Barros, se instalaban las bocinas de lata de la publicidad callejera del señor Diamante Gella y un joven aficionado a la locución improvisaba el vibrante relato de las competencias de bicicleta que se disputaban en el circuito. Ese aspirante de Luis Elías Sojit era Magdaleno Ramos.
El recuerdo de Magdaleno
“Yo era atleta y me destacaba en la carrera de postas, me gustaba el fútbol y jugaba con bastante habilidad también, pero no me animaba con la bicicleta, así que mi forma de acompañar a esas glorias del deporte del pedal era el relato” recordó Magdaleno, en charla con el cronista.
El paso del tiempo no le permite precisar cuándo fue su primera “transmisión” pero aseguró que “para la segunda ya me preparé con tiempo, pusimos las bocinas la noche anterior, con varios metros de cable y una instalación que cubría toda una cuadra; y hasta teníamos avisadores del mismo barrio”.
Pero el inquieto (y esmirriado) joven Ramos (55 kilos de peso) tenía otras inquietudes volcadas a lo artístico. “En la escuela 2, donde hicimos la primaria todos los chicos del barrio, tuvimos como maestro de música al recordado Alberto Proserpi, que nos inculcó el amor por el folclore” relató. De ese “semillero” salió otro valor que con el paso del tiempo se convertiría en un calificado profesional de las danzas tradicionales: Jorge “Cuerito” Gestoso.
“Cuando Flor de Juncal iba a cumplir su primer año de vida, a fines de 1950, se organizó una fiesta en el desaparecido bar “El palenque” de la esquina de Colón y Tucumán, y se preparó un duelo de contrapunto de malambo sureño entre nosotros dos, que fue la atracción de la noche” contó también.
Una de las fotos que ilustran estas páginas (del prolijo archivo de Remigio Perfetti) muestra un momento de esa velada, y sobre el escenario se puede ver a Ramos y Gestoso (con vestimenta gauchesca) los guitarristas que amenizaron el festival, Cirilo Martínez, Jorge Gamero y Remigio Perfetti; y miembros de la comisión directiva.
La tragedia enluta al arte
Hay un episodio que ocurre en los primeros meses de 1951, cuando el barrio Mitre palpitaba el crecimiento de su club propio y las proezas deportivas de sus mejores exponentes. Fue un hecho de sangre, de inusual violencia, un homicidio por ataque de arma de fuego, que causó enorme conmoción en la tranquila aldea grande que era la incipiente ciudad de Viedma de entonces.
Le fue narrado a este cronista por varios memoriosos vecinos y protagonistas. Todos coincidieron en la descripción cronológica de los acontecimientos, pero hay discrepancias en cuanto a la consecuencia de la tragedia en la vida institucional de Flor del Juncal. El apellido de la víctima, que no era oriundo de Viedma, aparece contradictorio. Pero también hubo un pedido muy especial, que se ha respetado cabalmente, sobre mantener en reserva el nombre del homicida, como una manera de proteger el honor de su familia. Han pasado 59 años, pero para algunos de aquellos jóvenes de antes parece que el drama sucedió ayer.
Esta es la crónica. En la escuela 2 funcionaba, por las noches, un elenco teatral aficionado del que participaban varios de los mismos jóvenes animadores de las justas deportivas de Flor del Juncal. El director del elenco era un señor apellidado B. (hay otras opiniones), muy apreciado y respetado. Los ensayos se realizaban en el escenario del patio cubierto del establecimiento (estamos hablando del viejo edificio de la calle Mitre, actual centro cultural número 2) y la puerta que da al frente se cerraba para evitar las miradas indiscretas. Un grupo de muchachos ajenos al grupo teatral permanecía en el exterior, pero uno de ellos abría la puerta y curioseaba, provocando ruido y desconcentración en los actores. El director intervino un par de veces y ordenó “¡dejen esa puerta cerrada!”. Al rato se produjo de nuevo la molesta intromisión y el señor B. decidió correr tras los impertinentes muchachotes. Ya estaban en la calle, hacia la esquina con Güemes, cuando en la serenidad de la noche sonó un disparo y se lo vio caer, malherido, al propio director.
“Nosotros, los actores, habíamos salido corriendo detrás y yo me acerqué a levantarlo, lo quise tomar en mis brazos y en ese momento expiró” recordó Magdaleno Ramos. El atacante fue detenido poco después y como ya era mayor de edad purgó la condena correspondiente. “No ponga el apellido, porque su familia es de buena gente y todavía están sus sobrinos” pidió Remigio Perfetti, otro de los testigos de aquella velada de horror.
Cambio de nombre
Perfetti vincula el posterior cambio de nombre de Flor del Juncal por el de Club Atlético San Martín, en septiembre de 1951, con aquella tragedia. Como una forma de eliminar en el historial de la institución cualquier relación con un hecho de sangre y violencia que lo vinculara con la “historia negra” del barrio Mitre. Otras voces escuchadas por el cronista descartan una relación causal entre los hechos. Lo cierto es que la denominación referente a la flor de los juncales no alcanzó a usarse dos años y San Martín empezó a crecer con identidad propia.
Una escuadra imbatible
Con los años llegaría la sede social propia, sobre la calle Saavedra, el campo de juego en la periferia de la ciudad, y los triunfos sensacionales. Angel Geottonini, de cuya valiosa colaboración en este anecdotario ya dimos cuenta en la nota anterior, pidió que se hiciera especial mención de la escuadra de fútbol del campeonato de primera de 1957, que llegó a la victoria final absolutamente invicta. La foto es para el recuadro, allí están, de izquierda a derecha, de arriba hacia abajo, Antonio Perfetti, Faco Navarro, Pity Vidal, Pocho Rossi, Cachi Gómez, Julio Elosegui, Pitula Arzan, los hermanos Guttman (ayudante y director técnico); el Loco Alarcón, Mingo Gestoso, Aldo “Nene” Martínez, Angel Geottonini y Pedro Ansola. ¡Salud a los campeones de hace 52 años!
Felicitaciones a los fundadores de Flor del Juncal y los seguidores del Club San Martín.