martes, 23 de junio de 2009

Elsa Mulhall de Torno, la niña de la isla que llegó a jefa sanitaria de Viedma

Elsa en su infancia de chacra y sol, la primera de la derecha, con sus hermanas
Al final del ciclo secundario, la primera de la izquierda en la fila de las muchachas


Se llama Elsa Adela Mulhall de Torno, y fue la primera mujer médica en incorporarse al hospital de Viedma, al principio de la década del 60. Nació y pasó los primeros años de su infancia en Guardia Mitre, en la isla colonizada por su abuelo, Eduardo Mulhall, el mismo que fundó la Compañía Salinera Anglo Argentina y la estancia de San Blas.

Quizás sea por la sangre irlandesa que corre en sus venas, tal vez porque ha llevado una vida ordenada y saludable, lo cierto es que Elsa (76 años cumplidos en el pasado mes de febrero) tiene contagiosa vitalidad y perfecta memoria. La charla con este cronista se deslizó, con exquisita amabilidad, por los recuerdos de su niñez, las referencias a su padre (don Jaime Mulhall, quien merece un abordaje más intenso) y el rico anecdotario de su larga experiencia profesional, compartida con recordados médicos como Emilio Nazario, Fernando Molinari, Antonio Sussini y Osvaldo Gianni.
Nacida bajo la mirada de Yrigoyen
Elsa Adela Margarita Mulhall nació en la misma isla de los Mulhall, muy cerca de Guardia Mitre, rodeada por las aguas del río Negro. “Era la época de los partos en las casas, a mi mamá la asistió doña Virginia Müller, que era la partera del pueblo. En la habitación donde nací había un enorme retrato de don Hipólito Yrigoyen, lo que me marcó desde un principio para toda la vida, porque siempre he sido y seré radical”, recordó.
Su padre Jaime Estanislao Mulhall era argentino, nacido hacia 1875 en Buenos Aires, uno de los 11 hijos del inmigrante irlandés Edward Mulhall, cofundador con su hermano Michael del diario en inglés “The Standard”, hacendado, impulsor de Bahía San Blas a fines del siglo 19 y principios del 20.
Jaime fue cadete de la escuela naval, después estudió matemáticas y fue el
autor de un importante tratado sobre densificación infinitesimal. Trabó relación con el sabio Albert Einstein, en Buenos Aires, y establecieron intercambio de correspondencia. “Murió cuando yo tenía 10 años y lamentablemente no pude aprender mucho de él, recuerdo que tenía un telescopio y yo me sentaba arriba de una banqueta y me hacía observar los astros. A la luna la pude ver en detalle cuando tendría 7 años, y me paseaba por todo el universo, por lo que es el día de hoy que cuando me pongo a observar el cielo nocturno le puedo reconocer todos los astros. Papá se levantaba a las 5 de la mañana, tomaba café y se encerraba en su biblioteca a leer y escribir, era un hombre muy especial” apuntó Elsa.
Don Jaime Mulhall era, en efecto, tan especial y liberal para su época como que estaba separado de su primera esposa, Laura Girondo Uriburu, con quien tuvo tres hijos en Buenos Aires; y se vino al sur a rehacer su vida con Margarita Jenkins, la madre de Elsa y otras tres mujeres, todas nacidas en Guardia Mitre.
“En ese tiempo no había divorcio pero cuando falleció su primera esposa y quedó viudo, ya libre, no dudó en casarse con mi mamá, en una ceremonia ante el señor Ricardo Quinteros, que en ese tiempo era juez de Paz de Guardia Mitre” reforzó el dato, nuestra entrevistada.
La muerte del padre
Como ya se dijo Elsa tenía sólo diez años cuando se produjo la muerte de su padre, a consecuencia de una insuficiencia cardíaca (“lo llamaban asma cardíaco en ese tiempo, sufrió mucho, pasó sus últimos meses en cama porque no se podía mover” apunto Elsa) y terminó su vida internado en el hospital de Patagones, bajo los cuidados del doctor Carlos Tessari, que en esa época viajaba a Guardia Mitre para atender la sala de primeros auxilios. Ese episodio marcó mucho a la niña Elsa, quien ahora más de 6 décadas después rememora detalles como que “cuando hubo que internarlo lo llevaron en una carretilla hasta el bote, para cruzar el río y del otro lado subirlo al auto”. El fallecimiento de don Jaime fue el 25 de abril de 1943 “en la cama del hospital dormía tomado de la mano de mi mamá, pero en el sueño la soltó y allí, seguramente, murió”. Poco después fue cremado en Buenos Aires y, años más tarde, en cumplimiento de su voluntad, sus cenizas fueron arrojadas al viento en la playa de San Blas.
De Guardia Mitre a Córdoba
Los primeros años de la escuela primaria Elsa los cursó en la escuelita de Guardia Mitre. Su memoria exacta le permite precisar que “ mi primera maestra fue Alba Laría, que era soltera y paraba en el hotel de Vernengo, en donde conoció al hijo del dueño, que se convirtió en su esposo; otras maestras fueron la señora Aurelia Alcaraz de Palma, Cecilia Truquín, e Isabel Agostino Andrea“ Ya tenía 12 años y su madre temía que en el largo recorrido de 4 kilómetros entre la isla y la escuela corriera algún peligro, por la proliferación de changarines y peones foráneos entre las chacras. “Entonces con mi hermana mayor nos vinimos a vivir a Patagones y terminé la escuela en la 2, enfrente de la plaza, donde era director era el señor Negri, y su esposa Livia era maestra, otra docente mía fue Dorita Ghiraldi, que después falleció en mis brazos cuando yo ya era médica, en el hospital sin llegar a tiempo a la guardia”
El secundario lo hizo en el colegio Nacional de Viedma, enfrente de la plaza, en una época de la que guarda bellos recuerdos “por los profesores inolvidables y los buenos compañeros”. Se recibió a fines de 1951 y al año siguiente inició su etapa universitaria, en Córdoba.
De esa etapa sus remembranzas no son las mejores “me fui tan lejos porque quería evitar el examen de ingreso pero fue muy duro, un transplante a un lugar en donde no conocía a nadie, y solamente tenía la compañía de una hermana mayor, que estaba conmigo”.
Médica joven en Viedma
Ya recibida de médica, ya casada con Néstor Torno, se instaló en Viedma. Un día de 1964 concurrió al consultorio del doctor Nazario para hacerse ver por una reacción alérgica “y en la charla me preguntó si no quería entrar al hospital de Viedma, me llevó a ver al director, que era el doctor Fernando Molinari y entré como concurrente, sin sueldo. También estaban los doctores Orofino, Iturburu, Tessari que venía de Patagones; y yo, que era la única mujer médica en ese ambiente, que era muy machista”.
Afirmó que “lentamente me fueron haciendo lugar y me gané un espacio, hasta que gane un concurso a fines de 1965 y empecé a cobrar un sueldo, pero ya estaba haciendo guardias y sabía que no tenía horarios, que el paciente siempre tiene que ser atendido; y nunca hice discriminaciones de ningún tipo, siempre atendí a todos por igual”.
Ocupó la jefatura de guardias del hospital de Viedma, tras la renuncia de García Díaz, y siguió en esa tarea hasta 1974. En ese momento dejó las guardias y pasó al periférico de Santa Clara, en donde siguió hasta 1981, cuando se incorporó al sistema de contralor médico al personal público. “¿Sabe cuánta gente mandé a trabajar, porque tenían licencias de tratamiento prolongado que no correspondían?” señaló en ese punto.
De la actividad hospitalaria pasó a la administración de políticas de salud. “Llegó el año 1982 y estaba el doctor Brukstein como presidente de zona sanitaria y como el doctor Alberto López se había tomado licencia por unos meses, me mandó a buscar para que ocupara durante un tiempo la dirección del hospital Zatti, en donde pude trabajar muy cómodamente, con la colaboración de toda la gente”. En marzo de 1984, ya con el gobierno democrático y cuando Remigio Romera era ministro de Salud, le ofrecieron la presidencia de la Zona Sanitaria, cargo que aceptó con la plena convicción de que “el funcionario tiene una silla con patas de cristal”; mientras mantenía ‘ad honorem’ el cargo de contralor de la Caja de Previsión Social.
En la presidencia de zona logró organizar tareas con su colega Beba Sapin, como vicepresidente, la administradora Angela Jorajuria, el veterinario Ricardo Bigatti y otros colaboradores. “Trabajábamos en equipo, en plena armonía” recordó. Hubo cambio de autoridades y pasó a la secretaría ejecutiva del Consejo de Salud, hasta que hacia fines de 1987 renunció a los cargos, para jubilarse y dedicarse con más tiempo a su familia.
Siempre con la salud
Pero Elsa Mulhall de Torno no pudo dejar la medicina del todo. La vinieron a buscar del hospital de Patagones y allá fue, para hacer guardias, que mantuvo hasta unos siete años atrás, alternando con relevos del doctor Luis Urizar en el hospital de Stroeder; y también en la sala de San Blas, donde una vez pasó un mes de enero completo. “Yo no podría haber sido otra cosa que médica, si volviese a nacer volvería a elegir esa profesión “ aseguró.
De la suma de experiencias de tantos años rescata aquella tarde de domingo en la que le trajeron un chiquito del Idevi, ahogado en una acequía. “La mamá por suerte le había hecho respiración boca a boca durante todo el trayecto, acá le sacamos agua del estómago y los pulmones, le inyectamos cafeína y recuperó el pulso, después hubo que devolverle calor al cuerpito y finalmente lo hicimos revivir. Creo que por el disgusto los padres se fueron de la zona y nunca supe nada del nene, que ya debe ser un hombre”.
Otro caso, en Patagones, cuando llegó a la guardia un muchacho joven que había intentado suicidarse colgándose con una soga en un galpón. “Estaba totalmente azul, sin aire, tenía la garganta tan aplastada por la soga que no le pasaban los tubos de oxigeno, nos costó pero lo reanimamos. Pasaron unos años y volvió a verme, para agradecerme que había vuelto a vivir”.
La otra cara, el dolor que todavía la conmueve, de aquella vez que un camión aplastó un nene de pocos años en un barrio maragato. “Llegó muerto, era irreversible, no podré olvidarme nunca del dolor de esa madre”. Para Elsa “aunque se sumen años en la profesión los sentimientos nunca se deben perder, el médico no se debe endurecer”.
Se hizo de noche, llega la despedida y en la puerta revive los cielos de la infancia, allá en la isla de Guardia Mitre, “mire como están bajas las nubes, traen agua seguro”. Tiene razón, poco después empieza a llover.



domingo, 14 de junio de 2009

Eduardo Vázquez,actor y director, pionero del teatro en Patagones y Viedma

Un caballero elegante, don Eduardo Vázquez, cantante, actor y director teatral.
Arriba: la sala del teatro Garibaldi de Patagones, escenario que administró durante varios años; abajo: el programa de una función patriótica en el teatro Argentino de Viedma, en donde hoy actualmente se encuentra la Legislatura de la provincia de Río Negro.

Hace pocos días, con motivo de la apertura del denominado “Espacio INCAA”, en el casi centenario teatro Garibaldi de Carmen de Patagones, fue recordada la figura de Eduardo Vázquez, pionero de la actividad teatral en la Comarca. Aquel actor y director de “cuadros filodramáticos” (como se los daba en llamar) tuvo a cargo la representación de la obra “La cuerda floja” en la inauguración de esa sala, en la velada del 24 de mayo de 1910.
Sobre aspectos de la intensa vida artística de Vázquez se trata esta crónica. Una serie de datos fueron tomados de un apunte escrito por Jorge “Coco” Linares, también músico de larga trayectoria en escenarios locales, hijo de María Esther Vázquez y nieto del precursor que nos ocupa.
Un gallego talentoso
Eduardo Vázquez nació en La Coruña, España, el 24 de agosto de 1877, llegó a la Argentina en los últimos años del siglo 19 y en Buenos Aires desarrolló sus primeras experiencias escénicas. Hacia 1900 se radicó en Carmen de Patagones, en donde casó con Carmen Guerrero, joven maragata hija de una familia de esta población; y del matrimonio nacieron 11 hijos. Para mantener a la prole desarrolló tareas de martillero público, y fue secretario del Consejo Escolar de Patagones entre 1908 y 1925.
Las dotes artísticas de este gallego talentoso era múltiples: como actor representaba con idoneidad papeles cómicos y dramáticos, cantaba con atiplado registro y podía tanto interpretar canciones melódicas como rítmicas zarzuelas. Esa voz de tenor alto le permitía componer sobre el escenario los roles de personajes femeninos, generalmente en situaciones humorísticas, y lograba cautivar al público con sus imitaciones.
Veamos lo que dice un suelto del 28 de abril de 1904, de La Nueva Era: “el segundo número del programa fue el pasacalle de la zarzuela ‘Niña pancha’, en la cual nuestro aplaudido Eduardo Vázquez nos demostró imitar a la perfección a una de esas hermosas y pícaras andaluzas, que con su característica gracia hacen que sean admiradas en todo el mundo”.
El prolijo registro efectuado por Coco Linares permite ubicar los antecedentes del primer elenco dirigido por su abuelo y, también, la identificación de otros de los actores (¡todos varones!) y el dúo cantable que se lucía en aquellas funciones.
Entre los nombres de los integrantes del cuadro filodramático llamado ‘Cosmopolita’ encontramos los de Julio Brocca, Juan Ferri, José Navarretti, Carlos Luca, Domingo Barilá, Jacinto Pizzorno y Miguel Calabró. En la representación de la zarzuela “El dúo de La africana” la canción central, un contrapunto entre tiple y tenor, se lucían Vázquez, en la primera de esas voces, correspondiente a una dama, y Dimas Aban. Esta pieza la cantaron en escenarios de las dos orillas, pero se destaca en las antiguas crónicas que fue ovacionada en los actos conmemorativos del 7 de marzo, en 1904, en el salón de la Asociación Española de Socorros Mutuos, a los fondos del actual teatro España que recién se construyó para 1922.
Empresario y productor
Eduardo Vázquez no se limitó a conformar y dirigir elencos teatrales, en los que también actuaba, sino que encaró con audacia el difícil rol de empresario de espectáculos. La Asociación Española refaccionó su salón de actos, hacia 1913, y se lo entrega en concesión, para la explotación de una sala cinematográfica que se dio en llamar “Cinema Vázquez”.
En 1922 la Sociedad Italiana llama a licitación para el manejo del teatro Garibaldi y lo adjudica a Eduardo Vázquez asociado con Justo Rica, por el término de tres años con opción por un lapso similar. Consigna Jorge Linares que “la nueva sociedad intercala las funciones de teatro, ya sean líricas o musicales, con proyección de películas, estas últimas tres veces a la semana”.
El recuerdo de su hija
Sobre aquellos tiempos es indispensable sumar el testimonio de María Esther Vázquez de Linares ( hija de Eduardo, el actor y cantante; madre de Jorge, el trompetista) muy conocida en Viedma por la tarea docente desarrollada como profesora de piano durante varias décadas. El material que se cita seguidamente es la trascripción de la entrevista efectuada, en abril de 1996, por la profesora Nancy Pague.
“En el Patagones de la década del 20 había dos teatros: el Garibaldi, que tenía palcos, y el España. En Viedma, en esa década, se inauguró el teatro Argentino. Mi padre, Eduardo Vázquez, que como buen hijo de español tenía mucha chispa y le gustaba lo artístico, era el empresario del Garibaldi, así que desde muy chica conocí el ambiente teatral. Siendo yo adolescente mi padre dirigía lo que se conocía como los ‘cuadros filodramáticos’, interpretados en su mayoría por chicos de entre 12 y 16 años, que no faltábamos a los ensayos e íbamos con nuestra parte bien estudiada.
Algunas obras estaban escritas en verso, como ‘El rosal de las ruinas’ y ‘Espinas de una flor’. En prosa o en verso, lo cierto es que los papeles de cada uno eran extensos y exigían horas de estudio. Mi padre nos enseñaba a interpretarlos y nosotros poníamos mucha voluntad para que todo saliera bien. Hay que tener en cuenta que la mayoría de esos chicos, que no siempre habían terminado la escuela primaria, trabajaban; y los ensayos se hacía después del horario de trabajo” recordaba doña María Esther.
Es muy simpática la situación que sigue a continuación. “También tengo que decir que entonces era mal visto que las mujeres trabajáramos en el teatro. Ahora recuerdo con una sonrisa que algunas compañeras de María Auxiliadora llevaban al colegio los programas de las funciones para que las monjas supieran que yo era artista. ¡Y eso que durante la interpretación todo era casto! En una obra los protagonistas teníamos que darnos un beso, papá me hizo poner los dedos pulgares cruzados frente a la cara, parada de espaldas al público, y el varón, tomándome la cara, besaba esos dedos. ¡El público creía que nos besábamos!”.
Las puestas en escenas tenían contenidos variados, con toques efectistas que sorprendían al público, por el realismo de los vestuarios y las caracterizaciones. Así lo relataba la hija del polifacético teatrista. “Interpretábamos comedias, sainetes, dramas, y zarzuelas. Los autores que más recuerdo son Vacarezza, Benavente y Méndez Caldeira. La mayoría de las obras tenían muchos personajes. Recuerdo una que representaba una fiesta campestre: había guitarreada, llegaban muchos invitados y hasta un Ford T subía al escenario. En la obra ‘Melgarejo’ subía también un caballo.”
Agregaba María Esther Vázquez que “el programa constaba siempre de dos partes; en la primera podía representarse una obra corta o varios números de baile, recitado, coro, monólogos, y escenificación de canciones. De éstas una que me conmovió mucho fue ‘Perdón viejito’. Mi papá hacía de viejito y lloraba, y yo, que llegaba arrepentida con una bolsita colgada de un palito, pensaba ‘¿qué hago?’ ‘¿me voy?’. El vio que titubeaba, me tocó la cabeza y me dio fuerzas para seguir. Todo era muy sencillo, pero muy emotivo”.
“En la segunda parte siempre se representaba una obra larga –continuaban los recuerdos de la hija del notable artista- que se componía de varios cuadros. Muchas de esas obras daban lugar para que participaran los músicos y cantantes locales. Creo que no se concebía el teatro sin participación de los músicos. Pero, además, los entreactos eran amenizados por orquestas que tocaban los tangos, polcas, paso dobles, marchas y valses, de moda en ese momento. En el escenario siempre había algo que entretenía a los concurrentes a la función”.
En particular sobre los intérpretes añadía que “los músicos que tienen mayor relieve en mi memoria son los hermanos Proserpi: Alejandro en guitarra, Eugenio en violín y Alberto en piano, junto a Justo Rica, que tenía a su cargo la música de los espectáculos.”
Otras precisiones de este interesante relato se refieren a los montajes escenográficos y de vestuario, en donde primaban el ingenio y la inventiva. “Para cada obra el escenario se armaba con muebles prestados, y en el caso de las que dirigía mi padre con los muebles de mi casa, que a veces quedaba desmantelada. Los trajes los hacía mi madre, casi siempre transformando los de obras anteriores. Era una época de recursos escasos y se necesitaban mucho ingenio y creatividad para confeccionar la ropa para cada personaje. A veces, para números especiales, se pedían prestados. Por ejemplo: cuando canté el fox trot ‘Y tenía un lunar’ el conductor del coche fúnebre de la empresa Melluso me prestó el frac y la galera”.
El teatro en las fiestas cívicas
Las representaciones protagonizadas y dirigidas por Eduardo Vázquez eran, casi siempre, la parte central de las actividades de conmemoración de las principales fiestas cívicas de Viedma y Carmen de Patagones, en los teatros ya mencionados.
María Esther Vazquez de Linares reflexionaba, sobre el final de la charla, allá por 1996, que “han pasado sesenta años desde la época en que anunciábamos Gran Función Teatral para presentar obras sencillas, que exaltaban valores humanos y entretenían, produciendo emoción. Al recordar vuelvo a aquellos escenarios y siento la alegría de entonces. Creo que cumplimos una función social necesaria, en esa década en la que había muy pocos motivos de distracción para la población”.
Eduardo Vázquez se alejó de la comarca en 1932, acosado por las autoridades surgidas del golpe militar de 1930. Buscó nuevos rumbos en Punta Alta, en donde ocupó varios cargos y llegó a una defensoría de menores en el partido de Coronel Rosales. Falleció en la década del 40, pero ya nunca volvió a caminar por las calles de estos dos pueblos que tantas veces hizo emocionar con comedias, dramas y zarzuelas.
(Se agradece la colaboración de Dora Vázquez y Jorge Linares, nietos del actor, y de Nancy Pague, que rescató el testimonio de María Esther Vázquez)


martes, 9 de junio de 2009

Juan B. Campastro, polígrafo y pionero del periodismo patagónico del siglo XX

Se llamaba Juan Bautista Campastro. Fue un auténtico polígrafo, un enamorado de la palabra, cuyas huellas de tinta y papel quedaron, señeras, en Jovita (Córdoba), General Conesa y Coronel Pringles (actualmente Guardia Mitre), aquí en Río Negro.
Nacido en Italia, en el Piamonte, llegó a la Argentina a fines de 1892, cuando tenía 12 años, ya para 13. Lo llamaba su padre, radicado desde tiempo antes en Patagones, como capataz de un inmigrante itálico que había hecho fortuna y desarrollaba, en la zona de Laguna Grande, un importante emprendimiento agrícola: don Carmelo Bottazi.
Juan B. Campastro contó así sus primeras impresiones del arribo al puerto maragato.
“Nos hallamos en la Argentina en la tarde del 20 de diciembre de 1892 y prontos para desembarcar del veterano barco de vapor Litoral, y pisar suelo maragato, hecho éste que convirtió en realidad lo que hube de haber soñado siempre: estar libre! Patagones en aquella tarde parecía una ciudad encantada: bellamente recostada a la falda de la loma: el bullicio de la calle Roca y los ensordecedores pitazos del barco; los dueños de los carritos de pértigo en completa efervescencia en la descarga, y mil de otros detalles aportaban belleza de una gran fiesta”.
En su encantador librito autobiográfico “Recordando a lo pasado se sazona al presente”, (que escribió e imprimió, con tipos sueltos parados a mano, en 1964, a los 84 años) Campastro traza una crónica sobre la vida rural de Patagones en aquel tiempo de su llegada (“la zona estaba invadida por mangas de langostas; grandes trechos de este acridio tapizaban el suelo y se desplazaban continuamente de un sitio a otro…”) y relata sus empleos como mandadero de la tienda Las Delicias (en la esquina de Comodoro Rivadavia y 7 de Marzo) y aprendiz en la fábrica de carruajes de Luis Decio.
Con los curas
Pero la vida del italianito tendrá un vuelco singular cuando un día se cruza con un sacerdote salesiano, paisano suyo, el padre Pedro Orsi quien (como buen hijo de Don Bosco) le hace al artículo y lo entusiasma con la idea de entrar en la escuela de artes y oficios en Viedma. Allá irá Juan Bautista para pasar, como pupilo, los siguientes seis años, aprendiendo música, herrería y… fundamentalmente: ¡el arte tipográfico!
“Corre el año de 1894, una fiebre de movimiento está esparcida en todos los rincones del colegio, en la herrería la fragua lanza llamas con olor a humo, y el martillo con sonoro lenguaje juguetea sobre el paciente yunque; en la carpintería las garlopas mutilan las maderas y le arrancan cintas que parecen víboras; en la zapatería la suela se queja de los golpes que le propina con desconsideración el chato martillo zapateril; en la sastrería las tijeras se abren y cierran con frenesí al buscar telas para cortar; los carros, unos tras otros, van descargando los ladrillos del horno de Vicente Zingoni; las paredes suben constantemente hasta alcanzar a embutir en la elevada torre el vigilante y austero reloj; gracias a la fiebre alta constructiva de un avezado grupo de albañiles y ayudantes…”
En ese bullicioso ámbito Campastro traba una especial relación con el cura Evasio Garrone, joven y dinámico, que se convertirá en amistad de por vida, a pesar de que con el correr de los años el polifacético escritor se alejará del pensamiento clerical.
Se refiere a ello nuestro personaje, en este otro fragmento de su autobiografía. “Yo por aquel entonces había salido del colegio y dado lectura de Marx, Engels y otros, me hice un socialista acérrimo y discutidor. Garrone se reía, pero no emitía opinión alguna sobre política y sólo me encarecía así: no te detengas, avanza siempre, analiza y estudia para ver la realidad política, me decía el padre Garrone”.
Junín, San Blas, Arroyo Verde
En 1900 el joven italiano soltó sus alas y se alejó de Viedma para forjarse un destino. Su primer trabajo fue en el ferrocarril, en la ciudad bonaerense de Junín, donde habrá encontrado mayor fermento para su pensamiento socialista. De allí, años más tarde, pasó a San Blas, para instalarse como herrero de una estancia. Allí trabó relación con don Tomás Iviglia, dueño de un campo, y al tiempo pidió en casamiento a una de sus hijas, Angela, a la que le llevaba 15 años de diferencia. El matrimonio entre Juan Bautista y Angela se celebró el 11 de mayo de 1907 y la pareja partió hacia Arroyo Verde, en el límite entre los territorios de Río Negro y Chubut.
Campastro armó allá su taller de herrería, al servicio de la flota de carros de la empresa Peirano y Podestá que realizaba viajes entre San Antonio y Trelew. En ese remoto paraje nacieron los primeros hijos del matrimonio.
Cuatro años más tarde el inquieto herrero soñaba con un destino más confortable para su familia y al enterarse que en la zona de Coronel Pringles (hoy Guardia Mitre) estaba en venta una chacra, con costa sobre el río, no dudó en hacer esa inversión. El 11 de mayo de 1911 llegaron en carro a su nuevo asentamiento.
La chacra y las letras de molde
Juan Bautista se dedicó con pasión a las actividades frutíhortícolas, con diversidad de producciones: frutas frescas y secas en orejones, miel y espárragos, que vendía por correspondencia a una amplia clientela de Buenos Aires y otras ciudades. Entre 1927 y 1928, en tiempos de gobierno radical, fue designado Juez de Paz de Coronel Pringles.
Más adelante, cuando el establecimiento agrícola empezó a generar utilidades le dio rienda suelta a sus vocaciones: el arte tipográfico, el periodismo, la literatura y la música.
En 1930 se trasladó a la localidad cordobesa de Jovita, compró una imprenta y fundó el periódico “El Imparcial”; dos años más tarde mudó la Minerva y las cajas tipográficas a Pringles, y comenzó la publicación del quincenario en una nueva etapa. La población de ese punto de la geografía rionegrina era de unas mil personas, sin autonomía municipal.
Pero aquella hoja impresa pronto se convirtió en caliente tribuna para la defensa de los intereses regionales.
La nota editorial de “El Imparcial” del 28 de junio de 1933 toca un tema de extrema actualidad (en el 2009, 76 años después) con el título “¿Las comisiones de fomento son representativas del pueblo o de la Gobernación?”.
Dice el artículo. “Partiendo de la base que dichas comisiones han sido nombradas por la Gobernación, de acuerdo a la ley que articula sobre el caso, fluye que dichas entidades no representan al pueblo del que forman parte, por cuanto éste no tiene la menor ingerencia en los actos realizados por aquella”.
“No encontramos razón a nuestro modo de entender en que el pueblo consienta comisiones de fomento, cuando por ley le corresponde concejo municipal electivo y nos deja contristrados el ver que haya alguien ocupado en aderezar pitanzas para caudillos, ilustres desconocidos, en vez de bregar por la autonomía de nuestro solar”. Bien clarito, don Juan Bautista. Otra prédica constante: las obras de regadío para la zona.
Valses, consejos y ayuno
Por esos mismos años del 30 comenzó a componer y editar las partituras de temas musicales populares, como los valses “Ramo de flores”, “Acacia” y “Salvado por una mujer”; y la ranchera-marzurca “La nena”. En este último caso la letra y música están acompañados por un relato tipo folletín, que cuenta las aventuras de un viajante de comercio.
En 1935 editó un libro de consejos administrativos, sobre la base de su experiencia como juez de Paz, con el sugestivo título de “Errores y torpezas que deben evitarse”, y el subtítulo de “Informaciones útiles para vecindarios, juzgados de paz y comisiones de fomento de los territorios nacionales”; que en varios de sus capítulos desliza fuertes críticas a los burócratas gubernativos. Poco después escribe y edita “Cómo se estafa al prójimo”, que contiene un curioso repertorio de “cuentos del tío” y otras avivadas de las que pueden ser víctimas sus comprovincianos.
Otra de sus publicaciones con formato de libro es “Mi ayuno de 60 días”, impreso en 1937, que es el insólito diario personal de esa exacta cantidad de días, alimentado sólo con uvas y caldos de verduras con el simple objeto de depurar su cuerpo, en un afán naturista que lo habrá de acompañar hasta el fin de su vida. Para ese cometido solía practicar nudismo y tomaba sol en traje de Adán, en un lugar discreto de la chacra, lejos de las miradas de sus familiares.
La aparición de “El Imparcial” se mantiene con regularidad durante unos diez años, después se muda con taller y todo a General Conesa, en donde a principios de los años 40 publica “Valle Inferior”, que sólo dura unos pocos números.
Nuevos rumbos
Con el advenimiento del peronismo adhiere con entusiasmo al nuevo proceso político y pone su pluma al servicio de la causa popular, desde 1948, con un periódico cuyo nombre lo dice todo: “Nuevos rumbos”, de vuelta en Guardia Mitre.
Esta será su última iniciativa periodística, hasta mediados de los años 50. En 1956 logra jubilarse como periodista y hacia 1962 se instala en una casa de la calle Alvaro Barros de Viedma, enfrente de la actual plaza Primera Junta. Sus nietos recuerdan que, ya mayor, había descubierto una nueva pasión: la fotografía, con el cuarto oscuro en su dormitorio. Tenía 91 años cuando murió, allá en Guardia Mitre, el 7 de setiembre de 1971.
En su querido pueblo la biblioteca popular luce su nombre (iniciativa del ex intendente Angel Zingoni, uno de los nietos que aportó materiales para esta crónica) pero la figura enorme y casi legendaria de Juan Bautista Campastro se perdió en el tiempo. Esta nota es sólo un aporte, escaso e incompleto, para su rescate y revalorización.
(Se agradece la valiosa colaboración de los hermanos Zingoni-Campastro: Diana, Delia y Angel)

domingo, 31 de mayo de 2009

Mario Gée, de La Rioja a Río Negro, 50 años con la medicina

Mario Ceferino Gée (apellido de origen inglés que se afrancesó con los años) nació en el pueblo de Chepes, La Rioja, el 1 de septiembre de 1930, pocos días antes de la caída de Hipólito Yrigoyen. Con esfuerzo propio (su padre era ferroviario y el dinero en casa no sobraba) se recibió de médico el 1 de junio de 1959, al rendir su última materia en la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires.

El cincuentenario del desempeño de su profesión lo encuentra en Viedma, el sitio del mundo que eligió como suyo hace 44 años. “Estoy muy agradecido a la gente de la comarca, por el acompañamiento y el afecto de tantos pacientes y sus familias. Son muchos años de vida aquí, con el desempeño de importantes responsabilidades como la dirección del hospital Zatti que tuve a cargo durante casi 11 años, y un paso fugaz por el Consejo de Salud Pública, además de la jefatura del programa de Lucha Antituberculosa para Río Negro allá por 1965” sintetiza, cuando arranca la charla, en la intimidad de su prolijo consultorio de la calle Perito Moreno al 200 en la capital rionegrina.
Con su impecable guardapolvo blanco y sonrisa fácil, rodeado de los cuadros y diplomas que acreditan su infatigable vocación por el estudio, Mario Gée trazó el relato de su vida, en una tarde de mayo.
Ese compañero de adolescencia
“La escuela primaria la hice en Chepes, pero cuando terminé el sexto grado mi papá pidió traslado a La Rioja capital, para que pudiese hacer la secundaria. Allá lo tuve de compañero durante los cinco años a Carlos Menem, que era un muchacho más, nada especial, de buen humor, un poco vago y amigo de las farras. Fuimos compinches durante toda esa época y yo jamás me hubiera imaginado que iba a realizar una carrera política ni mucho menos que llegaría a la Presidencia”, recuerda.
Años más tarde el compañero de secundario, ya ungido gobernador de su provincia, lo llamaría para ofrecerle el ministerio de Salud de La Rioja. “Le dije que no, porque estaba muy bien aquí en Viedma, pero después cuando llegó a la Rosada me ofreció la cartera de salud nacional y nuevamente le rechacé el ofrecimiento, creo que esa vez se enojó conmigo”.
Estudios y farmacia
“Si bien todos mis compañeros de la secundaria se fueron a la universidad a Córdoba yo marché para Buenos Aires, porque allá tenía una tía, con la que finalmente no me pude quedar, porque me imponía horarios que no eran compatibles con los estudios. Por eso me fui a una pensión y para pagarle conseguí trabajo en una farmacia, del barrio de Primera Junta.”
“La última materia la rendí el 1 de junio de 1959, y era Partos. El profesor me preguntó: ¿cuántas materias le quedan? Esta es la última, le contesté. Bueno, embrómese, se le acabó la buena vida, porque ahora va a ingresar en la jungla, me dijo y no olvidé nunca de sus palabras”.
Plan Argentina 20
“Apenas recibido rendí examen para entrar en el programa Argentina 20, y en el año 1960 fui elegido como jefe del equipo de encuesta sobre tuberculosis, a través de un convenio muy importante entre el ministerio de Salud de la nación, la Organización Mundial de la Salud y UNICEF. Fuimos a trabajar en equipo a las provincias de Chaco y Corrientes con las técnicas y aparatos más modernos de la época, con los equipos de abreugrafia y vehículos Willys. Fue un trabajo muy interesante”.
“Del norte nos mandaron después a Neuquén y alto valle de Río Negro, y una parte de La Pampa, hasta que el golpe militar de 1962 interrumpió el programa y todas las campañas sanitarias. Me fui entonces a trabajar al Centro Nacional Epidemiológico de Recreo, Santa Fe, que era de avanzada; pero en 1964 volví a Buenos Aires y me pusieron como jefe del programa nacional de Tuberculosis de todo el país.”
Ya en Viedma
“Pero ya no quería quedarme en la Capital, yo quería volver al interior y en 1965 me ofrecieron radicarme en Río Negro, como jefe de lucha antituberculosa de la provincia, cuando era titular del Consejo de Salud Pública el doctor José Alberto Cibanal, de Río Colorado. Me radiqué en Viedma, donde en 1968 gané por concurso la dirección del hospital Zatti”.
Siempre aprender
La capacitación permanente fue una consigna que se impuso desde joven y la ha mantenido vigente siendo ya un hombre mayor, a costa del sacrificio de los viajes y las distancias. Recuerda que “durante todo el año 2001, ya con 70 años de edad, todos los martes a la noche viajaba en micro a Buenos Aires, asistía allá a un curso de especialización durante todo el día y a la noche volvía para Viedma, así que me pasaba dos noches seguidas arriba del colectivo, las conté y fueron un total de 68”.
Ese esfuerzo tenía un objetivo concreto “porque desde mucho tiempo antes había tenido ganas de especializarme en estética clínica, cosa que tuve que postergar por las múltiples ocupaciones que me fueron surgiendo”.
Antes, en los años 80, Gée se especializó en alergias y concurrió a la cátedra de Enrique Mathov (un alergista prominente, homónimo del ex ministro de De la Rúa) “que nos enseñó a trabajar en alergia holística, porque el cuerpo humano es toda una unidad y al paciente alérgico hay que revisarlo completo, de los pies a la cabeza”.
El dolor y la fundación
El capítulo más doloroso de la vida de Mario Gée se abrió un día de marzo de 1986.”La pérdida de una hija es algo de lo que uno jamás se puede reponer, para mí es como si hubiese ocurrido ayer” dice, y una profunda tristeza se adueña de su rostro, cuando recuerda aquella mañana lluviosa en Buenos Aires y un accidente de tránsito sobre la avenida Rafael Obligado, enfrente del aeropuerto metropolitano Jorge Newbery, del que resultó víctima fatal su hija Patricia, de apenas 22 años.
“Estaba llena de vida, entraba a su cuarto año de medicina, quería especializarse en nutrición; y al mismo tiempo estudiaba ballet en el teatro Colón” relata como apretada síntesis, mientras contempla el retrato que ilumina una de las paredes del consultorio.
Pero Mario y su esposa Teresa se repusieron al dolor y lo convirtieron en trabajo por la comunidad, porque el 16 de julio de 1994, fecha en que la muchacha hubiese cumplido 30 años, pusieron en marcha la Fundación Patricia Gée, con el doble objetivo de trabajar contra la adicción al tabaco y la prevención de accidentes de tránsito.
“Creo que nadie debiera fumar sobre el planeta, porque el cigarrillo es letal... y pienso, también, que se salvarían muchas vidas si la gente fuese más prudente a la hora de manejar un vehículo” señala Gée.
La entidad desarrolló intensa actividad durante sus 12 años de vida. Se dictaron conferencias y se realizaron en Viedma, con gran éxito, las Primeras Jornadas de Educación Vial: además de otras tareas como la difusión por medios de comunicación regionales y distribución gratuita de cintas refractarias a la luz para colocarlas en bicicletas.
Como resultado de este quehacer la Asociación Luchemos por la Vida (que establece las principales campañas nacionales, por radio y TV, en materia de educación vial) le otorgó a la Fundación Patricia Gée su premio anual de 1997, que Mario mostró con orgullo al cronista (ver foto). Se trata de una estatuilla, creada por la artista plástica Alicia Toscano, que simboliza el triunfo de la vida sobre la muerte, especialmente en aquellas tragedias absurdas y evitables que llegan sobre ruedas, es decir, las muertes por accidentes de tránsito.
En la lucha contra el tabaquismo, durante esa época, Mario Gée realizó un original (y audaz) estudio sobre el hábito de fumar en los médicos, que llevó a París, en 1994, a la 9º Conferencia Mundial sobre Tabaco o Salud; en donde cosechó aplausos y admiración. “Con nuestro francés improvisado, mezcla de inglés y español, nos hacían todo tipo de preguntas” recuerda.
Sobre ese tema apunta que “el 50 por ciento de los médicos fuma y yo también lo hice, entre los 18 y los 36, pero cuando me di cuenta que me hacía mal le dije chau al pucho”.
“También hice unos 2.000 tratamientos personalizados gratuitos, con aplicación de acupuntura a través del rayo Láser, que arrojaron resultados excelentes porque en el primer trimestre el 92,3 por ciento de los pacientes dejó de fumar, aunque después hubo algunas deserciones” puntualiza. Agrega que “fue la primera experiencia de ese tipo en el mundo, pero cuando quisimos publicar los resultados tuvimos un problema con la computadora y se perdió casi toda la información”.
Pero, por encima de estos méritos, la Fundación Patricia Gée dejó de funcionar en el 2006 “porque faltaba apoyo, mi señora y yo nos habíamos quedado prácticamente solos y yo no quería andar pidiendo favores a nadie, ni siquiera al presidente Menem”.
El mensaje para un estudiante
La noche viedmense ya estaba avanzada y llegó la última pregunta: hoy, con 50 años de experiencia profesional, ¿cuál es el consejo que le daría a un joven que manifiesta su interés por estudiar medicina?
La respuesta surgió sin dudar en los labios de Mario Gée. “Es una carrera difícil que hay que afrontarla con mucha vocación y dedicación, porque es un trabajo que tiene muchas aristas. También le digo que no se vuelque hacia lo material, eso lamentablemente genera problemas y causa equivocaciones en el camino. Un buen médico no siempre logra la riqueza y muchas veces para ser rico tiene que hacer cosas raras, y yo le aconsejo que si tiene ese objetivo mejor es que se dedique a otra profesión, porque la medicina tiene una connotación humanística muy profunda. Uno tiene que atender a todos los pacientes por igual, ricos, de clase media o ricos, dedicándole todo el tiempo que necesita, y no eso de atender uno cada 15 minutos, como hacen algunos colegas.”
En la puerta, el final: ¿Cuándo va a colgar definitivamente su guardapolvo? La risa y la afirmación: “Todavía no pienso en eso, porque me siento firme y tengo que ayudar a un hijo-nieto que está estudiando Derecho”.

domingo, 24 de mayo de 2009

Lalo Fernández y su travesía familiar desde la Patagonia hasta Alaska


Oscar “Lalo” Fernández es veterinario, fue titular del Senasa, y se proclama viajero empedernido, respetuoso de la vida en la naturaleza. Hace 13 años, con su esposa, su hija y una amiga de esta, protagonizó un viaje de largo aliento: Tierra del Fuego-Alaska. Un itinerario estimulado por una ilusión de adolescente: de ese muchacho aventurero que aún hoy comparte el cuerpo con el hombre maduro y experimentado de 72 años.

“Cuando tendría 15 años leí los famosos libros de Jack London, ‘La llamada de la selva’, ‘Comillo blanco’, ‘La quimera del oro’, y quedé fascinado por la descripción del paisaje de Alaska” explicó Lalo, en el comienzo de la larga charla, con el atardecer sobre el río Negro como telón de fondo, desde el mirador de su casa de Carmen de Patagones.
La reconstrucción del viaje de ocho meses de duración, y 60 mil kilómetros de recorrido, entre ida y vuelta de Tierra del Fuego a Alaska, y retorno a Buenos Aires, quedó en una serie de pinceladas, apenas unos trazos sobre el lienzo, que resultaron fascinantes a los oídos del cronista, y ojalá interesen también a los lectores.
Lalo Fernández es un excelente y ameno narrador, sostiene el relato y lo condimenta con gestos y acotaciones, muchas de ellas ya escritas en el borrador de… ¿un futuro libro?
El arranque
Fue a principios de 1996, Lalo acababa de vender una casa en Patagones, el dinero estaba depositado en un banco; y tenía una camioneta Isuzu de cabina doble, con doble tracción, aire acondicionado y dirección asistida, con 130 mil kilómetros ya recorridos pero un motor “que sonaba lindo”. El tiempo estaba por delante, sin compromisos a la vista, así que todo estaba dispuesto como para organizar el viaje. “El asunto era llegar a la lejana ciudad de Fairbanks, de la cual sólo sabía que era la ciudad más boreal de Alaska. Esa, entonces, sería mi meta; contaba en mi mochila con algunos antecedentes a mi favor, como haber transitado en Argentina y fundamentalmente en la Patagonia por un muestrario de todos los caminos que eventualmente podía tener por delante”.
Lalo ratifica hoy, 13 años más tarde, que la falta de orientación fue absoluta, que el Automóvil Club Argentino, ni tampoco la Federación Interamericana de Automovilismo pudieron darle cartografía útil.
El compromiso autoasumido por Lalo Fernández y su esposa, Susana “Viyela” Masera, era arrancar desde Tierra del Fuego; y allá estuvieron el 20 de marzo de 1996, el último día de ese verano, dispuestos a la partida hacia el norte, para avanzar con las semanas y los meses en la primavera y el verano boreales.
La primera parte del recorrido, por los caminos de la Isla Grande, fue para los viajeros motivo de recuperación de memorias y emociones, porque ya habían transitado por esos caminos en ocasiones previas. Llegaron nuevamente a Buenos Aires y se encontraron con una sorpresa que, de buena forma, les habría de cambiar el estilo de la travesía. Lucía, la hija del matrimonio, y su amiga Ayelén, ambas de 20 años llenos de expectativas, habían decidido subirse también ellas a la Isuzu. “Había lugar, con buena voluntad, y no podíamos negarles esa experiencia” apuntó Lalo en su propia crónica.
Dormir y comer
Salieron de la capital argentina, por la ruta 7, y cruzaron por Mendoza hacia Chile. En el habitáculo principal de la camioneta las dos butacas se podían reclinar y casi convertirse en camas. Detrás, en la cúpula, un colchón aseguraba descanso para otros dos pasajeros y, en caso de requerir mayor comodidad, contaban con una carpa para agregar al campamento. “La idea era parar junto a las estaciones de servicio o puestos de peaje, cuando nos detuviésemos en mitad de una etapa, o ubicarnos en un camping. Pero eso sólo lo pudimos hacer en nuestro país y después, mucho más adelante, en Estados Unidos y Canadá. Nos encontramos que desde Perú para arriba, por Ecuador y Colombia, las estaciones de servicio como conocemos aquí no existen, porque sólo hay surtidores en la calle. Como no había lugares seguros y con baño adecuado en donde parar tuvimos que buscar, en cada pueblo, un pequeño hotelito con habitación para cuatro y baño privado, lo que conseguimos casi siempre, con precio promedio de 20 dólares la noche, y en algunos casos hasta 36 dólares”, puntualizó Fernández, mientras consultaba la libreta que contiene las prolijas anotaciones de los gastos efectuados en el viaje, con una sumatoria total de casi 40 mil dólares, en todo concepto.
Destacó que “en ningún momento del viaje paramos a comer en un restaurante, nos arreglamos siempre cocinándonos nosotros mismos, cuando llegábamos al lugar de la escala, buscábamos un supermercado y hacíamos las compras, después Viyela y las chicas preparaban la cena y yo hacía los apuntes de la jornada, nos acostábamos temprano y también salíamos temprano, para aprovechar bien las horas de sol”.
Problemas en la frontera
Lalo puso acento en varias cosas que salieron bien: manejarse con la extracción de dinero, en la moneda de cada país, a través de la red de cajeros automáticos a la que pertenece su banco en la Argentina; las compras con tarjeta de crédito en los supermercados; cuidarse de beber siempre agua envasada y no consumir ningún alimento callejero, para evitar problemas intestinales; no arriesgarse en salidas ni viajes nocturnos, por seguridad.
Pero lo que no pudieron evitar fueron los problemas de mala atención, manoseo (y hasta cierta intimidación), pago de algunas coimas (de bajo monto, pero violentas de todos modos) y demoras injustificadas (para ejercer presión) en los trámites aduaneros y de migraciones en ciertos puntos del viaje.
El lugar donde lo peor lo pasaron fue en el tránsito fronterizo de Perú a Ecuador, pues se confiaron en la hora, el cierre era a las 18 y llegaron con apenas 30 minutos de anticipación.“La calle que llevaba a lo que después vimos que era un pequeño Puente Internacional se convertía en una enorme y abigarrada feria, que necesariamente debíamos transitar a lo largo, lógicamente a paso de hombre, es decir en primera marcha y con cuidado de no empujar a la gente. Estábamos en ese asombro, con todas las ventanillas cerradas, cuando de pronto nos golpean la camioneta, para indicarnos que nos estábamos pasando de la Aduana (…) Ya en la oficina el funcionario me dice que necesitaba fotocopias de pasaportes y de la documentación del vehículo; le respondo que las tome nomás y me contesta que debo hacerlo yo (…) ya eran las 17:45 y no quedaba mucho tiempo, acepto sacar yo las fotocopias y pregunto donde hay quien lo haga (…) se me acerca el señor que me había golpeado la camioneta y se ofrece para acompañarme, era un hombre de unos 35 años y no entendía yo claramente que función cumplía (…) en tanto las chicas quedaban en el auto con los vidrios y las puertas cerradas (…) llegamos al local de las fotocopias y allí dos robustas señoras charlaban animadamente y cuando lo estimaron prudente una de ellas me atiende, y parsimoniosamente desenfunda la fotocopiadora, la enciende…”
Para hacerla mas corta: después de demorarle todos los pasos se hicieron las 18 y alcanzaron a cruzar el puente sobre el filo del horario. Todavía les faltaba el ingreso a Ecuador, el trámite migratorio, y cuando Lalo intentaba empezarlo, se le acercó un joven robusto, rapado, con camisa de mangas cortadas, pantalones cortos y…¡un balero! en sus manos. Jugando con la bola de madera, que pasaba a centímetros de la cara de Lalo, el muchacho se le pegó en el interior de la oficina de Migraciones… charlando de cosas sin sentido, hasta que le dio un dólar y logró sacárselo de encima. Recién entonces intentó presentar la documentación y el policía que lo atendía (y que por supuesto había observado toda la maniobra del muchacho del balero) le dijo que allí no era. En síntesis: ya eran mucho más que las 18 y estaban del lado ecuatoriano, pero sin ingreso, en condición ilegal. Allí apareció un chico de 10-12 años, que se ofreció para conseguirles alojamiento por esa noche y hacerles los trámites aduaneros a la mañana siguiente; lo que realizó sin ningún inconveniente y en tiempo récord… porque, claro, todo formaba parte de un “negocio” con varios cómplices.
Llegar a la meta
Todos los problemas se fueron superando y así, después de cruzar Colombia bajo estrictos controles policiales (y algo similar en México), atrás quedaron otros países y el cruce por mar para llegar a Panamá. El tránsito por Estados Unidos fue feliz, por Canadá otro tanto y… finalmente, el 12 de julio de 1996 , estaban en Fairbanks… haciendo piruetas y ¡brindando con champán!
En esa mochila que Lalo mencionaba al principio quedaron incorporados cientos de anécdotas. Como esa vez que en el pueblo colombiano de Pasto la conserje del hotelito les metió miedo sobre el supuesto peligro por la presencia de asaltantes en el camino y, de todas maneras, tras una reunión de “estado mayor” resolvieron seguir adelante “pero, poniéndonos en manos de los dioses del camino nos largamos con la alegría de siempre”.
También las emociones de los días vividos en San Francisco y aquel momento en que un atento policía de tránsito les enseñó las normas de cómo desviarse de la ruta para dejar pasar al auto que marcha detrás.
Las impresiones acerca de las dimensiones gigantescas del Canadá y, más arriba aún, comprobar la epopeya de la construcción de la Alaska Highway.
Y, después, en el regreso cuando bajo una lluvia inclemente, en plena selva de Nicaragua, tres jovencitos “sospechosos” se convirtieron en solícitos ayudantes para cambiar una goma pinchada.
O las mansas jornadas de navegación por el río Amazonas, de Manaos a Belén, por el tajo de la mayor selva virgen del mundo.
De todo, y todo vivido con intensidad. Una experiencia única e intransferible, que Lalo Fernández recomienda con entusiasmo a quien se anime, con una sencilla reflexión final: “si lo volviese a hacer lo haría más lentamente, con más pausas”. Un consejo para tener en cuenta.




miércoles, 20 de mayo de 2009

Picoto, el pescador que inventó un balneario en la costa cerca de Viedma

Es un hombre enamorado de la pesca, pionero en el sitio de las playas del balneario El Cóndor, al sur del faro, que precisamente es conocido con su apelativo. Trabajó durante muchos años por el progreso de la villa marítima, que define como “un lugar maravilloso, para saber aprovechar en esos 10 minutos que se puso lindo”.

El porteño barrio de la Boca, sobre el Riachuelo, tiene su “Vuelta de Rocha”, que debe su nombre a don Antonio Rocha, antiguo propietario de esos terrenos. Aquí en el portal de la Patagonia tenemos nuestra propia Boca, la del río Negro, con su “Bajada de Picoto”, un sitio donde las playas son muy suaves y protegidas de los vientos, y el pique resulta muy favorable.
Todo el mundo lo conoce por Picoto, pero se llama José Luis y Fernández de apellido, lo que delata su origen de sangre española. “Todos mis hermanos y yo recibimos distintos apelativos desde chicos, a mí me pusieron Picoto, no sé si por la nariz, y quedó; tan incorporado en mi vida que alguna vez hubo un documento que lo pusieron a nombre de José Luis Picoto.”
Nació en Viedma el 6 de marzo de 1942, en el seno de una familia trabajadora, cuyo padre desempeñó diversas tareas y oficios: quintero, guardiacárcel y zapatero remendón.
La actividad comercial la empezó ya de joven con algunas experiencias “en las que no me fue muy bien”, como una despensa, una rotisería y un comedor. Pero el resultado favorable de un juicio, y el consecuente cobro posterior de una suma interesante de dinero, le abrieron las puertas para una oportunidad distinta en la vida. En 1976 compró una construcción en el centro de El Cóndor, montó un negocio y se instaló en forma permanente.
“ Los primeros años fueron difíciles, en el balneario vivía poca gente y se había cerrado la escuela hogar, yo estaba solo, porque mi señora se quedó con los chicos en Viedma por la escuela, pero se venían todos para los fines de semana; no me arrepiento, fue el cambio de mi vida” dijo, en el inicio de la entrevista.
Un descuido y una solución
La charla con Picoto Fernández se concretó en el transcurso de una recorrida por distintos escenarios del balneario El Cóndor. El más importante, la bajada al sur del faro. “La pesca ha sido mi gran pasión de toda la vida, en cualquier forma que sea, embarcado, desde la costa, tirando la red. Más que nada me gusta la pesca con caña, porque tiene más emoción. Esa pasión me llevó a empezar la construcción de la bajada y después de la escalera de hierro, que fue toda una aventura hacerla”.
“Todo el esfuerzo valía la pena, porque justo acá enfrente la marea todos los años hace un zanjón, y en ese lugar se concentra mucho pique, porque los peces se quedan encerrados en la punta de la canaleta y allí estamos nosotros con la caña.”
Este es su relato sobre el origen de la fantástica escalera. “Eran los tiempos en que salíamos de pesca con un gran amigo, que era delegado municipal y se llamaba Edgardo Roberti. Una tarde, apenas yo había cerrado el negocio y cuando él se desocupó de la delegación, salimos por la playa caminando hacia la zona del zanjón. Nos entusiasmamos con la pesca y cuando miramos para el lado del faro nos dimos cuenta que el mar, que venía creciendo, ya nos había encerrado; porque había viento sur y una marea más alta de lo normal. Fue un descuido y tuvimos que asumir que no había manera de salir. Así que allí, parados arriba de una roca como teros, aguantamos toda la marea y estuvimos charlando largo rato. Pensamos entonces en hacer una escalera para poder salir de la playa cuando sube el mar. Al mismo día siguiente pusimos en marcha la idea, que consistía en excavar la roca a pico y pala para hacer una bajada, una especie de zanja para bajar y subir.”
Después de unas primeras jornadas de trabajo el peón, que Picoto había puesto a trabajar, se encontró con unas placas de piedra muy dura, en donde era imposible avanzar. “Allí fue donde surgió la idea de la escalera metálica. Cirillo, el de la casa de materiales, me regaló unos caños largos y empezamos a trabajar, en un taller aquí mismo en la Boca. Muchas tardes en lugar de irnos a pescar nos metíamos con Roberti a soldar las piezas de la escalera, de 26 metros de largo. Cuando la paramos por primera vez, recostada sobre la pared de una casa, notamos que se bamboleaba y le hicimos una serie de refuerzos. Con los dos acoplados de la Municipalidad y uno mío la trajimos hasta la playa; fue una verdadera odisea, y la dejamos allí. Después, otro día, fuimos con un grupo de amigos, con unos aparejos y la levantamos a pulmón, hasta apoyarla sobre el acantilado. En ese momento descubrimos que habíamos calculado mal y, como los travesaños estaban muy tirados para adelante, más que una escalera era un tobogán. Debo reconocer que en ese momento me desgané, pensé que todo el esfuerzo no había servido para nada. Pero seguí pensando en cómo resolver el problema y la fuimos arreglando. Pero había otro inconveniente, porque no alcanzaba el largo para apoyarse bien en la base sobre la playa, sobre una roca. Entonces le agregamos tres metros más, con una bisagra que permitía levantar ese tramo según la marea.”
El éxito del nuevo balneario
Sigue contando José Luis Fernández. “Al fin estuvo terminada y la empezó a usar la gente. Con miedo o sin miedo la usaron muchas personas y se hizo popular, este lugar que hasta ese momento estaba desierto se convirtió en un balneario muy concurrido. Yo había logrado el objetivo de no quedarme nunca más encerrado por el mar. La verdad es que yo creía que la íbamos a usar sólo tres o cuatro fanáticos de la pesca, pero fue un éxito extraordinario, la cantidad de autos que se veían arriba del acantilado nos sorprendía. En ese tiempo hasta teníamos miedo de que la cantidad de gente fuera a espantar la pesca, pero comprobamos que mientras el mar haga el zanjón el buen pique no faltará nunca.”
“Cuando colocamos la escalera observamos que arriba, en el borde del acantilado, habían quedado una punta de piedra y una grieta, una ranura por la que podía producirse el desmoronamiento de la barranca; pero intentamos sacarla y no pudimos. Esa fue la desgracia de la escalera, porque unos años después con una tormenta del sur muy fuerte el agua entró y socavo el acantilado. La roca se cayó, justo arriba de la escalera, y la destrozó. Cuando la fui a ver no podía contener las lágrimas, era un sueño hecho pedazos y además me sentía responsable ante los muchos amigos que me habían ayudado a construirla y levantarla, cuyos nombres tengo todos anotados en un cuaderno, con el detalle de cada colaboración.”
Durante un par de temporadas se interrumpió la bajada al mar en ese sitio. Después la decisión del gobierno provincial hizo realidad el acceso actual, con una rampa para vehículos, un balcón mirador y defensa contra las mareas altas.
Dice Picoto que “su” bajada es “la foto para el turista, en la Boca hay muchos lugares para la foto, pero éste es uno de los más interesantes.”
La lucha contra la arena
La charla con este hombre, entusiasta sin límite acerca del futuro del balneario marítimo de Viedma, no puede soslayar un rápido balance de los muchos años en ocupó el cargo de delegado municipal, hasta su reciente alejamiento por problemas de salud. “Trabajé con todas mis fuerzas, y una de mis mayores preocupaciones fue la arena que se levanta y tapa la avenida Costanera” dice y agrega, con humor: “intenté una campaña de publicidad sobre las propiedades curativas de la arena, para que la gente se la llevara, pero no tuve suerte”.
El balneario tiene una plaza. En la actualidad está cubierta por mucha arboleda, tiene algunos sectores parquizados, un sector de juegos infantiles y veredas que conducen al centro del paseo, en donde una placa nos señala el nombre que le fue impuesto: Rubén “Tocho” Pérez Entraigas, en homenaje al ya fallecido propietario de la estancia El Cóndor y gran promotor de la villa marítima.
“Al principio, cuando arrancó la idea de la plaza con el finado Matio Cailotto (que también fue delegado municipal) esto era un salitral y muchos nos decían que acá no crecería nunca nada verde, pero le pusimos esfuerzo y agua y acá está” explicó, mientras le mostraba al cronista las generosas dimensiones de la cisterna subterránea que, una vez terminada la instalación de cañerías y aspersores, habrá de asegurar el riego al sector. La forestación ha sido y sigue siendo una de las constantes preocupaciones de José Luis Fernández.
Más allá, camino al Pescadero, la siguiente detención fue en la cancha de fútbol municipal, otra de las obras que se concretaron durante la gestión de Picoto al frente de la delegación. “Todavía faltan las tribunas y los baños, pero ya tiene piso y césped, y una buena iluminación para usarla de noche, tal vez no parece pero es realmente mucho para nuestro balneario” acota, con legítimo orgullo.
El tipo caliente y su consejo
Asegura “que hay historias como para escribir un libro” sobre las experiencias vividas durante más de tres décadas atrás del mostrador, en un lugar de veraneo donde la gente siempre tiene exigencias. “Pagué el derecho de piso porque al principio intenté tener una rotisería, pero después tuve que incorporar otros ramos, palas y herramientas para los albañiles, un poco de farmacia, rollos fotográficos, de todo un poco… y con la gente, bueno reconozco que tengo un carácter, que siempre fue el mismo. Soy un tipo caliente, que más de una vez tuvo que pedir disculpas por alguna contestación fuera de lugar”.
Desde la costanera Picoto observa su querido balneario: cae la tarde y el cielo es una fiesta de colores; entonces revela su fórmula secreta para disfrutar mejor las estadas en el lugar. “Hay que aprovechar los 10 minutos buenos. Cuando se pone lindo no hay que dudar ni quedarse dormido, hay que salir para la playa en ese momento, ya sea a la mañana, al mediodía o a la tarde. Sigan mi consejo y no se van a arrepentir”.

sábado, 16 de mayo de 2009

Edgardo Goldaracena, un vecino de Carmen de Patagones con buena memoria


Edgardo Goldaracena, el “Negro”, tiene 75 años, cumplidos el 11 de noviembre del año pasado. Es nativo de San Blas, maragato por donde se lo mire. Fue concejal y secretario de gobierno municipal de gestiones electivas, y después intendente de facto, siempre con vocación de servicio a su querido Patagones. Habla de todo, con enorme sinceridad.


“Soy nativo de Bahía San Blas, y puedo decir con orgullo que somos muy pocos los que propiamente nacieron allá, con un parto atendido por una comadrona, en la propia casa, como se hacía en esos años” anunció Edgardo Goldaracena, en el arranque de lo que sería una larga charla, matizada con anécdotas (algunas de las cuales este cronista se comprometió a guardar en reserva) y observaciones muy interesantes sobre las alternativas de su vida. Lo que sigue es su palabra.
Aquella infancia, junto al mar
“Mi abuelo tuvo un campo en la zona de San Blas, pero lo perdió por cuestiones bancarias, y mi padre quedó allá. Tenía un arado con caballos, por supuesto; y trabajaba campos de otros, a porcentaje. En la época del cazón los trasladaba desde la costa del mar a la fábrica donde se le extraía el hígado, en la zona que llamamos del Pueblo Viejo. Se la rebuscaba, para sostener a la familia de cinco hijos, uno solo de ellos varón, que venía a ser yo”
“”De primer grado inferior a tercer grado hice la primaria en la escuelita de San Blas, y después hasta sexto acá en Carmen de Patagones, en la escuela 2, porque ya estaba viviendo en la casa de mi abuela.”
“Alguna vez una señora muy amiga me dijo: qué dura fue tu infancia, te veía con una gomera colgada al cuello, juntando los caballos y ayudando a tu padre en el campo. Y yo le contesté: no te equivoqués, mi infancia fue tan feliz como la de cualquier chico. Yo no tuve bicicleta, ni una pelota de fútbol, porque pateábamos una pelota de trapo, pero fui feliz. Porque me marcó una cosa muy cierta: que en la vida no siempre los que tienen mucho son los más felices”.
La DGI y después
“A los 18 años me fui a Trelew y entré de ordenanza, allá, en la Dirección General Impositiva; y en la escuela nocturna de Comercio hice hasta tercer año, rendí como oficinista y entré a progresar en el trabajo. Como ya sabía demasiado, o al menos eso me creía, dejé de estudiar el comercial y me puse a prepararme para rendir el examen de liquidador en la DGI y a los 20 años ya tenía ese cargo.”
“En el 53 en la DGI ya había aprobado el examen para liquidador y no me nombraban porque no estaba afiliado al peronismo. Me tuvieron dos años pagándome viáticos de Trelew a Puerto Madryn como para compensar la diferencia de sueldo. Mis viajes a Madryn eran para controlar los parciales de exportación. Eran los tiempos en que el paso de los autos por el paralelo 42 estaba libre de impuestos, pero no así las cubiertas. Entonces había que controlar, en los autos usados que pasaban la frontera de Río Negro a Chubut, el porcentaje de desgaste de las cubiertas, para aplicar el impuesto correspondiente. Suena risueño, pero era la realidad de esa época.”
“En 1955, después de la caída del peronismo volví a Carmen de Patagones. En el distrito de Viedma trabajé junto a un gran hombre, Rodolfo Lavayén, que era mi jefe; y seguí ascendiendo hasta que llegué al tope de mi categoría. Entonces me correspondía ser jefe de distrito, y me ofrecían hacerme cargo de Esquel, Río Gallegos o Puerto Deseado. Pero ya no tenía ganas de irme al sur, mis padres no querían que me fuera, y decidí renunciar. ¡Había que tener coraje para dejar un buen cargo de ese tipo en ese tiempo!”
“Tenía 25 años y no tenía plata para ponerme una oficina propia, para seguir haciendo lo que ya sabía hacer: liquidar impuestos. Entonces me fui a trabajar como gerente en la Corporación de Comercio, para aprovechar las instalaciones de allí. Al tiempo me puse por mi cuenta, y creo que no me fue tan mal, teniendo en cuenta que empecé de cero”.
“Ya venía militando en el radicalismo desde el ’50 y me había sentido incómodo con algunas cuestiones, por ejemplo la obligación de llevar luto por la muerte de Evita. Yo siempre estuve con Frondizi, acompañé a la UCRI y fui concejal municipal en 1958, con la intendencia de Juan Pozzo Ardizzi, en tiempos del gobernador Oscar Alende”
“Pero con el peronismo proscripto no había política real, éramos tan irreales como lo fui yo como intendente en la época militar”
El plan de colonización
“En el partido de Patagones, alrededor del pueblo, había 160 mil hectáreas de tierras fiscales y durante el gran gobierno del gobernador Domingo Mercante (1946-52) se adjudicaron a sus ocupantes. Hasta ese momento las tierras fiscales estaban arrendadas y cuando entraban los conservadores echaban a todos los radicales, pero cuando venían los radicales sacaban a los conservadores. Mercante puso en marcha el plan de colonización agraria, que se basa en la promesa de venta a los ocupantes, con una serie de requisitos que incluían la construcción de la vivienda con instalaciones sanitarias, y radicación en el campo. Así se terminó el problema de las tierras fiscales, con un proceso que llevó varios años. Yo entré en 1960 a la Administración de Tierras Fiscales en el gobierno de Alende. Ya estaban para escriturar una cantidad de parcelas, aunque había fuertes críticas de la oposición. Entre las escrituras salió la de mi padre, también en esa época. Mi función era la de administrador, mi jefe era Magdaleno Ramos, jefe del Departamento de Tierras y Colonias de la provincia de Buenos Aires, con quien me une una profunda amistad y aprecio. Salíamos por los campos a controlar los pagos de las cuotas, si cumplían con la condición de la vivienda y otros detalles. Recorrimos todo el partido de Patagones, íbamos a hacer las inspecciones generales, el expediente pasaba a la Escribanía General de Gobierno y finalmente llegaba el esperado momento de la entrega del título. Avisábamos unos días antes y, por supuesto, nos esperaban con un emotivo agasajo, con una buena mesa por supuesto, a la que Magdaleno y yo le rendíamos honores.”
“Me fui del Instituto Agrario porque mi oficina había crecido, me dediqué a comprar lanas para una firma exportadora, la familia crecía con los dos chicos, más tarde ocupé durante menos de un año la secretaría de Gobierno y Hacienda con otro amigo, el intendente Néstor Ezcurra, en 1973”
En la intendencia
“Cuando los milicos me ofrecieron el cargo algunos vecinos me apoyaron, por aquello de que más vale jodido conocido que bueno por conocer. Yo no fui intendente de verdad, había un vecino de Patagones, que no quiero nombrar porque ya está muerto, que una vez me dijo: vos no sos intendente, vos sos un interventor. Mi intención fue solamente la de serle útil a mi comunidad, no voy a defender a los procesos militares, porque no lo siento. De todas maneras había entre los militares gente de todos las calidades, como en todos los órdenes de la vida”.
“Lo que más recuerdo de esos años son las cuestiones de rivalidad interna entre las fuerzas. La primera vez que fui a una reunión de intendentes enseguida se me acercaron otros colegas para preguntarme: ¿vos de qué fuerza sos, de Marina, de Ejército o de Aeronáutica? Y yo me ponía en situación ridícula, cuando les contestaba, no sé de que soy. La intervención de la municipalidad la habían hecho los marinos, pero a ponerme en posesión del cargo vino después un coronel. En ese tiempo llegué a otra conclusión: entre los militares había muchos peronistas, también en esa época”.
Un hombre sincero
El Negro Goldaracena nunca fue antiperonista y, por el contrario, y cuando era intendente municipal no dudó en ofrecerle el estratégico cargo de Inspector General a un conocido militante del peronismo de Patagones. Un gesto que lo pinta de cuerpo entero, porque es un hombre sincero.
Con el actual intendente Ricardo Curetti lo une una gran simpatía y cordialidad, que son correspondidas. Admira sus condiciones de administrador político y cree que “este es el perfil actual que requiere el cargo de intendente”. “Pero yo no lo voté”, aclara, y cuenta una anécdota muy curiosa de cómo lo conoció a Curetti, más o menos por el año 1979. “En ese tiempo el intendente tenía que ponerle el gancho de aprobación a una planilla con los datos de toda persona aspirante a un cargo público en la provincia, en cualquier orden. Ricardo, recién recibido, se anotó para entrar en el COIRCO (Consorcio de Riego del Río Colorado) y me trajeron la ficha. Yo la miré y le dije a Nelly Yunes, que era mi secretaria, no la voy a firmar hasta que no venga a verme el interesado. Al otro día vino Ricardo, muy jovencito, y también muy arrugado por la situación. Lo hice pasar y le expliqué:“mirá, te voy a firmar la hoja, pero te quería conocer porque sos el primer muchacho de Stroeder que se recibe de ingeniero y también para averiguar si somos parientes, porque yo tengo una prima lejana con tu apellido; allí se le aflojaron los nervios…. pobre.”
Desde su modesta oficina en la calle Italia, donde dice estar “de prestado” con su amigo Daniel Montiel, Goldaracena observa la crítica realidad del campo de Patagones, por consecuencia de la sequía. “Tengo fe en que se va a salir, con un alto costo, pero se va a salir. Pero para avanzar al futuro es imperioso el crecimiento industrial” vaticina.
Rodeado de recortes y fotos de su archivo (como las dos que se presentan en estas páginas) confiesa que San Blas es su lugar preferido en el mundo. “Me gusta mucho y será por los recuerdos de infancia quizás. Tengo una casita allá, y grandes amigos como Gustavo Malek y su esposa, Berta, con quienes compartimos momentos muy lindos”.
La tarde de otoño se hizo noche, pero quedaron muchos temas sin tratar, porque Edgardo Goldaracena tiene mucho para contar.


domingo, 19 de abril de 2009

Hace 30 años se inauguró el monumento a Francisco de Viedma






Los acontecimientos que se relatarán en esta crónica (y su continuidad, el domingo venidero) ocurrieron hace 30 años. Las dos ciudades hermanas del río Negro, Viedma y Carmen de Patagones (o, si prefieren: Carmen de Patagones y Viedma) celebraron en abril de 1979 el bicentenario de la fundación. Uno de los íconos de aquella conmemoración es el monumento al fundador, don Francisco de Viedma y Narváez, que sigue allí plantado sobre la costanera viedmense.

La realización de la escultura y su posterior instalación fueron una parte de los trabajos encarados, con pasión, entrega laboriosa de muchas horas y absoluto desprendimiento de interés personal, por un grupo de vecinos de Viedma bajo la denominación colectiva de “Comisión del Bicentenario”.
El presidente y alma mater de esa entidad fue Vicente “Tito” Naím Pérez, quien hoy, a los 84 vitales años, recordó con precisión una serie de datos muy interesantes y aportó a cronista documentación de enorme valor.
Todo empezó en 1977
“En 1977 yo era presidente de la cámara de Comercio y realizábamos muchas gestiones por Viedma; pero, además, siendo amigo del padre (Raúl) Entraigas, gran historiador, tenía conocimiento de la proximidad del bicentenario de la fundación. Entonces nos empezamos a juntar con un grupo de vecinos, con participación en diversas entidades, y decidimos formar esa comisión a la que le pusimos de título: del Bicentenario de Viedma; faltaban dos años y ya empezábamos a trabajar” inició su relato Naím Pérez.
Añadió que “una de las primeras inquietudes fue encontrar los restos de don Francisco de Viedma y Narváez y como, por el padre Entraigas, teníamos conocimiento de su muerte en Cochabamba, en Bolivia, hicimos contacto con las autoridades de esa ciudad y, en particular, del hospital que lleva su nombre”.
Esa gestión se cumplió hacia septiembre de 1977 y dio lugar al hallazgo, en forma totalmente casual del sepulcro del ilustre fundador de Viedma y Patagones. El hecho está descrito en un recorte del diario “Los Tiempos”, de Cochabamba, con fecha del 14 de octubre de 1977, que el propio Vicente Naím Pérez tuvo la gentileza de proporcionar a Noticias de la Costa.
El hallazgo del sepulcro de Viedma
“Los restos del filántropo español don Francisco de Viedma, que vivió muchos años en Cochabamba, siendo su gobernador durante la época de la colonia y que falleció en el año 1809 fueron descubiertos ayer (13-10-77) en forma casual en un nicho ubicado en el ala izquierda de la capilla del Hospital Viedma en esta ciudad” señala la crónica del diario boliviano.
Sigue así. “El descubrimiento se realizó en forma casual, cuando el director de ese nosocomio, Dr. Ciro Zabala, a instancias de un organismo cívico de la ciudad de Viedma, provincia de Río Negro, de la República Argentina, buscaba algunos datos bibliográficos sobre la personalidad del filántropo español.”
“Según narra el Dr. Zabala desde hace varios días pretendía conseguir alguna documentación y ayer, en horas de la mañana, en forma casual solicitó a uno de los funcionarios del hospital que observe el interior de la capilla, a fin de conseguir algunos elementos de juicio para cumplir el pedido que le habían formulado”.
“Cuando algunas religiosas y otros funcionarios del hospital empezaron a tantear la pared del ala izquierda de dicha capilla escucharon el sonido característico de vacío, situación que motivó que el Dr. Zabala instruya se proceda a retirar la capa de yeso en el lugar mencionado” se extiende el artículo.
Y aquí viene lo mejor. “La sorpresa de los funcionarios del (hospital) Viedma fue mayúscula cuando encontraron una pequeña lápida de color negro, con letras de bronce que dice: Homenaje de gratitud del pueblo de Cochabamba a su filántropo, benefactor e ilustre gobernador, don Francisco de Viedma. Retirada la lápida se observó una pequeña urna de un metro de longitud aproximada. En el interior se encontraba un sudario, restos humanos y un papel que, luego de realizadas las investigaciones posteriores, resultó ser la ordenanza municipal que fue dictada por el presidente del Concejo Municipal, Ramón Rivero, en 1895, año en que se trasladó los restos de don Francisco de Viedma de la capilla de San Francisco a la capilla del hospital”.
Queda claro, de todo lo anterior, que la ciudad de Cochabamba, antiguamente conocida como Villa de Oropeza, recuperó los restos de su filántropo ex gobernador, y pudo reiniciar los homenajes que le correspondían, en virtud del trámite iniciado desde esta ciudad que orgullosamente lleva el nombre de su fundador.
Volvamos a los recuerdos de “Tito” Naím. “Nuestra máxima aspiración era traer esos restos a nuestra ciudad, pero dada la importancia histórica de don Francisco de Viedma para Cochabamba eso era imposible; y tuvimos que conformarnos con una urna conteniendo tierra de su sepulcro”.
Pensar en el monumento
Pero hubo otra inquietud que, enseguida, motorizó a la Comisión del Bicentenario: la creación e instalación del monumento que la ciudad le debía a su fundador. “No teníamos monumento, pero tampoco había ni siquiera una imagen en la cual basarse para mandar hacer esa obra” apuntó el entrevistado.
Un retrato con una versión figurada del rostro del andaluz se consiguió desde Bolivia y aquí lo mejoró el dibujante Rubén Martín Vispo, el paso siguiente era poner en manos de un equipo de trabajo todo lo relativo al monumento y llamar al concurso respectivo.
Recordó Naím Pérez que “se designó una subcomisión integrada por los ingenieros Mario De Rege y Tito José Mendioroz, y por el arquitecto José Enrique Garcia, y se convocó a concurso con fecha de cierre el 13 de abril de 1978, ganaron tres artistas plásticos de Buenos Aires y se pusieron a trabajar, hacia fines de ese año: hicieron el molde allá y acá, en el galpón de mi agencia de autos, en la calle Guido, se hizo el relleno”.
La obra estuvo lista para el mes de marzo de 1979, pero un inconveniente impensado surgió en ese momento: ¡se estaban haciendo obras de cloacas y desagües pluviales y la calle estaba cortada, y llovía muchísimo! Finalmente se logró poner tablones y sacar el monumento, realizado en hormigón, para llevarlo hasta su emplazamiento. La colocación sobre la base fue otra tarea compleja, tal como lo refleja la foto publicada (gentileza de la Fototeca de la Asociación Amigos de lo Nuestro) y se completó recién un día antes de los festejos del 22 de abril de 1979.
La ubicación de la escultura
“Mientras el monumento estaba en marcha apareció una cuestión que casi se convirtió en una polémica. ¿En donde íbamos a emplazar la obra? Yo proponía que fuese en el medio del río, enfrente de las dos ciudades, como en una especie de islote artificial como la estatua de la Libertad, en Nueva York. Pero Cándido Campano, vicepresidente de la comisión, decía que tenía que ser en el lugar de la fundación del primer fuerte, enfrente del Centro Cultural; y otros opinaban que debía estar cerca del puente carretero, en construcción por aquellos tiempos” aportó, nuevamente desde su memoria, el amigo Tito.
La cuestión se zanjó por la vía de una encuesta pública, donde los vecinos tenían que marcar su preferencia y colocar en una urna instalada en la cámara de Comercio. “Por unos pocos votos ganó la idea de Cándido y allí está, desde entonces, el monumento que Viedma le debía a su fundador” concluyen los recuerdos de Vicente Naím Pérez.
En el interior de la base, proyectada por el ingeniero De Rege, se colocó un cofre que contiene recortes periodísticos de la época y un acta firmada por todos los miembros de aquella Comisión del Bicentenario, con la intención de que sea rescatada al cumplirse 50 años de su inauguración, es decir dentro de dos décadas.
La única placa existente
En los solemnes actos del 22 de abril de 1979 fueron colocadas, en el basamento, 32 placas de homenaje en nombre de diversos organismos y entidades públicas. En tiempos recientes fueron hurtadas casi la totalidad de esas placas, para traficarlas por su contenido de bronce (la imagen actual del monumento con su base plagada de grafitis así lo muestra), y como curiosa paradoja, sólo quedó firmemente adherida, aquella en donde figura la nómina completa de aquellos integrantes originales de la Comisión del Bicentenario.
Ellos eran: Vicente Naím Perez, presidente; Cándido Campano, vicepresidente; Luis Zaina, secretario; Mario Lini, prosecretario; Mary Callupil, tesorera; Rolando Quaranta; protesorero. Felipe Salinas, María Fagés de Sacco, Casilda Leuce de Crespo; Osvaldo Casamiquela, Omar Crespo, Rolando Barabino, Hilda Arró de Salazar, Bernardo Jacobson, Carlos Balogh, Graciela Campano, Olga Rico, Mario De Rege, Enrique García, vocales. Oscar Peña, secretario de actas.
Muchos de estos vecinos han fallecido en el transcurso de estas tres décadas, pero no debe extinguirse el reconocimiento de la comunidad de Viedma, no tan sólo por el monumento que legaron a la ciudad, sino porque la comisión continuó en el tiempo realizando otras obras, como la recuperación de la Biblioteca Popular Mitre y de una parte de la Manzana Histórica, convertida en el Centro Histórico Cultural Salesiano que alberga los museos Cardenal Cagliero; Gardeliano, Lisandro Segovia; y del Agua y del Suelo, Osvaldo Casamiquela.
Una estampilla para el recuerdo
Otra de las iniciativas del dinámico grupo fue que el Correo Argentina emitiera, en octubre de 1979, una estampilla conmemorativa. La imagen del monumento aparece en el centro del sello, con la leyenda “1779-Fundación de Viedma y Carmen de Patagones-1979” No hay constancias sobre la cantidad de ejemplares que circularon de esta pieza postal, de 500 pesos de entonces (los de la ley 18.188), pero es muy probable que varios miles hayan circulado por el país con cartas de distinto tipo.

lunes, 13 de abril de 2009

El centenario edificio del Banco Nación en Patagones y una foto que cuenta historias

La sede del Banco de la Nación Argentina de Patagones es, sin ninguna duda, el edificio bancario más antiguo de la comarca y, muy probablemente, uno de aquellos de mayor historia de toda la Patagonia. Según los datos recopilados por este cronista la inauguración de la importante construcción se realizó hace 100 años, en abril de 1909, y la foto que se publica tiene una anotación que la sitúa en 1915. Es seguro que la toma fotográfica se realizó un día de fiesta, por la elegante compostura de todos los personajes. Pueden observarse detalles muy interesantes: el automóvil, que es aparentemente un Ford T ,1914, modelo Corsa (sin capota, casi como un tractorcito), y junto a este vehículo una motocicleta, que bien podría ser una “Rudge” o una “Harley Davidson” , propiedad de algún acomodado (en lo económico) deportista de aquellos tiempos, amante de las emociones fuertes. En tanto del otro lado (como en un contraste entre la tradicional tracción a sangre y los “modernos” motores a explosión) se muestran un carruaje de 4 ruedas y capota, de aquellos que se funcionaban como “coches de plaza”, y son los antecedentes del taxi; junto a un caballero, bien montado, de saco y corbata, con broches y botas de caña larga ¡todo un dandy!
Por fortuna el frente de este importante edificio se mantiene intacto (sólo que la magnífica puerta ya no cierra nunca, porque habilita el paso para el cubículo del cajero automático) y aunque le falta una lavada de cara es un exponente de belleza arquitectónica en el casco viejo de la ciudad. Tal vez las propias autoridades de la entidad, fundada en 1891, ignoran que esta casa de Patagones está cumpliendo su centenario, lo que bien podría ser motivo de alguna conmemoración.

domingo, 29 de marzo de 2009

Interesante aproximación a la historia de una familia de Patagones y Viedma

En los pueblos de fuerte tradición (Carmen de Patagones lo es, sin ninguna duda) las historias de las familias se entrelazan con el devenir de toda la comunidad. Por eso, cuando el abogado Carlos Larrañaga se lanzó a la tarea de armar el árbol genealógico de los Casadei-Larrañaga estaba, de alguna manera, metiéndose en la historia de su pueblo natal.

Más de dos años le llevó el emprendimiento y a principios de 2009 sintió la urgencia de darlo a conocer, bajo forma de libro. Apareció así el trabajo titulado “Familias de la Patagonia norte, árbol genealógico Casadei-Larrañaga” que reúne variada y muy completa información.
“Se trata de un libro que tiene que ver, básicamente, con la familia, con nuestros antecesores, fundamentalmente con aquellos que pusieron los primeros ladrillos y con sus propias manos, los que colocaron las primeras semillas para que nosotros estuviéramos aquí sentados” expresó el autor en la presentación, un par de semanas atrás en la casa de la Cultura en Carmen de Patagones.
Agregó que el objetivo de la obra es “rescatar y homenajear a través de mis antepasados a otras tantas familias que al igual que las nuestras nos fueron marcando el itinerario en la Comarca. Me refiero a aquellos hacedores de un pasado, no muy lejano, de apenas cien años atrás o algo menos. Ellos a su manera, de una u otra forma, también tuvieron que derribar paredes, volver a levantarlas, pasar por lugares no andados, buscando su bienestar y el de sus hijos, en definitiva: el de su familia”.
Larrañaga afirmó también que “me gustaría ampliar el libro con el aporte de ustedes (de los presentes y todos los que se interesen en ello) a través de otros testimonios, documentos o fotografías”. Se refirió después a que “en el libro aparecen muchísimos nombres de familias emparentadas, de fuerte raigambre en nuestra zona, con sus propias historias”. Aún a pesar del riesgo de cometer algún olvido mencionó después algunos de los apellidos que aparecen en la recopilación (además de Casadei y Larrañaga, por cierto): Percaz, Malpelli, Pisandelli, Lauriente, Bergandi, Iriarte, Guido, Anfossi, Scavo, Pérez Esteban, Vezzoso, Benítez, Costa, Furfaro, Proserpi, Oyola, Jalabert, Buckland, De Rege, Gorriti, Wild, Serra, Malaspina, Biagetti, Klein, Asaroff, Jaureguiberry, García Campano y García Prieto.
Hacia el final de su emotiva disertación sostuvo que “la familia no es un mito y es algo real y concreto, es donde nos criamos y educamos. Pero hoy en día todo ha cambiado y, es más, tengo la sensación de que en estos tiempos las cosas suceden muy rápido. Los medios de comunicación nos nutren de información, a veces con datos superfluos, y lo más grave aún es que vamos perdiendo memoria y los recuerdos, y al perder la memoria vamos indefectiblemente dejando en el olvido nuestra identidad”.
Las raíces
La investigación de Carlos Larrañaga arranca con la identificación de lo que bien llama “el punto de partida”, es decir sus abuelos.
Por la parte materna aparece Atilio Casadei Ciacci, un italiano nacido en Montescudo el 2 de noviembre de 1881, llegado a las costas de Viedma y Patagones hacia 1899; casado aquí el 11 de enero de 1908 con Alejandra Ester Blanca Malpeli, nacida en la República de San Marino el 5 de junio de 1889 y llegada a la comarca pocos años antes de su matrimonio.
Por la parte paterna figuran el español (vasco, para más datos) Agapito María Larrañaga de Alberdi, nacido en Villa de Azpeitía el 18 de agosto de 1857 y radicado en Bahía Blanca hacia 1890, en donde el 14 de octubre de 1892 casó con su compatriota Rosario Estellarte Sainz, nacida en San Sebastián en 1869.
La combinación de las sangres de origen italiano y español, con todo lo que ello implica, contribuye a la caracterización de la familia Casadei-Larrañaga, en un todo identificada con las tradiciones de Carmen de Patagones y Viedma.
El autor hizo una breve caracterización de sus abuelos, en sus oficios y otras actividades, lo que nos permite saber que Atilio Casadei fue uno de los pioneros fundadores del balneario en la Boca del río y gran amigo de Jacinto Massini (cuyo nombre identificó durante muchos años a la villa marítima), con quien compartía la pasión por el mar, seguramente con un resabio nostálgico de la tierra natal de ambos.
Pero don Atilio fue, además, muy conocido en Viedma y Patagones por sus emprendimientos gastronómicos y hoteleros. Fue propietario de una fonda ubicada en la esquina de las calles Colón y Tucumán, de la capital rionegrina; y del Hotel Siglo XX, situado en Carmen de Patagones en la intersección de Comodoro Rivadavia y Alsina. No faltan vecinos memoriosos que recuerdan, por si mismos o a través del relato familiar, las excelentes comidas preparadas en aquellos restaurantes, bajo la mirada vigilante de Atilio Casadei.
El otro abuelo, Agapito María Larrañaga, llegó de Bahía Blanca dedicado al transporte de pasajeros y comercio, pero también instaló un hotel, que llevaba su nombre, en la esquina de las actuales Yrigoyen y Bynon, de Patagones; que más tarde sería el Hotel Italia, de los Gianni.
El matrimonio Casadei-Malpeli tuvo seis hijos: Teresa (1910); Estera Velia (1913); Oscar Elio (1916); Arturo Hércules (1918); Norma Noelia (1927); y Norberto Atilio (1928).
Los esposos Larrañaga-Estellarte tuvieron cinco vástagos: Benita (1895); Rosario (1897); Victorina Lucía (1899); Agapito (1901); y José (1903).
Los padres
Teresa Casadei y Agapito Larrañaga, maragata ella y viedmense él, se casaron el 5 de febrero de 1933 (ver foto, en el hotel Larrañaga). Ellos fueron los padres de Carlos Alberto Larrañaga Casadei (1955), el menor de la prole de cinco hijos, abogado, divorciado, autor de la obra que nos ocupa.
La mayor es Teresa Nelly Larrañaga Casadei (1934) religiosa de María Auxiliadora; y le siguen Mabel Ethel Larrañaga Casadei (1935), docente, casada en Viedma con Juan Carlos Pisandelli; Atilio Agapito Larrañaga Casadei (1941), ingeniero civil, casado en Bahía Blanca con Marta Ofelia Ciccioli; Juan Antonio Larrañaga Casadei (1943), contador público, fue intendente de Patagones (1982-83), casó en Bahía Blanca y vive en Patagones con María Haydee Lasalle.
Agapito Larrañaga, progenitor del historiador familiar, se dedicó a diversas actividades del comercio, fue tasador de los bancos de la Nación Argentina y Provincia de Buenos Aires; representante de calificadas firmas comerciales; comprador y acopiador de frutos del país. Militó desde joven en las filas de la Unión Cívica Radical y, según consta en la crónica fúnebre del periódico La Nueva Era, en 1965, “fue fiel soldado del radicalismo que no quiso nunca aceptar cargos políticos”.
La madre de Carlos, Teresa Casadei, maestra normal nacional recibida en la Escuela Normal de Bahía Blanca en 1927, desarrolló su tarea docente durante 32 años, la mayor parte de ese lapso en la escuela número 2 ‘Juan de la Piedra’ de Viedma, en donde se jubiló en 1970 . En su cuaderno de actuación docente (que su hijo conserva como un verdadero tesoro) este cronista pudo leer los conceptuosos comentarios de los directores de la escuela 2 y de los inspectores de enseñanza, dependientes del Consejo Nacional de Educación.
“La señora Teresa C. de Larrañaga es una maestra que se supera en su afán de quedar bien. Busca todos los requisitos técnicos-didácticos-educativos para hacer amena la enseñanza a la par que provechosa de sus pequeñuelos, los que, por una de esas casualidades inintencionadas constituyen un grupo de niños desvalidos y huérfanos de la buena suerte” apuntó allí el recordado maestro Demetrio Fernández.
Todas las ramas
Pero la riqueza descriptiva del trabajo que comentamos alcanza a otras ramas de la genealogía Casadei-Larrañaga; y por ello mismo la rica colección de fotos de archivo que integra el volumen también incorporó la iconografía de algunos de los tíos del autor, primos y sobrinos.
En total fueron relevadas 67 familias y 340 personas, contabilizando hasta los nacimientos registrados a fines del 2008.
El detalle comprende, en una especie de primer plano, las familias generadas a partir de los matrimonios de todos los hijos de Atilio Casadei y Alejandra Malpeli; y los de Agapito María Larrañaga y Rosario Estellarte Sainz.
La familia como red
En la presentación de la publicación habló la docente Leda Garrafa, que utilizó palabras muy exactas para referirse a la importancia de la familia como red. Dijo que “todos quienes de alguna manera sentimos algún tipo de afinidad tejemos, sin saberlo, naturalmente, dejándola ser, la trama de afinidades que viene a superponerse con esa trama, tan particular, que es la red familiar. Una red cuya malla se va modificando con el tiempo, con la cultura, con nuestras resignificaciones.”
“Estas redes, ambas necesarias, nos van construyendo desde antes de nacer y nos hacen ser quienes somos, en un hecho vivo, dinámico, que se modifica a cada instante. La red familiar es la que Carlos (Larrañaga) vuelca en el papel a partir de los testimonios de los muchos que han sabido guardar una porción de esa tradición oral” agregó.
La trama visible de esa red, que es la estructura de parentescos y descendencias, está presentada como en una especie de mapa en el trabajo que hemos comentado para nuestros lectores.