jueves, 30 de julio de 2009

Hace 110 años la gran inundación produjo enormes daños en Viedma y Patagones

Imágenes que lo dicen todo, arriba la calle Roca de Carmen de Patagones; abajo la plaza Vintter (hoy Alsina) en el centro de Viedma. El agua arrasó con las dos poblaciones.
Hace 110 años, en julio de 1899, Viedma sufrió los efectos de una devastadora inundación que también cubrió la totalidad del valle inferior y las partes bajas de Carmen de Patagones. El desborde simultáneo del río Negro y la laguna El Juncal, ese inmenso mar de agua dulce ubicado a espaldas de la antigua Capital del Territorio, tuvo efectos tremendos y provocó un colapso institucional, en el que fue necesaria la intervención del presidente Julio Argentino Roca.


El 27 de julio fue el día más terrible, cuando las aguas desbordadas llegaron al punto máximo, de mayor altura. En Viedma la única edificación importante que logró mantenerse incólume al avance devastador de la formidable masa hídrica fue el Colegio de San Francisco de Sales, que había sido construido apenas nueve años antes en la manzana ubicada enfrente de la plaza Vintter, hoy llamada Alsina. En la esquina de las actuales calles Colón y Rivadavia, sobre el tablero de la pared de lo que fue la capilla del colegio y hoy alberga a la biblioteca popular Bartolomé Mitre, una placa señala: “Altura máxima de las aguas en la inundación de 1899”. Es un punto ubicado a dos metros sobre el nivel de la vereda. No hay ninguna otra huella del desastre. La reconstrucción posterior de la ciudad, a partir de agosto de aquel mismo año y con pleno apoyo oficial después del decreto del presidente Julio Argentino Roca del 9 de mayo de 1900, no dejó ningún testimonio físico de la inundación. Sólo se conservan algunas pocas fotos, como aquellas que fueron tomadas desde el observatorio meteorológico de los curas salesianos en el pináculo de la torre del reloj y en la zona portuaria maragata. La visión que muestran esos documentos es aterradora, todo es un mar, hacia el lugar que se mire.
El avance de las aguas
Las crónicas de los periódicos de la época y de los informes elevados por los sacerdotes a la inspectoría de la obra de Don Bosco permiten armar el relato cronológico de los acontecimientos.
La creciente del río, como consecuencia de intensas lluvias producidas en la alta cuenca del Limay en los meses de mayo y junio, avanzó desde el Alto Valle llevándose todo por delante. La población del Fuerte General Roca quedó inundada entre el 16 y el 20 de julio. La inauguración oficial de la línea ferroviaria desde Bahía Blanca hasta Roca, que se había previsto para el primero de julio con la presencia del propio presidente Roca (con el obvio homenaje a su persona), tuvo que hacerse sobre el tren a la altura de la localidad de Chelforó porque las aguas había cortado el terraplén de las vías.
El río venía hinchado y las inundaciones de sus valles se produjeron de acuerdo con la disímil altitud de cada una de las depresiones. El pueblo de General Conesa quedó totalmente bajo las aguas el día 23 de julio, pero en Viedma ya había alarma el 18. El gobernador José Eugenio Tello, cuya actuación en los momentos más críticos del desastre sería ejemplar, dispuso evacuar la sede de la Gobernación, que estaba ubicada en la esquina de las actuales calles 25 de Mayo y San Martín; y ordenó la construcción de terraplenes de defensa sobre la zona costera. Para el día 20 llegaban a Viedma las noticias de la destrucción total de Pringles (hoy Guardia Mitre) y San Javier.
Un relato impecable
Un anónimo cura salesiano fue el redactor del informe remitido a sus autoridades religiosas, donde se narran con detalles impecables algunos momentos de aquellas jornadas de desconsuelo y temor. Las citas fueron tomadas de un artículo del número 18, junio de 1997, de la revista “La Galera”, y las consultas ante historiadores de la orden de Don Bosco no lograron identificar al autor del escrito.
“El 1 de julio llegaron aquí las primeras noticias de la inundación y el día de la Virgen del Carmen (16) el río Negro comenzó a salirse de madre. La autoridad y la población entera no se dieron punto de reposo para conjurar el peligro, levantando por todas partes grandes terraplenes. (…) La tarde del día 21 empezaron las aguas a abrir brecha en los terraplenes que defendían el NO del pueblo y a inundar este en su parte más baja. La mañana del 22 vi desde nuestro observatorio avanzar rápidamente enormes masas de agua que al caer sobre el pueblo rompieron toda barrera y en menos de media hora todo quedó inundado”. “En las cárceles el agua subió desde los primeros momentos a dos metros, los presos se salvaron habiendo sido trasladados a Patagones debidamente custodiados. (...) En la plaza de la Gobernación (las aguas) subieron en pocos momentos a cinco metros. (...) El 23 no obstante la festividad del día que era domingo, todo el mundo, también nuestros hermanos y algunos de los niños más crecidos trabajaron con febril actividad para sacar de las casas y trasladar a lugar seguro lo que más pudieran. (...) El 24 llegó el vapor Pomona con algunos socorros, y 24 barcas para el salvamento. Accediendo a mis instancias las autoridades trasladaron a nuestras casas las oficinas de la gobernación, de la comisaría y del telégrafo con todo el personal respectivo. (…) El día 25 amanecimos aislados y rodeados por todas partes por las aguas, que cubren completamente la plaza Vintter, frente a nuestros edificios. Esta plaza, destinada a mercado, ocupa uno de los puntos más elevados de Viedma, así que al cubrirla las aguas, sólo quedaban todavía libres nuestras casas y la iglesia. El agua, en tanto, había llegado a los tres metros en la plaza, por lo que las autoridades valiéndose de la fuerza armada obligaron a las personas que aún quedaban a abandonar el pueblo, lo que hicieron también al momento las Hijas de María Auxiliadora y nuestros Hermanos, menos cinco que quedaron conmigo y con el ingeniero Schieroni” ”.
Otros párrafos del informe salesiano consignan que ·”al anochecer del día 26 el señor gobernador nos mandó una orden perentoria para que nos trasladáramos todos a Patagones, a excepción del ingeniero (se refiere a Eliseo Schieroni) y dos hombres que debían pasar la noche sobre una barca que se les había dejado de reserva. (...) Los días 27 y 28 aumentó la creciente y el agua subió a dos metros en nuestro Colegio. Y como si aún no fueran bastantes nuestras desgracias un viento huracanado acabó de poner la nota lúgubre a tamaño cúmulo de desastres y miserias”.
Ya para entonces la totalidad de la población de Viedma, estimada según las diversas fuentes históricas en unas 600 personas, había sido evacuada a Carmen de Patagones. Pero la elevada población maragata también sufrió los efectos de la crecida y el agua anegó todo el sector del puerto. Hay viejas fotos que muestran el patio interior del edificio que hoy ocupa el museo histórico Emma Nozzi convertido en una laguna, con un bote desde el cual se rescatan muebles y personas. El torrente también avanzó por la calle Roca hasta los primeros escalones del caserón de la familia Sassenberg, hoy conocido como el “castillo de Landalde”.
A pesar de la situación de emergencia las crónicas de la época no mencionan la existencia de ninguna víctima fatal. Solamente se encontró la referencia a una niña ahogada en el relato que, allá por 1979, efectuó a periodistas del diario “Río Negro” el viejo vecino maragato Otto Becker, testigo de la inundación cuando tenía unos pocos años de vida.
El gobernador Tello, que supervisó personalmente la evacuación y rescate, y con el ingeniero Schieroni organizó las débiles obras de defensa, instaló el gobierno del territorio de Río Negro en Patagones, pero a principios de agosto el gobierno nacional dispuso el traslado a Choele Choel. Ya para entonces las aguas estaban bajando y cuando llegó la primavera de ese año la gente empezó a reconstruir sus viviendas. En noviembre de 1899 el presidente Roca dispuso crear una comisión técnica que dictara un informe sobre el lugar más conveniente para el reasentamiento de la capital territoriana. El ingeniero Cesar Cipolletti opinó favorablemente por Choele Choel, mientras el ingeniero Luis Silveyra y el propio gobernador Tello votaron para que siguiera siendo Viedma y en ese sentido se volcó la decisión presidencial. Eugenio Tello defendió a Viedma ante el Gobierno Nacional con pasión y acertados criterios, muchos de ellos inspirados por su amigo el ingeniero Schieroni. Por eso a Tello se lo denominó el “refundador de Viedma” después de la catástrofe de la inundación del 99.
El desastre
Un artículo del periódico “La Capital”, de julio de 1922, relata que en aquellos momentos dramáticos “el gobernador Tello que andaba en un caballo overo ensillado con recado, recorriendo los suburbios de Viedma ya inundados a inmediaciones de lo de Humble, barrio de las piedras y cercanías de la chacra de Berreaute, tuvo conocimiento que la última defensa del pueblo construida en la parte oeste de la actual casa del doctor Hildemann y la de doña Canuta Centeno había sido arrasada por las aguas que invadieron seguidamente la plaza Alvear (actual San Martín) y casas que la circundaban”.
Acerca de las razones de la crecida y el arrastre de las aguas cabe consignar por último que no sólo cedieron las defensas de la costa sino que Viedma se vio anegada fundamentalmente por la salida de madre de la laguna de El Juncal, ese enorme espejo de agua ubicado a las espaldas de la ciudad, un poco más allá de donde hoy se encuentra el barrio Mi Bandera, que se extendía desde el Zanjón de Oyuela hasta cerca de la desembocadura. Había pasado la inundación, la capital del territorio empezó a reconstruirse, pero por delante los viedmenses tenían el gran desafío de secar la laguna. Hubo varios intentos y debates estériles, finalmente entre 1927 y 1928 se cerraron los boquetes que permitían el ingreso de agua y las obras de defensa. El escurrimiento y secado por evaporación de la gran laguna se demoró una década más.



miércoles, 22 de julio de 2009

El penoso abandono de los viejos galpones ferroviarios de Patagones

Arriba el interior del enorme galpón donde guardaban los coches dormitorios, abajo ese depósito y el taller de mantenimiento para locomotoras y vagones; todo en estado de abandono y destrucción.
Coro Ferría y su esposa Adela brindaron sus recuerdos al cronista. El "Negro" Ferría recordó en particular la intensa actividad en aquellos galpones, en otros tiempos.



Sobre el lateral del boulevard Juan de la Piedra, en el amplio predio de la estación ferroviaria de Carmen de Patagones, se encuentran en desgarrador estado de abandono dos enormes galpones. Fueron construidos hace más de 80 años y servían para depósito de vagones de pasajeros y mantenimiento de locomotoras.

El objeto de esta crónica es el rescate del olvido, pero también el estímulo de algunas ideas soñadoras sobre el destino que pudiera dársele a esas enormes construcciones si alguna vez se lograse ponerlas bajo jurisdicción municipal y restaurarlas para uso de la comunidad.
Coro y sus recuerdos
Para el primer propósito, la reparación de la memoria, fue entrevistado Francisco Aníbal “Coro” Ferría (95 años por cumplir el 13 de octubre) quien recibió al cronista en la atenta compañía de su esposa Adela.
Coro fue mecánico del ferrocarril y trabajó en la estación de Patagones. Estuvo mirando las fotos, en la pantalla de la PC portátil, y enseguida desgranó sus recuerdos.
“Este galpón (el de paredes revocadas y techo recto) era para reparación y mantenimiento de locomotoras, con dos vías y sus correspondientes fosas. El tren pasaba para el fondo, para el triángulo (un trazado de vías que permitía invertir el sentido de marcha completo de una formación sin desenganchar la locomotora) y la máquina entraba cuando volvía. En el otro (el de ladrillo a la vista y techo de dos caídas) se guardaban los coches dormitorios, que quedaban acá cuando el tren iba para Bariloche, y se volvían a enganchar después a la vuelta; tenía portones y entraban seis vagones, en las dos vías interiores. Se trabajaba mucho, en la limpieza y revisión de los coches de acuerdo con el parte que pasaba el mecánico del tren, que avisaba si faltaba alguna lámpara o fallaba un freno, lo que hiciese falta”.
Ferría sintió enorme pena en su alma de ferroviario al observar el estado ruinoso de aquellos antiguos ámbitos de su trabajo: ”pensar que aquí hacíamos tantas cosas, en la parte de taller se levantaban las locomotoras con un gato hidráulico y se cambiaban piezas, una rueda por ejemplo; y ahora, qué lástima que no se usen para nada”.
En el transcurso de la charla, como siempre animada con anécdotas de todo tipo, no faltó el recuerdo de penosos accidentes laborales, que en oportunidades diferentes costaron la vida de dos operarios, en ese sector de los galpones. “Uno fue un muchacho Suracce, al que lo agarró una rueda cuando estaba enganchando vagones y otro un tal Nardi, de Bahía Blanca, quedó atrapado por el fuelle entre dos coches” rememoró.
Los galpones ferroviarios estaban abiertos durante todo el día, con tres turnos de 8 horas, porque en cualquier momento se podía presentar una necesidad de servicio. Cada turno tenía un mecánico y su ayudante, un movedor (que era el encargado de las máquinas), peones de limpieza y cambista, en total unas 10 personas; sin contar el personal de vías y obras, de las cuadrillas fija y volante, ni el de las oficinas de despacho de pasaje, telégrafo y encomiendas. Una familia de trabajo, con aproximadamente 200 personas en plena acción, para atender el intenso movimiento de la estación de Patagones. Tres veces por semana corría el tren de ida Plaza Constitución-Bariloche, con tres regresos; otros dos días había tren de Constitución a San Antonio Oeste, con su correspondiente vuelta; y un servicio diario entre Patagones y Bahía Blanca; además de los trenes de hacienda, a veces dos veces por día; y los del trigo, hasta cuatro trenes diarios en época de cosecha.
El proceso de aniquilación de los ferrocarriles llegó en distintas etapas y la estación maragata se llenó de yuyos, de nostalgias y tristezas. En la actualidad un solo tren llega por semana, y la actividad es casi nula.
Después el ferrocidio
Esta lamentable realidad de abandono y paulatina destrucción de los imponentes galpones ferroviarios se repite a lo largo y a lo ancho del país. Forma parte del fenómeno que el historiador ferroviario argentino Juan Carlos Cena llama “el ferrocidio” (el asesinato del ferrocarril) y reconoce, entre sus primeros antecedentes, el “Plan Larkin” (pergeñado en los Estados Unidos por un militar con ese apellido) que intentó instrumentar el presidente Arturo Frondizi en 1961 y originó la más prolongada e intensa huelga de trabajadores del riel de toda la historia gremial nacional. La sistemática destrucción del sistema ferroviario, con el objetivo avieso de eliminar servicios de carga y pasajeros para dejar esas explotaciones en manos de las empresas de transporte terrestre, avanzó en tiempos de la llamada Revolución Argentina (dictadura iniciada por Ongania, en 1966), se ratificó durante la administración Alfonsín (su ministro de Obras Públicas, Rodolfo Terragno elaboró un plan de privatización, que no llegó a poner en marcha en 1988); y se concretó con Menem en el poder, hacia 1994-95.
Cuando los ramales murieron estas gigantescas construcciones quedaron en desuso, como fantasmales osamentas, en algunos casos rodeadas de ingentes montañas de chatarra compuestas por locomotoras y vagones raleados de servicio.
Sobre esta triste historia es muy valioso el aporte realizado por el diputado nacional electo y calificado cineasta Fernando “Pino” Solanas en su documental “La próxima estación”.
La película refleja que ochenta mil trabajadores fueron despedidos, ochocientos pueblos se convirtieron en fantasmas y un millón de personas emigró hacia las ciudades capitales. Para Solanas, fue el mayor golpe que recibieron las economías regionales. Los 37 grandes talleres donde se fabricaban vagones y locomotoras fueron saqueados, sin que la Justicia haya condenado a sus responsables.Al pasar la totalidad del transporte de carga y pasajeros a las carreteras, el sistema entró en crisis y los accidentes se multiplicaron. Nunca los servicios fueron tan precarios ni los pasajeros tan maltratados.Otras caras del drama
Bahía Blanca fue uno de los principales nudos ferroviarios del interior del país, el más importante de todo el sur argentino en función de su puerto de ultramar. El amplio sector de la estación noroeste presenta hoy el deplorable paisaje de los galpones abandonados y saqueados, allí cerca se levanta el llamado “Barrio Inglés” casi destruido; hay estaciones olvidadas como Empalme Grünbein que son como un monumento del fatal desguace. Cuando la municipalidad inauguró la nueva estación Terminal de Ómnibus se ordenó la demolición del galpón de cargas, totalmente realizado en ladrillos, aunque una serie de reclamos de profesionales de la arquitectura y estudiantes intentaron convencer al intendente Cristian Breitenstein que esa construcción puede ser reciclada para usos culturales. El detalle de todos estos atentados contra el patrimonio ferroviario bahiense se puede encontrar, con excelentes fotos, en el sitio http://www.labahiaperdida.blogspot.com/ que produce Mario Minervino, ingeniero y estudioso de los temas urbanísticos, activo defensor de los bellos y emblemáticos edificios que aún lucen como joyas en la geografía de Bahía Blanca.
Por suerte hay sitios de la región en donde se ha logrado detener a tiempo el proceso destructivo. En la ciudad de Río Colorado las gestiones del municipio dieron resultado y la estación de trenes pasó al ámbito de la comuna, donde la dirección de Cultura instaló talleres que maneja la fundación Música Esperanza; en tanto el galpón de cargas de chapa alberga un confortable teatro, creado por la Cooperativa Quetren Quetren.
¿Qué hacer en Patagones?
Las autoridades municipales de Patagones no son indiferentes al imparable daño que sufren los galpones ferroviarios, las viviendas del personal, la propia estación de pasajeros y otras instalaciones. El subsecretario de Planificación, Alfredo Ruiz, dijo a que “la primera cuestión por resolver es obtener el traspaso a la municipalidad de todas esas tierras y sus instalaciones, que actualmente están en la órbita de la Unidad Ferroviaria provincial; se ha formulado varias veces este pedido pero la respuesta es negativa”.
“Un proyecto ambicioso sería sustituir la actual estación por otra instalada sobre la misma vía que conduce hacia el puente, de forma tal que se evitara ese largo trayecto de entrada y salida de los trenes, y de esa forma se recuperara todo ese espacio que actualmente limita el crecimiento de la ciudad” añadió.
Con respecto al uso que pudiese dársele a los viejos galpones que nos ocupan en esta nota aventuró que “podrían ser reciclados para usos culturales, deportivos y comunitarios”.
También fue consultada la directora de Patrimonio, Mónica Herrero, quien dejó volar su imaginación y dijo que “sería interesante instalar en ese predio un conjunto de elementos para la revalorización de la historia de los medios de transporte y de producción agropecuaria, abarcando no sólo el ferrocarril sino también carros y maquinaria rural”.
Con estos datos, finalmente, este cronista propone la instalación de un sueño en el imaginario popular de los maragatos. Se trata de soñar que en los viejos galpones ferroviarios se instale un museo de los medios de transporte, que permita rescatar del abandono el carretón “La Pichona” (que fue de la firma Pozzo Ardizzi y hoy está castigado por la intemperie en el predio del club Fuerte del Carmen) y otros carruajes de gran valor histórico que yacen por campos del partido. También en ese sitio se instalarían piezas ferroviarias (hay un buggy completo en la vieja playa de maniobras), arados, máquinas cosechadoras y tractores antiguos; restos de viejos camiones y motoniveladoras (hay mucho rezago de ese tipo en baldíos y depósitos municipales), y todo aquello que contribuya a la reconstrucción del pasado en materia de locomoción para personas y cargas, trabajo rural y otras actividades relacionadas.
Un sueño, por ahora.

sábado, 18 de julio de 2009

Fernando Molinari, médico de trato amable, a cien años de su natalicio

Fernando Enrique Molinari en sus años mozos (arriba) y en junio de 1968 al dejar la dirección de su querido hospital de Viedma, en manos de su colega Mario Gée que habla en el acto (abajo) Se cumplió el centenario del nacimiento de Fernando Enrique Molinari, el médico de trato amable, el vecino distinguido, el chacarero de espíritu optimista. Una personalidad recordada en Viedma, la ciudad que adoptó como suya en los años ’40, y defendió con pasión en los tiempos de la primera convención constituyente de Río Negro.

El 7 de julio del año 1909, en la ciudad bonaerense de Junín, nació Fernando Enrique Molinari. Para los viejos vecinos memoriosos de Viedma este nombre está asociado con el ejercicio ético y solidario de la medicina, la caballerosidad entendida en toda la real dimensión de su palabra, la amabilidad más exquisita y una constante preocupación por el crecimiento de la ciudad que adoptó como propia, donde fundó una familia y crió a sus tres hijos, quienes a su vez lo rodearon de una alegre y bulliciosa bandada de nietos.
Una parte de la información para la elaboración de este perfil del doctor Fernando Molinari la tomamos de la ordenanza 3038 de la Municipalidad de Viedma, cuando el Concejo Deliberante, en ese momento presidido por el profesor Nilo Fulvi, le otorgó la distinción de ciudadano ilustre.
Aquel homenaje se cumplió el 21 de abril de 1994, apenas tres años antes del fallecimiento del apreciado vecino, ocurrido el 7 de diciembre de 1997.
De Junín a Viedma
Como ya dijimos había nacido en Junín, en un hogar de humildes pero muy laboriosos inmigrantes italianos. Hizo sus estudios profesionales en la facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires, donde se recibió hacia 1942. Ya para entonces había conocido Viedma, en donde vivía su hermana, casada con el gerente de la sucursal del Banco de la Nación Argentina. El límpido paisaje del río Negro, el aire patagónico, la tranquilidad provinciana, le hicieron soñar con elegir esta ciudad como destino para su vida profesional. En ese momento todavía no tenía el título, pero le faltaban sólo dos materias para recibirse.
Tomó contacto con el doctor Domingo Harosteguy, reconocida figura de la medicina local, caudillo radical de Patagones, quien creyó prudente advertirle al joven Molinari que en las dos ciudades ya había por entonces demasiados médicos.
Sin embargo pocos meses después, cuando Fernando Molinari ya había recibido su título y se disponía a establecerse en Junín, recibió una llamada del mismo doctor Harosteguy, convocándolo de inmediato para que trabajara a su lado.
En 1945, ya establecido en Viedma, se casó con Elida María (Pirincha, para los allegados) Otárola y de ese matrimonio habrán de nacer sus tres hijos: Fernando, Eduardo y María Inés. En ese mismo año 1945 ingresó al flamante hospital nacional regional de la Capital del Territorio, que dirigía su amigo el doctor Antonio Sussini. Más adelante le tocará ejercer la dirección del hospital viedmense, cargo en el que (como veremos más adelante) fue reemplazado por su colega, el médico Mario Gée. En conjunción con otros pares, como el doctor Gregorio Iturburu, también fue miembro fundador de la clínica Viedma en los años sesenta; además de atender con puntualidad exacta su consultorio particular en un ala de su domicilio familiar.
Ejerció como “medico de familia” o “médico de cabecera”, sin horarios para asistir al enfermo de cualquier condición social en cualquier punto de Viedma o Patagones, siempre pulcro y amable, cuidadoso con sus diagnósticos; era de esa clase de profesionales que no se apura a recetar medicamentos, sino que espera que el paciente evolucione.
Los primeros años de casado y en familia los transcurrió en una casa alquilada de la calle Sarmiento, entre Saavedra y Belgrano, hasta que ya para principios de los años 50 resolvió hacerse construir su propia residencia. Con el asesoramiento de calificados profesionales hizo diseñar el confortable y muy bello chalet de la esquina de Alvaro Barros e Yrigoyen, enfrente de la plaza Alsina, una construcción que constituyó en su momento un valioso aporte a la estética urbana de la ciudad y aún hoy, en el marco de una Viedma que crece aceleradamente, mantiene su prestancia y estilo.
Pelotari y buen vecino
Fernando Molinari, como buen médico, sabía de la importancia de la práctica de los deportes y por eso fue activo jugador de pelota a paleta; socio y dirigente del club social Viedma impulsó la construcción de la primera cancha cubierta de esa especialidad en el edificio de la entidad sobre la calle Roca, enfrente de la Jefatura de Policía, en donde hoy funciona el Ipross.
No fue indiferente a la política y al proceso de fundación de la provincia de Río Negro. Era amigo dilecto de Edgardo Castello y presidió en 1957 la Comisión pro Viedma Capital, cuando sesionaba la primera convención constituyente y era necesario defender a esta ciudad de los intereses del Alto Valle.
Esa comisión de notables contó también con la participación de José María Diego Contín, Regino Casales, Julio Morchio, Angel Arias, Julio Gianni, Guillermo Humble, José María Mendioroz, Aníbal Colombo y Juan Carlos Tassara. Este grupo de vecinos realizó viajes a Buenos Aires y Bahía Blanca, con el objeto de obtener expresiones de solidaridad para la causa que consideraban justa y urgente.
Tiempo después, superadas esas controversias, siempre comprometido con el crecimiento de Viedma se sumó con entusiasmo a la sociedad con varios vecinos para la construcción del Hotel Provincial y también fue accionista de una frustrada planta deshidratadora de hortalizas en el parque industrial. Por lo mismo creyó en el futuro de la capital ligado al Instituto de Desarrollo del Valle Inferior y puso sus sueños en una chacra bajo riego, explotándola con uno de sus hijos.
Aquel 21 de abril de 1994, en una de las salas del Centro Municipal de Cultura, el doctor Molinari recibió con modestia verdadera el homenaje que le tributaron los concejales y el ejecutivo municipal al consagrarlo como “ciudadano ilustre”. Pronunció unas pocas palabras de agradecimiento y simplemente dijo que se consideraba satisfecho con su vida, feliz por los logros familiares alcanzados y por la recompensa del afecto de sus vecinos.
Ese mismo afecto por el cual, cada 7 de julio, una deliciosa pavita rellena y una fuente rebosante de pastelitos llegaba a la casa de la plaza Alsina como muestra de agradecimiento permanente de una antigua paciente; tal vez una de aquellas personas que, cuando no había plata para pagar los honorarios médicos, podía compensar la buena atención recibida con huevos frescos o un pollo recién faenado en el gallinero doméstico.
Por Zatti
Antiguos empleados del hospital viedmense, en aquellos años llamado Francisco de Viedma, recuerdan su paso seguro y cuidadoso al mismo tiempo, controlando cada aspecto del funcionamiento del centro de salud, en tiempos en que no había alcanzado la gran complejidad actual y todo se realizaba en un clima muy familiar.
Durante los primeros años de ejercicio profesional en la capital rionegrina Molinari tuvo trato con el enfermero coadjutor salesiano Artémides Zatti, quien muchas veces desde su modesto hospital salesiano requería su colaboración. Por esa razón en diciembre de 1981 fue requerido por el Tribunal Eclesiástico para el reconocimiento formal del cadáver del querido “pariente de todos los pobres”, en ese entonces en el panteón salesiano del cementerio local, antes de su traslado al mausoleo especialmente instalado en el atrio de la capilla Don Bosco.
De esa solemne ceremonia participaron, además del doctor Molinari, el maestro Juan Carlos Tassara, los vecinos Angel García, Manuel Linares y su esposa María Ester Vázquez (por la comisión Amigos de Don Zatti), Rosa Vecchi, por los parientes de Zatti; y los religiosos monseñor Rodolfo Nolasco (presidente del Tribunal), hermana Rosa Otal y el padre Felipe Casetta.
El recuerdo de Gée
En el final de esta apretada crónica sobre la respetable figura de Fernando Molinari vale insertar el recuerdo amigable y gracioso de otro querido médico, Mario Ceferino Gée, riojano de nacimiento pero viedmense por adopción.
“En 1965 cuando llegué a Viedma estaba a cargo del programa nacional de lucha contra la tuberculosis y tenía la misión de crear aquí un centro de atención de vías respiratorias. El doctor Molinari era el director del hospital y me brindó de inmediato toda su colaboración, como era su estilo, con generosidad y buena disposición. Yo empecé con un consultorio, pero al poco tiempo el servicio necesitaba más espacio y entonces se me ocurrió pedirle un sector del edificio del hospital, que había estado ocupado hasta poco antes para atención semi privada. Don Fernando, le pido que me deje instalarme en esa ala del hospital, le dije. Se rió y me contestó: vos sos como una mancha de aceite, que se va extendiendo, empezaste con un consultorio, y ahora me pedís todo un sector, lo único que falta es que me saqués de la dirección. Después de ese comentario irónico me dio la autorización, por supuesto. Pero este episodio lo habríamos de recordar Molinari y yo en junio de 1968, cuando le impusieron la opción entre los cargos de director del hospital y de jefe médico de la policía, que hasta ese momento ocupaba simultáneamente. En ese momento yo gané el concurso para la dirección y ¡en efecto! me tocó reemplazar al querido Fernando, como si se cumpliese el pronóstico de la mancha de aceite” relató Gée, con su habitual buen humor, al tiempo que facilitaba la foto de aquel acto, encabezado por el ministro de Asuntos Sociales, Víctor Rafael De Vera y el delegado sanitario federal, Aldo Neri.
Por otra parte Mario Gée corroboró, con sus impresiones, el recuerdo que permanece en el imaginario popular viedmense, cien años después del nacimiento de Fernando Enrique Molinari: “fue un excelente médico, un caballero, una persona de gran amabilidad”.


martes, 23 de junio de 2009

Elsa Mulhall de Torno, la niña de la isla que llegó a jefa sanitaria de Viedma

Elsa en su infancia de chacra y sol, la primera de la derecha, con sus hermanas
Al final del ciclo secundario, la primera de la izquierda en la fila de las muchachas


Se llama Elsa Adela Mulhall de Torno, y fue la primera mujer médica en incorporarse al hospital de Viedma, al principio de la década del 60. Nació y pasó los primeros años de su infancia en Guardia Mitre, en la isla colonizada por su abuelo, Eduardo Mulhall, el mismo que fundó la Compañía Salinera Anglo Argentina y la estancia de San Blas.

Quizás sea por la sangre irlandesa que corre en sus venas, tal vez porque ha llevado una vida ordenada y saludable, lo cierto es que Elsa (76 años cumplidos en el pasado mes de febrero) tiene contagiosa vitalidad y perfecta memoria. La charla con este cronista se deslizó, con exquisita amabilidad, por los recuerdos de su niñez, las referencias a su padre (don Jaime Mulhall, quien merece un abordaje más intenso) y el rico anecdotario de su larga experiencia profesional, compartida con recordados médicos como Emilio Nazario, Fernando Molinari, Antonio Sussini y Osvaldo Gianni.
Nacida bajo la mirada de Yrigoyen
Elsa Adela Margarita Mulhall nació en la misma isla de los Mulhall, muy cerca de Guardia Mitre, rodeada por las aguas del río Negro. “Era la época de los partos en las casas, a mi mamá la asistió doña Virginia Müller, que era la partera del pueblo. En la habitación donde nací había un enorme retrato de don Hipólito Yrigoyen, lo que me marcó desde un principio para toda la vida, porque siempre he sido y seré radical”, recordó.
Su padre Jaime Estanislao Mulhall era argentino, nacido hacia 1875 en Buenos Aires, uno de los 11 hijos del inmigrante irlandés Edward Mulhall, cofundador con su hermano Michael del diario en inglés “The Standard”, hacendado, impulsor de Bahía San Blas a fines del siglo 19 y principios del 20.
Jaime fue cadete de la escuela naval, después estudió matemáticas y fue el
autor de un importante tratado sobre densificación infinitesimal. Trabó relación con el sabio Albert Einstein, en Buenos Aires, y establecieron intercambio de correspondencia. “Murió cuando yo tenía 10 años y lamentablemente no pude aprender mucho de él, recuerdo que tenía un telescopio y yo me sentaba arriba de una banqueta y me hacía observar los astros. A la luna la pude ver en detalle cuando tendría 7 años, y me paseaba por todo el universo, por lo que es el día de hoy que cuando me pongo a observar el cielo nocturno le puedo reconocer todos los astros. Papá se levantaba a las 5 de la mañana, tomaba café y se encerraba en su biblioteca a leer y escribir, era un hombre muy especial” apuntó Elsa.
Don Jaime Mulhall era, en efecto, tan especial y liberal para su época como que estaba separado de su primera esposa, Laura Girondo Uriburu, con quien tuvo tres hijos en Buenos Aires; y se vino al sur a rehacer su vida con Margarita Jenkins, la madre de Elsa y otras tres mujeres, todas nacidas en Guardia Mitre.
“En ese tiempo no había divorcio pero cuando falleció su primera esposa y quedó viudo, ya libre, no dudó en casarse con mi mamá, en una ceremonia ante el señor Ricardo Quinteros, que en ese tiempo era juez de Paz de Guardia Mitre” reforzó el dato, nuestra entrevistada.
La muerte del padre
Como ya se dijo Elsa tenía sólo diez años cuando se produjo la muerte de su padre, a consecuencia de una insuficiencia cardíaca (“lo llamaban asma cardíaco en ese tiempo, sufrió mucho, pasó sus últimos meses en cama porque no se podía mover” apunto Elsa) y terminó su vida internado en el hospital de Patagones, bajo los cuidados del doctor Carlos Tessari, que en esa época viajaba a Guardia Mitre para atender la sala de primeros auxilios. Ese episodio marcó mucho a la niña Elsa, quien ahora más de 6 décadas después rememora detalles como que “cuando hubo que internarlo lo llevaron en una carretilla hasta el bote, para cruzar el río y del otro lado subirlo al auto”. El fallecimiento de don Jaime fue el 25 de abril de 1943 “en la cama del hospital dormía tomado de la mano de mi mamá, pero en el sueño la soltó y allí, seguramente, murió”. Poco después fue cremado en Buenos Aires y, años más tarde, en cumplimiento de su voluntad, sus cenizas fueron arrojadas al viento en la playa de San Blas.
De Guardia Mitre a Córdoba
Los primeros años de la escuela primaria Elsa los cursó en la escuelita de Guardia Mitre. Su memoria exacta le permite precisar que “ mi primera maestra fue Alba Laría, que era soltera y paraba en el hotel de Vernengo, en donde conoció al hijo del dueño, que se convirtió en su esposo; otras maestras fueron la señora Aurelia Alcaraz de Palma, Cecilia Truquín, e Isabel Agostino Andrea“ Ya tenía 12 años y su madre temía que en el largo recorrido de 4 kilómetros entre la isla y la escuela corriera algún peligro, por la proliferación de changarines y peones foráneos entre las chacras. “Entonces con mi hermana mayor nos vinimos a vivir a Patagones y terminé la escuela en la 2, enfrente de la plaza, donde era director era el señor Negri, y su esposa Livia era maestra, otra docente mía fue Dorita Ghiraldi, que después falleció en mis brazos cuando yo ya era médica, en el hospital sin llegar a tiempo a la guardia”
El secundario lo hizo en el colegio Nacional de Viedma, enfrente de la plaza, en una época de la que guarda bellos recuerdos “por los profesores inolvidables y los buenos compañeros”. Se recibió a fines de 1951 y al año siguiente inició su etapa universitaria, en Córdoba.
De esa etapa sus remembranzas no son las mejores “me fui tan lejos porque quería evitar el examen de ingreso pero fue muy duro, un transplante a un lugar en donde no conocía a nadie, y solamente tenía la compañía de una hermana mayor, que estaba conmigo”.
Médica joven en Viedma
Ya recibida de médica, ya casada con Néstor Torno, se instaló en Viedma. Un día de 1964 concurrió al consultorio del doctor Nazario para hacerse ver por una reacción alérgica “y en la charla me preguntó si no quería entrar al hospital de Viedma, me llevó a ver al director, que era el doctor Fernando Molinari y entré como concurrente, sin sueldo. También estaban los doctores Orofino, Iturburu, Tessari que venía de Patagones; y yo, que era la única mujer médica en ese ambiente, que era muy machista”.
Afirmó que “lentamente me fueron haciendo lugar y me gané un espacio, hasta que gane un concurso a fines de 1965 y empecé a cobrar un sueldo, pero ya estaba haciendo guardias y sabía que no tenía horarios, que el paciente siempre tiene que ser atendido; y nunca hice discriminaciones de ningún tipo, siempre atendí a todos por igual”.
Ocupó la jefatura de guardias del hospital de Viedma, tras la renuncia de García Díaz, y siguió en esa tarea hasta 1974. En ese momento dejó las guardias y pasó al periférico de Santa Clara, en donde siguió hasta 1981, cuando se incorporó al sistema de contralor médico al personal público. “¿Sabe cuánta gente mandé a trabajar, porque tenían licencias de tratamiento prolongado que no correspondían?” señaló en ese punto.
De la actividad hospitalaria pasó a la administración de políticas de salud. “Llegó el año 1982 y estaba el doctor Brukstein como presidente de zona sanitaria y como el doctor Alberto López se había tomado licencia por unos meses, me mandó a buscar para que ocupara durante un tiempo la dirección del hospital Zatti, en donde pude trabajar muy cómodamente, con la colaboración de toda la gente”. En marzo de 1984, ya con el gobierno democrático y cuando Remigio Romera era ministro de Salud, le ofrecieron la presidencia de la Zona Sanitaria, cargo que aceptó con la plena convicción de que “el funcionario tiene una silla con patas de cristal”; mientras mantenía ‘ad honorem’ el cargo de contralor de la Caja de Previsión Social.
En la presidencia de zona logró organizar tareas con su colega Beba Sapin, como vicepresidente, la administradora Angela Jorajuria, el veterinario Ricardo Bigatti y otros colaboradores. “Trabajábamos en equipo, en plena armonía” recordó. Hubo cambio de autoridades y pasó a la secretaría ejecutiva del Consejo de Salud, hasta que hacia fines de 1987 renunció a los cargos, para jubilarse y dedicarse con más tiempo a su familia.
Siempre con la salud
Pero Elsa Mulhall de Torno no pudo dejar la medicina del todo. La vinieron a buscar del hospital de Patagones y allá fue, para hacer guardias, que mantuvo hasta unos siete años atrás, alternando con relevos del doctor Luis Urizar en el hospital de Stroeder; y también en la sala de San Blas, donde una vez pasó un mes de enero completo. “Yo no podría haber sido otra cosa que médica, si volviese a nacer volvería a elegir esa profesión “ aseguró.
De la suma de experiencias de tantos años rescata aquella tarde de domingo en la que le trajeron un chiquito del Idevi, ahogado en una acequía. “La mamá por suerte le había hecho respiración boca a boca durante todo el trayecto, acá le sacamos agua del estómago y los pulmones, le inyectamos cafeína y recuperó el pulso, después hubo que devolverle calor al cuerpito y finalmente lo hicimos revivir. Creo que por el disgusto los padres se fueron de la zona y nunca supe nada del nene, que ya debe ser un hombre”.
Otro caso, en Patagones, cuando llegó a la guardia un muchacho joven que había intentado suicidarse colgándose con una soga en un galpón. “Estaba totalmente azul, sin aire, tenía la garganta tan aplastada por la soga que no le pasaban los tubos de oxigeno, nos costó pero lo reanimamos. Pasaron unos años y volvió a verme, para agradecerme que había vuelto a vivir”.
La otra cara, el dolor que todavía la conmueve, de aquella vez que un camión aplastó un nene de pocos años en un barrio maragato. “Llegó muerto, era irreversible, no podré olvidarme nunca del dolor de esa madre”. Para Elsa “aunque se sumen años en la profesión los sentimientos nunca se deben perder, el médico no se debe endurecer”.
Se hizo de noche, llega la despedida y en la puerta revive los cielos de la infancia, allá en la isla de Guardia Mitre, “mire como están bajas las nubes, traen agua seguro”. Tiene razón, poco después empieza a llover.



domingo, 14 de junio de 2009

Eduardo Vázquez,actor y director, pionero del teatro en Patagones y Viedma

Un caballero elegante, don Eduardo Vázquez, cantante, actor y director teatral.
Arriba: la sala del teatro Garibaldi de Patagones, escenario que administró durante varios años; abajo: el programa de una función patriótica en el teatro Argentino de Viedma, en donde hoy actualmente se encuentra la Legislatura de la provincia de Río Negro.

Hace pocos días, con motivo de la apertura del denominado “Espacio INCAA”, en el casi centenario teatro Garibaldi de Carmen de Patagones, fue recordada la figura de Eduardo Vázquez, pionero de la actividad teatral en la Comarca. Aquel actor y director de “cuadros filodramáticos” (como se los daba en llamar) tuvo a cargo la representación de la obra “La cuerda floja” en la inauguración de esa sala, en la velada del 24 de mayo de 1910.
Sobre aspectos de la intensa vida artística de Vázquez se trata esta crónica. Una serie de datos fueron tomados de un apunte escrito por Jorge “Coco” Linares, también músico de larga trayectoria en escenarios locales, hijo de María Esther Vázquez y nieto del precursor que nos ocupa.
Un gallego talentoso
Eduardo Vázquez nació en La Coruña, España, el 24 de agosto de 1877, llegó a la Argentina en los últimos años del siglo 19 y en Buenos Aires desarrolló sus primeras experiencias escénicas. Hacia 1900 se radicó en Carmen de Patagones, en donde casó con Carmen Guerrero, joven maragata hija de una familia de esta población; y del matrimonio nacieron 11 hijos. Para mantener a la prole desarrolló tareas de martillero público, y fue secretario del Consejo Escolar de Patagones entre 1908 y 1925.
Las dotes artísticas de este gallego talentoso era múltiples: como actor representaba con idoneidad papeles cómicos y dramáticos, cantaba con atiplado registro y podía tanto interpretar canciones melódicas como rítmicas zarzuelas. Esa voz de tenor alto le permitía componer sobre el escenario los roles de personajes femeninos, generalmente en situaciones humorísticas, y lograba cautivar al público con sus imitaciones.
Veamos lo que dice un suelto del 28 de abril de 1904, de La Nueva Era: “el segundo número del programa fue el pasacalle de la zarzuela ‘Niña pancha’, en la cual nuestro aplaudido Eduardo Vázquez nos demostró imitar a la perfección a una de esas hermosas y pícaras andaluzas, que con su característica gracia hacen que sean admiradas en todo el mundo”.
El prolijo registro efectuado por Coco Linares permite ubicar los antecedentes del primer elenco dirigido por su abuelo y, también, la identificación de otros de los actores (¡todos varones!) y el dúo cantable que se lucía en aquellas funciones.
Entre los nombres de los integrantes del cuadro filodramático llamado ‘Cosmopolita’ encontramos los de Julio Brocca, Juan Ferri, José Navarretti, Carlos Luca, Domingo Barilá, Jacinto Pizzorno y Miguel Calabró. En la representación de la zarzuela “El dúo de La africana” la canción central, un contrapunto entre tiple y tenor, se lucían Vázquez, en la primera de esas voces, correspondiente a una dama, y Dimas Aban. Esta pieza la cantaron en escenarios de las dos orillas, pero se destaca en las antiguas crónicas que fue ovacionada en los actos conmemorativos del 7 de marzo, en 1904, en el salón de la Asociación Española de Socorros Mutuos, a los fondos del actual teatro España que recién se construyó para 1922.
Empresario y productor
Eduardo Vázquez no se limitó a conformar y dirigir elencos teatrales, en los que también actuaba, sino que encaró con audacia el difícil rol de empresario de espectáculos. La Asociación Española refaccionó su salón de actos, hacia 1913, y se lo entrega en concesión, para la explotación de una sala cinematográfica que se dio en llamar “Cinema Vázquez”.
En 1922 la Sociedad Italiana llama a licitación para el manejo del teatro Garibaldi y lo adjudica a Eduardo Vázquez asociado con Justo Rica, por el término de tres años con opción por un lapso similar. Consigna Jorge Linares que “la nueva sociedad intercala las funciones de teatro, ya sean líricas o musicales, con proyección de películas, estas últimas tres veces a la semana”.
El recuerdo de su hija
Sobre aquellos tiempos es indispensable sumar el testimonio de María Esther Vázquez de Linares ( hija de Eduardo, el actor y cantante; madre de Jorge, el trompetista) muy conocida en Viedma por la tarea docente desarrollada como profesora de piano durante varias décadas. El material que se cita seguidamente es la trascripción de la entrevista efectuada, en abril de 1996, por la profesora Nancy Pague.
“En el Patagones de la década del 20 había dos teatros: el Garibaldi, que tenía palcos, y el España. En Viedma, en esa década, se inauguró el teatro Argentino. Mi padre, Eduardo Vázquez, que como buen hijo de español tenía mucha chispa y le gustaba lo artístico, era el empresario del Garibaldi, así que desde muy chica conocí el ambiente teatral. Siendo yo adolescente mi padre dirigía lo que se conocía como los ‘cuadros filodramáticos’, interpretados en su mayoría por chicos de entre 12 y 16 años, que no faltábamos a los ensayos e íbamos con nuestra parte bien estudiada.
Algunas obras estaban escritas en verso, como ‘El rosal de las ruinas’ y ‘Espinas de una flor’. En prosa o en verso, lo cierto es que los papeles de cada uno eran extensos y exigían horas de estudio. Mi padre nos enseñaba a interpretarlos y nosotros poníamos mucha voluntad para que todo saliera bien. Hay que tener en cuenta que la mayoría de esos chicos, que no siempre habían terminado la escuela primaria, trabajaban; y los ensayos se hacía después del horario de trabajo” recordaba doña María Esther.
Es muy simpática la situación que sigue a continuación. “También tengo que decir que entonces era mal visto que las mujeres trabajáramos en el teatro. Ahora recuerdo con una sonrisa que algunas compañeras de María Auxiliadora llevaban al colegio los programas de las funciones para que las monjas supieran que yo era artista. ¡Y eso que durante la interpretación todo era casto! En una obra los protagonistas teníamos que darnos un beso, papá me hizo poner los dedos pulgares cruzados frente a la cara, parada de espaldas al público, y el varón, tomándome la cara, besaba esos dedos. ¡El público creía que nos besábamos!”.
Las puestas en escenas tenían contenidos variados, con toques efectistas que sorprendían al público, por el realismo de los vestuarios y las caracterizaciones. Así lo relataba la hija del polifacético teatrista. “Interpretábamos comedias, sainetes, dramas, y zarzuelas. Los autores que más recuerdo son Vacarezza, Benavente y Méndez Caldeira. La mayoría de las obras tenían muchos personajes. Recuerdo una que representaba una fiesta campestre: había guitarreada, llegaban muchos invitados y hasta un Ford T subía al escenario. En la obra ‘Melgarejo’ subía también un caballo.”
Agregaba María Esther Vázquez que “el programa constaba siempre de dos partes; en la primera podía representarse una obra corta o varios números de baile, recitado, coro, monólogos, y escenificación de canciones. De éstas una que me conmovió mucho fue ‘Perdón viejito’. Mi papá hacía de viejito y lloraba, y yo, que llegaba arrepentida con una bolsita colgada de un palito, pensaba ‘¿qué hago?’ ‘¿me voy?’. El vio que titubeaba, me tocó la cabeza y me dio fuerzas para seguir. Todo era muy sencillo, pero muy emotivo”.
“En la segunda parte siempre se representaba una obra larga –continuaban los recuerdos de la hija del notable artista- que se componía de varios cuadros. Muchas de esas obras daban lugar para que participaran los músicos y cantantes locales. Creo que no se concebía el teatro sin participación de los músicos. Pero, además, los entreactos eran amenizados por orquestas que tocaban los tangos, polcas, paso dobles, marchas y valses, de moda en ese momento. En el escenario siempre había algo que entretenía a los concurrentes a la función”.
En particular sobre los intérpretes añadía que “los músicos que tienen mayor relieve en mi memoria son los hermanos Proserpi: Alejandro en guitarra, Eugenio en violín y Alberto en piano, junto a Justo Rica, que tenía a su cargo la música de los espectáculos.”
Otras precisiones de este interesante relato se refieren a los montajes escenográficos y de vestuario, en donde primaban el ingenio y la inventiva. “Para cada obra el escenario se armaba con muebles prestados, y en el caso de las que dirigía mi padre con los muebles de mi casa, que a veces quedaba desmantelada. Los trajes los hacía mi madre, casi siempre transformando los de obras anteriores. Era una época de recursos escasos y se necesitaban mucho ingenio y creatividad para confeccionar la ropa para cada personaje. A veces, para números especiales, se pedían prestados. Por ejemplo: cuando canté el fox trot ‘Y tenía un lunar’ el conductor del coche fúnebre de la empresa Melluso me prestó el frac y la galera”.
El teatro en las fiestas cívicas
Las representaciones protagonizadas y dirigidas por Eduardo Vázquez eran, casi siempre, la parte central de las actividades de conmemoración de las principales fiestas cívicas de Viedma y Carmen de Patagones, en los teatros ya mencionados.
María Esther Vazquez de Linares reflexionaba, sobre el final de la charla, allá por 1996, que “han pasado sesenta años desde la época en que anunciábamos Gran Función Teatral para presentar obras sencillas, que exaltaban valores humanos y entretenían, produciendo emoción. Al recordar vuelvo a aquellos escenarios y siento la alegría de entonces. Creo que cumplimos una función social necesaria, en esa década en la que había muy pocos motivos de distracción para la población”.
Eduardo Vázquez se alejó de la comarca en 1932, acosado por las autoridades surgidas del golpe militar de 1930. Buscó nuevos rumbos en Punta Alta, en donde ocupó varios cargos y llegó a una defensoría de menores en el partido de Coronel Rosales. Falleció en la década del 40, pero ya nunca volvió a caminar por las calles de estos dos pueblos que tantas veces hizo emocionar con comedias, dramas y zarzuelas.
(Se agradece la colaboración de Dora Vázquez y Jorge Linares, nietos del actor, y de Nancy Pague, que rescató el testimonio de María Esther Vázquez)


martes, 9 de junio de 2009

Juan B. Campastro, polígrafo y pionero del periodismo patagónico del siglo XX

Se llamaba Juan Bautista Campastro. Fue un auténtico polígrafo, un enamorado de la palabra, cuyas huellas de tinta y papel quedaron, señeras, en Jovita (Córdoba), General Conesa y Coronel Pringles (actualmente Guardia Mitre), aquí en Río Negro.
Nacido en Italia, en el Piamonte, llegó a la Argentina a fines de 1892, cuando tenía 12 años, ya para 13. Lo llamaba su padre, radicado desde tiempo antes en Patagones, como capataz de un inmigrante itálico que había hecho fortuna y desarrollaba, en la zona de Laguna Grande, un importante emprendimiento agrícola: don Carmelo Bottazi.
Juan B. Campastro contó así sus primeras impresiones del arribo al puerto maragato.
“Nos hallamos en la Argentina en la tarde del 20 de diciembre de 1892 y prontos para desembarcar del veterano barco de vapor Litoral, y pisar suelo maragato, hecho éste que convirtió en realidad lo que hube de haber soñado siempre: estar libre! Patagones en aquella tarde parecía una ciudad encantada: bellamente recostada a la falda de la loma: el bullicio de la calle Roca y los ensordecedores pitazos del barco; los dueños de los carritos de pértigo en completa efervescencia en la descarga, y mil de otros detalles aportaban belleza de una gran fiesta”.
En su encantador librito autobiográfico “Recordando a lo pasado se sazona al presente”, (que escribió e imprimió, con tipos sueltos parados a mano, en 1964, a los 84 años) Campastro traza una crónica sobre la vida rural de Patagones en aquel tiempo de su llegada (“la zona estaba invadida por mangas de langostas; grandes trechos de este acridio tapizaban el suelo y se desplazaban continuamente de un sitio a otro…”) y relata sus empleos como mandadero de la tienda Las Delicias (en la esquina de Comodoro Rivadavia y 7 de Marzo) y aprendiz en la fábrica de carruajes de Luis Decio.
Con los curas
Pero la vida del italianito tendrá un vuelco singular cuando un día se cruza con un sacerdote salesiano, paisano suyo, el padre Pedro Orsi quien (como buen hijo de Don Bosco) le hace al artículo y lo entusiasma con la idea de entrar en la escuela de artes y oficios en Viedma. Allá irá Juan Bautista para pasar, como pupilo, los siguientes seis años, aprendiendo música, herrería y… fundamentalmente: ¡el arte tipográfico!
“Corre el año de 1894, una fiebre de movimiento está esparcida en todos los rincones del colegio, en la herrería la fragua lanza llamas con olor a humo, y el martillo con sonoro lenguaje juguetea sobre el paciente yunque; en la carpintería las garlopas mutilan las maderas y le arrancan cintas que parecen víboras; en la zapatería la suela se queja de los golpes que le propina con desconsideración el chato martillo zapateril; en la sastrería las tijeras se abren y cierran con frenesí al buscar telas para cortar; los carros, unos tras otros, van descargando los ladrillos del horno de Vicente Zingoni; las paredes suben constantemente hasta alcanzar a embutir en la elevada torre el vigilante y austero reloj; gracias a la fiebre alta constructiva de un avezado grupo de albañiles y ayudantes…”
En ese bullicioso ámbito Campastro traba una especial relación con el cura Evasio Garrone, joven y dinámico, que se convertirá en amistad de por vida, a pesar de que con el correr de los años el polifacético escritor se alejará del pensamiento clerical.
Se refiere a ello nuestro personaje, en este otro fragmento de su autobiografía. “Yo por aquel entonces había salido del colegio y dado lectura de Marx, Engels y otros, me hice un socialista acérrimo y discutidor. Garrone se reía, pero no emitía opinión alguna sobre política y sólo me encarecía así: no te detengas, avanza siempre, analiza y estudia para ver la realidad política, me decía el padre Garrone”.
Junín, San Blas, Arroyo Verde
En 1900 el joven italiano soltó sus alas y se alejó de Viedma para forjarse un destino. Su primer trabajo fue en el ferrocarril, en la ciudad bonaerense de Junín, donde habrá encontrado mayor fermento para su pensamiento socialista. De allí, años más tarde, pasó a San Blas, para instalarse como herrero de una estancia. Allí trabó relación con don Tomás Iviglia, dueño de un campo, y al tiempo pidió en casamiento a una de sus hijas, Angela, a la que le llevaba 15 años de diferencia. El matrimonio entre Juan Bautista y Angela se celebró el 11 de mayo de 1907 y la pareja partió hacia Arroyo Verde, en el límite entre los territorios de Río Negro y Chubut.
Campastro armó allá su taller de herrería, al servicio de la flota de carros de la empresa Peirano y Podestá que realizaba viajes entre San Antonio y Trelew. En ese remoto paraje nacieron los primeros hijos del matrimonio.
Cuatro años más tarde el inquieto herrero soñaba con un destino más confortable para su familia y al enterarse que en la zona de Coronel Pringles (hoy Guardia Mitre) estaba en venta una chacra, con costa sobre el río, no dudó en hacer esa inversión. El 11 de mayo de 1911 llegaron en carro a su nuevo asentamiento.
La chacra y las letras de molde
Juan Bautista se dedicó con pasión a las actividades frutíhortícolas, con diversidad de producciones: frutas frescas y secas en orejones, miel y espárragos, que vendía por correspondencia a una amplia clientela de Buenos Aires y otras ciudades. Entre 1927 y 1928, en tiempos de gobierno radical, fue designado Juez de Paz de Coronel Pringles.
Más adelante, cuando el establecimiento agrícola empezó a generar utilidades le dio rienda suelta a sus vocaciones: el arte tipográfico, el periodismo, la literatura y la música.
En 1930 se trasladó a la localidad cordobesa de Jovita, compró una imprenta y fundó el periódico “El Imparcial”; dos años más tarde mudó la Minerva y las cajas tipográficas a Pringles, y comenzó la publicación del quincenario en una nueva etapa. La población de ese punto de la geografía rionegrina era de unas mil personas, sin autonomía municipal.
Pero aquella hoja impresa pronto se convirtió en caliente tribuna para la defensa de los intereses regionales.
La nota editorial de “El Imparcial” del 28 de junio de 1933 toca un tema de extrema actualidad (en el 2009, 76 años después) con el título “¿Las comisiones de fomento son representativas del pueblo o de la Gobernación?”.
Dice el artículo. “Partiendo de la base que dichas comisiones han sido nombradas por la Gobernación, de acuerdo a la ley que articula sobre el caso, fluye que dichas entidades no representan al pueblo del que forman parte, por cuanto éste no tiene la menor ingerencia en los actos realizados por aquella”.
“No encontramos razón a nuestro modo de entender en que el pueblo consienta comisiones de fomento, cuando por ley le corresponde concejo municipal electivo y nos deja contristrados el ver que haya alguien ocupado en aderezar pitanzas para caudillos, ilustres desconocidos, en vez de bregar por la autonomía de nuestro solar”. Bien clarito, don Juan Bautista. Otra prédica constante: las obras de regadío para la zona.
Valses, consejos y ayuno
Por esos mismos años del 30 comenzó a componer y editar las partituras de temas musicales populares, como los valses “Ramo de flores”, “Acacia” y “Salvado por una mujer”; y la ranchera-marzurca “La nena”. En este último caso la letra y música están acompañados por un relato tipo folletín, que cuenta las aventuras de un viajante de comercio.
En 1935 editó un libro de consejos administrativos, sobre la base de su experiencia como juez de Paz, con el sugestivo título de “Errores y torpezas que deben evitarse”, y el subtítulo de “Informaciones útiles para vecindarios, juzgados de paz y comisiones de fomento de los territorios nacionales”; que en varios de sus capítulos desliza fuertes críticas a los burócratas gubernativos. Poco después escribe y edita “Cómo se estafa al prójimo”, que contiene un curioso repertorio de “cuentos del tío” y otras avivadas de las que pueden ser víctimas sus comprovincianos.
Otra de sus publicaciones con formato de libro es “Mi ayuno de 60 días”, impreso en 1937, que es el insólito diario personal de esa exacta cantidad de días, alimentado sólo con uvas y caldos de verduras con el simple objeto de depurar su cuerpo, en un afán naturista que lo habrá de acompañar hasta el fin de su vida. Para ese cometido solía practicar nudismo y tomaba sol en traje de Adán, en un lugar discreto de la chacra, lejos de las miradas de sus familiares.
La aparición de “El Imparcial” se mantiene con regularidad durante unos diez años, después se muda con taller y todo a General Conesa, en donde a principios de los años 40 publica “Valle Inferior”, que sólo dura unos pocos números.
Nuevos rumbos
Con el advenimiento del peronismo adhiere con entusiasmo al nuevo proceso político y pone su pluma al servicio de la causa popular, desde 1948, con un periódico cuyo nombre lo dice todo: “Nuevos rumbos”, de vuelta en Guardia Mitre.
Esta será su última iniciativa periodística, hasta mediados de los años 50. En 1956 logra jubilarse como periodista y hacia 1962 se instala en una casa de la calle Alvaro Barros de Viedma, enfrente de la actual plaza Primera Junta. Sus nietos recuerdan que, ya mayor, había descubierto una nueva pasión: la fotografía, con el cuarto oscuro en su dormitorio. Tenía 91 años cuando murió, allá en Guardia Mitre, el 7 de setiembre de 1971.
En su querido pueblo la biblioteca popular luce su nombre (iniciativa del ex intendente Angel Zingoni, uno de los nietos que aportó materiales para esta crónica) pero la figura enorme y casi legendaria de Juan Bautista Campastro se perdió en el tiempo. Esta nota es sólo un aporte, escaso e incompleto, para su rescate y revalorización.
(Se agradece la valiosa colaboración de los hermanos Zingoni-Campastro: Diana, Delia y Angel)

domingo, 31 de mayo de 2009

Mario Gée, de La Rioja a Río Negro, 50 años con la medicina

Mario Ceferino Gée (apellido de origen inglés que se afrancesó con los años) nació en el pueblo de Chepes, La Rioja, el 1 de septiembre de 1930, pocos días antes de la caída de Hipólito Yrigoyen. Con esfuerzo propio (su padre era ferroviario y el dinero en casa no sobraba) se recibió de médico el 1 de junio de 1959, al rendir su última materia en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.

El cincuentenario del desempeño de su profesión lo encuentra en Viedma, el sitio del mundo que eligió como suyo hace 44 años. “Estoy muy agradecido a la gente de la comarca, por el acompañamiento y el afecto de tantos pacientes y sus familias. Son muchos años de vida aquí, con el desempeño de importantes responsabilidades como la dirección del hospital Zatti que tuve a cargo durante casi 11 años, y un paso fugaz por el Consejo de Salud Pública, además de la jefatura del programa de Lucha Antituberculosa para Río Negro allá por 1965” sintetiza, cuando arranca la charla, en la intimidad de su prolijo consultorio de la calle Perito Moreno al 200 en la capital rionegrina.
Con su impecable guardapolvo blanco y sonrisa fácil, rodeado de los cuadros y diplomas que acreditan su infatigable vocación por el estudio, Mario Gée trazó el relato de su vida, en una tarde de mayo.
Ese compañero de adolescencia
“La escuela primaria la hice en Chepes, pero cuando terminé el sexto grado mi papá pidió traslado a La Rioja capital, para que pudiese hacer la secundaria. Allá lo tuve de compañero durante los cinco años a Carlos Menem, que era un muchacho más, nada especial, de buen humor, un poco vago y amigo de las farras. Fuimos compinches durante toda esa época y yo jamás me hubiera imaginado que iba a realizar una carrera política ni mucho menos que llegaría a la Presidencia”, recuerda.
Años más tarde el compañero de secundario, ya ungido gobernador de su provincia, lo llamaría para ofrecerle el ministerio de Salud de La Rioja. “Le dije que no, porque estaba muy bien aquí en Viedma, pero después cuando llegó a la Rosada me ofreció la cartera de salud nacional y nuevamente le rechacé el ofrecimiento, creo que esa vez se enojó conmigo”.
Estudios y farmacia
“Si bien todos mis compañeros de la secundaria se fueron a la universidad a Córdoba yo marché para Buenos Aires, porque allá tenía una tía, con la que finalmente no me pude quedar, porque me imponía horarios que no eran compatibles con los estudios. Por eso me fui a una pensión y para pagarle conseguí trabajo en una farmacia, del barrio de Primera Junta.”
“La última materia la rendí el 1 de junio de 1959, y era Partos. El profesor me preguntó: ¿cuántas materias le quedan? Esta es la última, le contesté. Bueno, embrómese, se le acabó la buena vida, porque ahora va a ingresar en la jungla, me dijo y no olvidé nunca de sus palabras”.
Plan Argentina 20
“Apenas recibido rendí examen para entrar en el programa Argentina 20, y en el año 1960 fui elegido como jefe del equipo de encuesta sobre tuberculosis, a través de un convenio muy importante entre el ministerio de Salud de la nación, la Organización Mundial de la Salud y UNICEF. Fuimos a trabajar en equipo a las provincias de Chaco y Corrientes con las técnicas y aparatos más modernos de la época, con los equipos de abreugrafia y vehículos Willys. Fue un trabajo muy interesante”.
“Del norte nos mandaron después a Neuquén y alto valle de Río Negro, y una parte de La Pampa, hasta que el golpe militar de 1962 interrumpió el programa y todas las campañas sanitarias. Me fui entonces a trabajar al Centro Nacional Epidemiológico de Recreo, Santa Fe, que era de avanzada; pero en 1964 volví a Buenos Aires y me pusieron como jefe del programa nacional de Tuberculosis de todo el país.”
Ya en Viedma
“Pero ya no quería quedarme en la Capital, yo quería volver al interior y en 1965 me ofrecieron radicarme en Río Negro, como jefe de lucha antituberculosa de la provincia, cuando era titular del Consejo de Salud Pública el doctor José Alberto Cibanal, de Río Colorado. Me radiqué en Viedma, donde en 1968 gané por concurso la dirección del hospital Zatti”.
Siempre aprender
La capacitación permanente fue una consigna que se impuso desde joven y la ha mantenido vigente siendo ya un hombre mayor, a costa del sacrificio de los viajes y las distancias. Recuerda que “durante todo el año 2001, ya con 70 años de edad, todos los martes a la noche viajaba en micro a Buenos Aires, asistía allá a un curso de especialización durante todo el día y a la noche volvía para Viedma, así que me pasaba dos noches seguidas arriba del colectivo, las conté y fueron un total de 68”.
Ese esfuerzo tenía un objetivo concreto “porque desde mucho tiempo antes había tenido ganas de especializarme en estética clínica, cosa que tuve que postergar por las múltiples ocupaciones que me fueron surgiendo”.
Antes, en los años 80, Gée se especializó en alergias y concurrió a la cátedra de Enrique Mathov (un alergista prominente, homónimo del ex ministro de De la Rúa) “que nos enseñó a trabajar en alergia holística, porque el cuerpo humano es toda una unidad y al paciente alérgico hay que revisarlo completo, de los pies a la cabeza”.
El dolor y la fundación
El capítulo más doloroso de la vida de Mario Gée se abrió un día de marzo de 1986.”La pérdida de una hija es algo de lo que uno jamás se puede reponer, para mí es como si hubiese ocurrido ayer” dice, y una profunda tristeza se adueña de su rostro, cuando recuerda aquella mañana lluviosa en Buenos Aires y un accidente de tránsito sobre la avenida Rafael Obligado, enfrente del aeropuerto metropolitano Jorge Newbery, del que resultó víctima fatal su hija Patricia, de apenas 22 años.
“Estaba llena de vida, entraba a su cuarto año de medicina, quería especializarse en nutrición; y al mismo tiempo estudiaba ballet en el teatro Colón” relata como apretada síntesis, mientras contempla el retrato que ilumina una de las paredes del consultorio.
Pero Mario y su esposa Teresa se repusieron al dolor y lo convirtieron en trabajo por la comunidad, porque el 16 de julio de 1994, fecha en que la muchacha hubiese cumplido 30 años, pusieron en marcha la Fundación Patricia Gée, con el doble objetivo de trabajar contra la adicción al tabaco y la prevención de accidentes de tránsito.
“Creo que nadie debiera fumar sobre el planeta, porque el cigarrillo es letal... y pienso, también, que se salvarían muchas vidas si la gente fuese más prudente a la hora de manejar un vehículo” señala Gée.
La entidad desarrolló intensa actividad durante sus 12 años de vida. Se dictaron conferencias y se realizaron en Viedma, con gran éxito, las Primeras Jornadas de Educación Vial: además de otras tareas como la difusión por medios de comunicación regionales y distribución gratuita de cintas refractarias a la luz para colocarlas en bicicletas.
Como resultado de este quehacer la Asociación Luchemos por la Vida (que establece las principales campañas nacionales, por radio y TV, en materia de educación vial) le otorgó a la Fundación Patricia Gée su premio anual de 1997, que Mario mostró con orgullo al cronista (ver foto). Se trata de una estatuilla, creada por la artista plástica Alicia Toscano, que simboliza el triunfo de la vida sobre la muerte, especialmente en aquellas tragedias absurdas y evitables que llegan sobre ruedas, es decir, las muertes por accidentes de tránsito.
En la lucha contra el tabaquismo, durante esa época, Mario Gée realizó un original (y audaz) estudio sobre el hábito de fumar en los médicos, que llevó a París, en 1994, a la 9º Conferencia Mundial sobre Tabaco o Salud; en donde cosechó aplausos y admiración. “Con nuestro francés improvisado, mezcla de inglés y español, nos hacían todo tipo de preguntas” recuerda.
Sobre ese tema apunta que “el 50 por ciento de los médicos fuma y yo también lo hice, entre los 18 y los 36, pero cuando me di cuenta que me hacía mal le dije chau al pucho”.
“También hice unos 2.000 tratamientos personalizados gratuitos, con aplicación de acupuntura a través del rayo Láser, que arrojaron resultados excelentes porque en el primer trimestre el 92,3 por ciento de los pacientes dejó de fumar, aunque después hubo algunas deserciones” puntualiza. Agrega que “fue la primera experiencia de ese tipo en el mundo, pero cuando quisimos publicar los resultados tuvimos un problema con la computadora y se perdió casi toda la información”.
Pero, por encima de estos méritos, la Fundación Patricia Gée dejó de funcionar en el 2006 “porque faltaba apoyo, mi señora y yo nos habíamos quedado prácticamente solos y yo no quería andar pidiendo favores a nadie, ni siquiera al presidente Menem”.
El mensaje para un estudiante
La noche viedmense ya estaba avanzada y llegó la última pregunta: hoy, con 50 años de experiencia profesional, ¿cuál es el consejo que le daría a un joven que manifiesta su interés por estudiar medicina?
La respuesta surgió sin dudar en los labios de Mario Gée. “Es una carrera difícil que hay que afrontarla con mucha vocación y dedicación, porque es un trabajo que tiene muchas aristas. También le digo que no se vuelque hacia lo material, eso lamentablemente genera problemas y causa equivocaciones en el camino. Un buen médico no siempre logra la riqueza y muchas veces para ser rico tiene que hacer cosas raras, y yo le aconsejo que si tiene ese objetivo mejor es que se dedique a otra profesión, porque la medicina tiene una connotación humanística muy profunda. Uno tiene que atender a todos los pacientes por igual, ricos, de clase media o ricos, dedicándole todo el tiempo que necesita, y no eso de atender uno cada 15 minutos, como hacen algunos colegas.”
En la puerta, el final: ¿Cuándo va a colgar definitivamente su guardapolvo? La risa y la afirmación: “Todavía no pienso en eso, porque me siento firme y tengo que ayudar a un hijo-nieto que está estudiando Derecho”.

domingo, 24 de mayo de 2009

Lalo Fernández y su travesía familiar desde la Patagonia hasta Alaska


Oscar “Lalo” Fernández es veterinario, fue titular del Senasa, y se proclama viajero empedernido, respetuoso de la vida en la naturaleza. Hace 13 años, con su esposa, su hija y una amiga de esta, protagonizó un viaje de largo aliento: Tierra del Fuego-Alaska. Un itinerario estimulado por una ilusión de adolescente: de ese muchacho aventurero que aún hoy comparte el cuerpo con el hombre maduro y experimentado de 72 años.

“Cuando tendría 15 años leí los famosos libros de Jack London, ‘La llamada de la selva’, ‘Comillo blanco’, ‘La quimera del oro’, y quedé fascinado por la descripción del paisaje de Alaska” explicó Lalo, en el comienzo de la larga charla, con el atardecer sobre el río Negro como telón de fondo, desde el mirador de su casa de Carmen de Patagones.
La reconstrucción del viaje de ocho meses de duración, y 60 mil kilómetros de recorrido, entre ida y vuelta de Tierra del Fuego a Alaska, y retorno a Buenos Aires, quedó en una serie de pinceladas, apenas unos trazos sobre el lienzo, que resultaron fascinantes a los oídos del cronista, y ojalá interesen también a los lectores.
Lalo Fernández es un excelente y ameno narrador, sostiene el relato y lo condimenta con gestos y acotaciones, muchas de ellas ya escritas en el borrador de… ¿un futuro libro?
El arranque
Fue a principios de 1996, Lalo acababa de vender una casa en Patagones, el dinero estaba depositado en un banco; y tenía una camioneta Isuzu de cabina doble, con doble tracción, aire acondicionado y dirección asistida, con 130 mil kilómetros ya recorridos pero un motor “que sonaba lindo”. El tiempo estaba por delante, sin compromisos a la vista, así que todo estaba dispuesto como para organizar el viaje. “El asunto era llegar a la lejana ciudad de Fairbanks, de la cual sólo sabía que era la ciudad más boreal de Alaska. Esa, entonces, sería mi meta; contaba en mi mochila con algunos antecedentes a mi favor, como haber transitado en Argentina y fundamentalmente en la Patagonia por un muestrario de todos los caminos que eventualmente podía tener por delante”.
Lalo ratifica hoy, 13 años más tarde, que la falta de orientación fue absoluta, que el Automóvil Club Argentino, ni tampoco la Federación Interamericana de Automovilismo pudieron darle cartografía útil.
El compromiso autoasumido por Lalo Fernández y su esposa, Susana “Viyela” Masera, era arrancar desde Tierra del Fuego; y allá estuvieron el 20 de marzo de 1996, el último día de ese verano, dispuestos a la partida hacia el norte, para avanzar con las semanas y los meses en la primavera y el verano boreales.
La primera parte del recorrido, por los caminos de la Isla Grande, fue para los viajeros motivo de recuperación de memorias y emociones, porque ya habían transitado por esos caminos en ocasiones previas. Llegaron nuevamente a Buenos Aires y se encontraron con una sorpresa que, de buena forma, les habría de cambiar el estilo de la travesía. Lucía, la hija del matrimonio, y su amiga Ayelén, ambas de 20 años llenos de expectativas, habían decidido subirse también ellas a la Isuzu. “Había lugar, con buena voluntad, y no podíamos negarles esa experiencia” apuntó Lalo en su propia crónica.
Dormir y comer
Salieron de la capital argentina, por la ruta 7, y cruzaron por Mendoza hacia Chile. En el habitáculo principal de la camioneta las dos butacas se podían reclinar y casi convertirse en camas. Detrás, en la cúpula, un colchón aseguraba descanso para otros dos pasajeros y, en caso de requerir mayor comodidad, contaban con una carpa para agregar al campamento. “La idea era parar junto a las estaciones de servicio o puestos de peaje, cuando nos detuviésemos en mitad de una etapa, o ubicarnos en un camping. Pero eso sólo lo pudimos hacer en nuestro país y después, mucho más adelante, en Estados Unidos y Canadá. Nos encontramos que desde Perú para arriba, por Ecuador y Colombia, las estaciones de servicio como conocemos aquí no existen, porque sólo hay surtidores en la calle. Como no había lugares seguros y con baño adecuado en donde parar tuvimos que buscar, en cada pueblo, un pequeño hotelito con habitación para cuatro y baño privado, lo que conseguimos casi siempre, con precio promedio de 20 dólares la noche, y en algunos casos hasta 36 dólares”, puntualizó Fernández, mientras consultaba la libreta que contiene las prolijas anotaciones de los gastos efectuados en el viaje, con una sumatoria total de casi 40 mil dólares, en todo concepto.
Destacó que “en ningún momento del viaje paramos a comer en un restaurante, nos arreglamos siempre cocinándonos nosotros mismos, cuando llegábamos al lugar de la escala, buscábamos un supermercado y hacíamos las compras, después Viyela y las chicas preparaban la cena y yo hacía los apuntes de la jornada, nos acostábamos temprano y también salíamos temprano, para aprovechar bien las horas de sol”.
Problemas en la frontera
Lalo puso acento en varias cosas que salieron bien: manejarse con la extracción de dinero, en la moneda de cada país, a través de la red de cajeros automáticos a la que pertenece su banco en la Argentina; las compras con tarjeta de crédito en los supermercados; cuidarse de beber siempre agua envasada y no consumir ningún alimento callejero, para evitar problemas intestinales; no arriesgarse en salidas ni viajes nocturnos, por seguridad.
Pero lo que no pudieron evitar fueron los problemas de mala atención, manoseo (y hasta cierta intimidación), pago de algunas coimas (de bajo monto, pero violentas de todos modos) y demoras injustificadas (para ejercer presión) en los trámites aduaneros y de migraciones en ciertos puntos del viaje.
El lugar donde lo peor lo pasaron fue en el tránsito fronterizo de Perú a Ecuador, pues se confiaron en la hora, el cierre era a las 18 y llegaron con apenas 30 minutos de anticipación.“La calle que llevaba a lo que después vimos que era un pequeño Puente Internacional se convertía en una enorme y abigarrada feria, que necesariamente debíamos transitar a lo largo, lógicamente a paso de hombre, es decir en primera marcha y con cuidado de no empujar a la gente. Estábamos en ese asombro, con todas las ventanillas cerradas, cuando de pronto nos golpean la camioneta, para indicarnos que nos estábamos pasando de la Aduana (…) Ya en la oficina el funcionario me dice que necesitaba fotocopias de pasaportes y de la documentación del vehículo; le respondo que las tome nomás y me contesta que debo hacerlo yo (…) ya eran las 17:45 y no quedaba mucho tiempo, acepto sacar yo las fotocopias y pregunto donde hay quien lo haga (…) se me acerca el señor que me había golpeado la camioneta y se ofrece para acompañarme, era un hombre de unos 35 años y no entendía yo claramente que función cumplía (…) en tanto las chicas quedaban en el auto con los vidrios y las puertas cerradas (…) llegamos al local de las fotocopias y allí dos robustas señoras charlaban animadamente y cuando lo estimaron prudente una de ellas me atiende, y parsimoniosamente desenfunda la fotocopiadora, la enciende…”
Para hacerla mas corta: después de demorarle todos los pasos se hicieron las 18 y alcanzaron a cruzar el puente sobre el filo del horario. Todavía les faltaba el ingreso a Ecuador, el trámite migratorio, y cuando Lalo intentaba empezarlo, se le acercó un joven robusto, rapado, con camisa de mangas cortadas, pantalones cortos y…¡un balero! en sus manos. Jugando con la bola de madera, que pasaba a centímetros de la cara de Lalo, el muchacho se le pegó en el interior de la oficina de Migraciones… charlando de cosas sin sentido, hasta que le dio un dólar y logró sacárselo de encima. Recién entonces intentó presentar la documentación y el policía que lo atendía (y que por supuesto había observado toda la maniobra del muchacho del balero) le dijo que allí no era. En síntesis: ya eran mucho más que las 18 y estaban del lado ecuatoriano, pero sin ingreso, en condición ilegal. Allí apareció un chico de 10-12 años, que se ofreció para conseguirles alojamiento por esa noche y hacerles los trámites aduaneros a la mañana siguiente; lo que realizó sin ningún inconveniente y en tiempo récord… porque, claro, todo formaba parte de un “negocio” con varios cómplices.
Llegar a la meta
Todos los problemas se fueron superando y así, después de cruzar Colombia bajo estrictos controles policiales (y algo similar en México), atrás quedaron otros países y el cruce por mar para llegar a Panamá. El tránsito por Estados Unidos fue feliz, por Canadá otro tanto y… finalmente, el 12 de julio de 1996 , estaban en Fairbanks… haciendo piruetas y ¡brindando con champán!
En esa mochila que Lalo mencionaba al principio quedaron incorporados cientos de anécdotas. Como esa vez que en el pueblo colombiano de Pasto la conserje del hotelito les metió miedo sobre el supuesto peligro por la presencia de asaltantes en el camino y, de todas maneras, tras una reunión de “estado mayor” resolvieron seguir adelante “pero, poniéndonos en manos de los dioses del camino nos largamos con la alegría de siempre”.
También las emociones de los días vividos en San Francisco y aquel momento en que un atento policía de tránsito les enseñó las normas de cómo desviarse de la ruta para dejar pasar al auto que marcha detrás.
Las impresiones acerca de las dimensiones gigantescas del Canadá y, más arriba aún, comprobar la epopeya de la construcción de la Alaska Highway.
Y, después, en el regreso cuando bajo una lluvia inclemente, en plena selva de Nicaragua, tres jovencitos “sospechosos” se convirtieron en solícitos ayudantes para cambiar una goma pinchada.
O las mansas jornadas de navegación por el río Amazonas, de Manaos a Belén, por el tajo de la mayor selva virgen del mundo.
De todo, y todo vivido con intensidad. Una experiencia única e intransferible, que Lalo Fernández recomienda con entusiasmo a quien se anime, con una sencilla reflexión final: “si lo volviese a hacer lo haría más lentamente, con más pausas”. Un consejo para tener en cuenta.




miércoles, 20 de mayo de 2009

Picoto, el pescador que inventó un balneario en la costa cerca de Viedma

Es un hombre enamorado de la pesca, pionero en el sitio de las playas del balneario El Cóndor, al sur del faro, que precisamente es conocido con su apelativo. Trabajó durante muchos años por el progreso de la villa marítima, que define como “un lugar maravilloso, para saber aprovechar en esos 10 minutos que se puso lindo”.

El porteño barrio de la Boca, sobre el Riachuelo, tiene su “Vuelta de Rocha”, que debe su nombre a don Antonio Rocha, antiguo propietario de esos terrenos. Aquí en el portal de la Patagonia tenemos nuestra propia Boca, la del río Negro, con su “Bajada de Picoto”, un sitio donde las playas son muy suaves y protegidas de los vientos, y el pique resulta muy favorable.
Todo el mundo lo conoce por Picoto, pero se llama José Luis y Fernández de apellido, lo que delata su origen de sangre española. “Todos mis hermanos y yo recibimos distintos apelativos desde chicos, a mí me pusieron Picoto, no sé si por la nariz, y quedó; tan incorporado en mi vida que alguna vez hubo un documento que lo pusieron a nombre de José Luis Picoto.”
Nació en Viedma el 6 de marzo de 1942, en el seno de una familia trabajadora, cuyo padre desempeñó diversas tareas y oficios: quintero, guardiacárcel y zapatero remendón.
La actividad comercial la empezó ya de joven con algunas experiencias “en las que no me fue muy bien”, como una despensa, una rotisería y un comedor. Pero el resultado favorable de un juicio, y el consecuente cobro posterior de una suma interesante de dinero, le abrieron las puertas para una oportunidad distinta en la vida. En 1976 compró una construcción en el centro de El Cóndor, montó un negocio y se instaló en forma permanente.
“ Los primeros años fueron difíciles, en el balneario vivía poca gente y se había cerrado la escuela hogar, yo estaba solo, porque mi señora se quedó con los chicos en Viedma por la escuela, pero se venían todos para los fines de semana; no me arrepiento, fue el cambio de mi vida” dijo, en el inicio de la entrevista.
Un descuido y una solución
La charla con Picoto Fernández se concretó en el transcurso de una recorrida por distintos escenarios del balneario El Cóndor. El más importante, la bajada al sur del faro. “La pesca ha sido mi gran pasión de toda la vida, en cualquier forma que sea, embarcado, desde la costa, tirando la red. Más que nada me gusta la pesca con caña, porque tiene más emoción. Esa pasión me llevó a empezar la construcción de la bajada y después de la escalera de hierro, que fue toda una aventura hacerla”.
“Todo el esfuerzo valía la pena, porque justo acá enfrente la marea todos los años hace un zanjón, y en ese lugar se concentra mucho pique, porque los peces se quedan encerrados en la punta de la canaleta y allí estamos nosotros con la caña.”
Este es su relato sobre el origen de la fantástica escalera. “Eran los tiempos en que salíamos de pesca con un gran amigo, que era delegado municipal y se llamaba Edgardo Roberti. Una tarde, apenas yo había cerrado el negocio y cuando él se desocupó de la delegación, salimos por la playa caminando hacia la zona del zanjón. Nos entusiasmamos con la pesca y cuando miramos para el lado del faro nos dimos cuenta que el mar, que venía creciendo, ya nos había encerrado; porque había viento sur y una marea más alta de lo normal. Fue un descuido y tuvimos que asumir que no había manera de salir. Así que allí, parados arriba de una roca como teros, aguantamos toda la marea y estuvimos charlando largo rato. Pensamos entonces en hacer una escalera para poder salir de la playa cuando sube el mar. Al mismo día siguiente pusimos en marcha la idea, que consistía en excavar la roca a pico y pala para hacer una bajada, una especie de zanja para bajar y subir.”
Después de unas primeras jornadas de trabajo el peón, que Picoto había puesto a trabajar, se encontró con unas placas de piedra muy dura, en donde era imposible avanzar. “Allí fue donde surgió la idea de la escalera metálica. Cirillo, el de la casa de materiales, me regaló unos caños largos y empezamos a trabajar, en un taller aquí mismo en la Boca. Muchas tardes en lugar de irnos a pescar nos metíamos con Roberti a soldar las piezas de la escalera, de 26 metros de largo. Cuando la paramos por primera vez, recostada sobre la pared de una casa, notamos que se bamboleaba y le hicimos una serie de refuerzos. Con los dos acoplados de la Municipalidad y uno mío la trajimos hasta la playa; fue una verdadera odisea, y la dejamos allí. Después, otro día, fuimos con un grupo de amigos, con unos aparejos y la levantamos a pulmón, hasta apoyarla sobre el acantilado. En ese momento descubrimos que habíamos calculado mal y, como los travesaños estaban muy tirados para adelante, más que una escalera era un tobogán. Debo reconocer que en ese momento me desgané, pensé que todo el esfuerzo no había servido para nada. Pero seguí pensando en cómo resolver el problema y la fuimos arreglando. Pero había otro inconveniente, porque no alcanzaba el largo para apoyarse bien en la base sobre la playa, sobre una roca. Entonces le agregamos tres metros más, con una bisagra que permitía levantar ese tramo según la marea.”
El éxito del nuevo balneario
Sigue contando José Luis Fernández. “Al fin estuvo terminada y la empezó a usar la gente. Con miedo o sin miedo la usaron muchas personas y se hizo popular, este lugar que hasta ese momento estaba desierto se convirtió en un balneario muy concurrido. Yo había logrado el objetivo de no quedarme nunca más encerrado por el mar. La verdad es que yo creía que la íbamos a usar sólo tres o cuatro fanáticos de la pesca, pero fue un éxito extraordinario, la cantidad de autos que se veían arriba del acantilado nos sorprendía. En ese tiempo hasta teníamos miedo de que la cantidad de gente fuera a espantar la pesca, pero comprobamos que mientras el mar haga el zanjón el buen pique no faltará nunca.”
“Cuando colocamos la escalera observamos que arriba, en el borde del acantilado, habían quedado una punta de piedra y una grieta, una ranura por la que podía producirse el desmoronamiento de la barranca; pero intentamos sacarla y no pudimos. Esa fue la desgracia de la escalera, porque unos años después con una tormenta del sur muy fuerte el agua entró y socavo el acantilado. La roca se cayó, justo arriba de la escalera, y la destrozó. Cuando la fui a ver no podía contener las lágrimas, era un sueño hecho pedazos y además me sentía responsable ante los muchos amigos que me habían ayudado a construirla y levantarla, cuyos nombres tengo todos anotados en un cuaderno, con el detalle de cada colaboración.”
Durante un par de temporadas se interrumpió la bajada al mar en ese sitio. Después la decisión del gobierno provincial hizo realidad el acceso actual, con una rampa para vehículos, un balcón mirador y defensa contra las mareas altas.
Dice Picoto que “su” bajada es “la foto para el turista, en la Boca hay muchos lugares para la foto, pero éste es uno de los más interesantes.”
La lucha contra la arena
La charla con este hombre, entusiasta sin límite acerca del futuro del balneario marítimo de Viedma, no puede soslayar un rápido balance de los muchos años en ocupó el cargo de delegado municipal, hasta su reciente alejamiento por problemas de salud. “Trabajé con todas mis fuerzas, y una de mis mayores preocupaciones fue la arena que se levanta y tapa la avenida Costanera” dice y agrega, con humor: “intenté una campaña de publicidad sobre las propiedades curativas de la arena, para que la gente se la llevara, pero no tuve suerte”.
El balneario tiene una plaza. En la actualidad está cubierta por mucha arboleda, tiene algunos sectores parquizados, un sector de juegos infantiles y veredas que conducen al centro del paseo, en donde una placa nos señala el nombre que le fue impuesto: Rubén “Tocho” Pérez Entraigas, en homenaje al ya fallecido propietario de la estancia El Cóndor y gran promotor de la villa marítima.
“Al principio, cuando arrancó la idea de la plaza con el finado Matio Cailotto (que también fue delegado municipal) esto era un salitral y muchos nos decían que acá no crecería nunca nada verde, pero le pusimos esfuerzo y agua y acá está” explicó, mientras le mostraba al cronista las generosas dimensiones de la cisterna subterránea que, una vez terminada la instalación de cañerías y aspersores, habrá de asegurar el riego al sector. La forestación ha sido y sigue siendo una de las constantes preocupaciones de José Luis Fernández.
Más allá, camino al Pescadero, la siguiente detención fue en la cancha de fútbol municipal, otra de las obras que se concretaron durante la gestión de Picoto al frente de la delegación. “Todavía faltan las tribunas y los baños, pero ya tiene piso y césped, y una buena iluminación para usarla de noche, tal vez no parece pero es realmente mucho para nuestro balneario” acota, con legítimo orgullo.
El tipo caliente y su consejo
Asegura “que hay historias como para escribir un libro” sobre las experiencias vividas durante más de tres décadas atrás del mostrador, en un lugar de veraneo donde la gente siempre tiene exigencias. “Pagué el derecho de piso porque al principio intenté tener una rotisería, pero después tuve que incorporar otros ramos, palas y herramientas para los albañiles, un poco de farmacia, rollos fotográficos, de todo un poco… y con la gente, bueno reconozco que tengo un carácter, que siempre fue el mismo. Soy un tipo caliente, que más de una vez tuvo que pedir disculpas por alguna contestación fuera de lugar”.
Desde la costanera Picoto observa su querido balneario: cae la tarde y el cielo es una fiesta de colores; entonces revela su fórmula secreta para disfrutar mejor las estadas en el lugar. “Hay que aprovechar los 10 minutos buenos. Cuando se pone lindo no hay que dudar ni quedarse dormido, hay que salir para la playa en ese momento, ya sea a la mañana, al mediodía o a la tarde. Sigan mi consejo y no se van a arrepentir”.